No resulta fácil comprender la llamada cuestión catalana fuera de
Cataluña. El tema llega generalmente a la ciudadanía no catalana con tremenda
irritación, con excesivos lugares comunes, con escaso conocimiento y con numerosos
prejuicios consuetudinarios.
Por contra, en Cataluña el tema es de la mayor obviedad para una enorme
mayoría de la población. Resulta difícil para los catalanes comprender una
actitud que se considera fuertemente agresiva hacia el país. Esto no quita que
una minoría dentro de Cataluña también es vista como fuertemente agresiva hacia
el país donde residen, trabajan y participan de la vida social y política, pero
llama poderosamente la atención cómo posturas fuertemente minoritarias e
incluso claramente marginales, pueden ser destacadas con tamaña fuerza por
numerosos medios de comunicación foráneos.
Para colmo las diferentes fuerzas políticas juegan la baza catalana con
una frivolidad verdaderamente impresentable. Como tantos problemas de extrema
gravedad en España, la constitución del 78 y el sistema electoral han
conseguido que al poder político real sólo le preocupe la poltrona de turno, y
que cualquier cuestión de envergadura social o política sea vista
exclusivamente en función del apalancamiento a tales poltronas.
El PP da por sentado que echar leña al fuego es sumar votos fuera de
Cataluña. Ideológicamente es además añadir compañeros de viaje a la extrema
derecha, que es el núcleo profundo e inamovible del partido. A su zaga, sin
mayor preocupación por Cataluña, miméticamnte, UPyD.
Para CiU, tras el tremendo resbalón de las elecciones pasadas
supuestamente plebiscitarias, mantenella y no enmendalla, es lo que suponen su
salida más digna. Su principal preocupación es mirar a la izquierda y
obsesionarse con no ser comidos por Esquerra Republicana. Una preocupación
secundaria es el futuro de Cataluña. Sólo hablan del futuro para semanas o
meses. Después Deu
provira, o no.
Para Ciutadans hay
alternativas, pero en ningún caso pasan por cambios en la estructura del Estado,
si bien están dispuestos a debatir todas las cuestiones que no afecten a la
estructura del Estado aunque afecten a cuestiones básicas de la vida catalana.
Es curioso, pero su anticatalanismo no deja de ser profundamente catalán, ya
que representan realmente a esa minoría españolista que forma parte de la vida
real de Cataluña. Eso prácticamente elimina de la vida pública catalana al
sectario y ajeno PP y deja a Ciutadans el campo de representación real de ese
sector catalán profundamente españolista. Al fin y al cabo Ciutadans discute
una cuestión verdaderamente catalana, mientras el PP sólo discute una cuestión
española ajena a la realidad catalana.
Para el PSOE el tema se
convierte en un fatídico lecho de Procusto. Si sobresale, se le cortan los pies,
y si se queda corto, se les estira violentamente. A diferencia del PP, sus
seguidores son excesivamente fieles y manifiestamente acríticos, excepto ese
sector catalanista que con tan buen sentido cultivó y estructuró Pascual Maragall,
sector al que prácticamente dejan fuera del partido, como en su día dejaron al
propio Maragall a quien tanto debían.
Para Iniciativa el tema es como
si las propuestas las hicieran los marcianos y ellos no pudieran entenderlas
bien. Van a rastras de la polémica, allá penas.
Para la CUT el tema es una gran
oportunidad en un debate de fondo, aunque fuera de Cataluña ni tan siquiera se
encuentre a nadie que comprenda simplemente qué representa la CUT.
La cuestión está con toda
claridad en manos de Esquerra Republicana, y prácticamente sólo en sus manos.
Esquerra no ha sido históricamente radicalmente
independentista, es por contra un partido casi centenario que ha dirigido en
situaciones muy difíciles la vida política catalana, y que siempre ha sabido
negociar todo lo que resultara preciso con criterio y notable equilibrio.
En abril del 31 l’Avi proclamó “la república
catalana en el seno de la República Federal Ibérica”. Años antes los catalanistas habían
estructurado su alternativa de forma orgánica, metódica y pacífica. Durante los
años de República fueron profundamente leales a Cataluña y a la vez,
consecuentemente, leales a la República.
Durante la
Dictadura franquista mantuvieron las estructuras en el
exilio, los apoyos a los exiliados, y sobre todo la imagen imprescindible del
catalanismo vivo. Su presidente volvió a presidir la Generalitat al volver
a la normalidad democrática y el Parlament fue presidido por quien representaba
el espíritu histórico de la política catalana desde la propia Esquerra. Pocos
pueden presentar semejante fidelidad a sus responsabilidades históricas y
políticas. Quizás sólo el PNV, desde luego en ningún caso ni el PSOE ni el PCE,
aunque irónicamente por desgracia también es paladín de tal fidelidad a su
marca histórica la derechona franquista.
Esto no quita que Esquerra tenga como objetivo profundo la
independencia de Cataluña, pero a la vez su meditación política incluye unas
propuestas para España moduladas por el tiempo que pueda precisar su proyecto
último, propuestas que prácticamente nunca han sido recogidas ni meditadas
desde España.
La discusión debe retrotraernos al último tercio del siglo XIX.
Entonces, los padres de la polémica, y especialmente Pi i Margall, pusieron
sobre la mesa los problemas profundos del Estado, ofrecieron alternativas
federalistas, hablaron de la República Ibérica, porque entendían que los
problemas de España deberían ser inseparables de los de Portugal, y presidieron
los tres primeros gobiernos de la Iª
República Española.
Y ahí está la diferencia con la situación actual. La ligereza con la
que hoy se vive la vida política hace que la discusión sea de bajo nivel, las
propuestas de mínimo tono político, las alternativas sumamente pobres y las expectativas prácticamente nulas o en su
caso, por desgracia violentas.
Actualmente se plantean cuestiones de principio de forma determinante,
pero con una falta escandalosa de propuestas estratégicas que las convierte en
puras armas arrojadizas del mundo abstracto de las ideologías.
Cierto que hay ahora una fuerte propuesta independentista, cuya bandera
mantiene con bastante prudencia Esquerra y cuya formulación práctica deja en un
mundo sinuoso Convergencia. Los españolistas tanto de dentro de Cataluña, como
del resto del territorio español afirman con contundencia que tanto Esquerra
como CiU realizan propuestas criminales, radicales y sobre todo inaceptables de
principio, de forma y de todas las maneras.
Mienten, las propuestas de Esquerra y, a rastras, de CiU son
perfectamente negociables, pero requieren que al otro lado de la mesa haya
alguien dispuesto a negociar. Critican que para el PP es más rentable no
sentarse a discutir que tender una mano a posibles acuerdos razonables.
Cualquiera que no acepte bajo ningún concepto la segregación de Cataluña deberá
en todo caso aceptar que si no hay nadie al otro lado de la mesa, y esto se
trate como una cuestión de principios, las posturas independentistas se enconen.
¿Qué esperan si no? ¿O es que es eso lo que pretenden?
Pero por desgracia el partido que tiene los ases en la mano tiene un
fallo estrepitoso: carece de estrategia para alcanzar sus objetivos últimos.
Esquerra se siente flotar sobre un triunfo efímero tras el batacazo del
pasado tripartito, que fue una muestra extrema de oportunismo político miope y
un tanto ridículo, y no ha puesto sobre la mesa una alternativa eficaz,
realista, concreta. Para Esquerra la bandera de la estelada parece ser suficiente, la capacidad para decidir la política de CiU
parece ser su arma principal, y el incremento de votantes su activo más
preciado. Se equivocan si creen que sólo con esas armas su objetivo puede
alcanzarse.
Felipe González dixit: “la independencia de Cataluña, imposible”. Por
desgracia a este estadista de la gran derecha socialdemócrata hay que
escucharle porque acostumbra a saber bien lo que dice y la intención con la que
lo dice. La independencia de Cataluña planteada como objetivo a corto o medio
plazo es realmente imposible, y planteada como objetivo cósmico en sí mismo
considerado, es algo un tanto fantástico. Sin embargo la alternativa catalana a
algo muy diferente, e incluso a la independencia, es algo viable y muy
razonable, salvo que se proponga a lo serbocroata, donde la OTAN ya tiene muy clara su
posición.
La cuestión parece mal planteada de principio. El debate sobre la
estructura del Estado al margen del necesario debate sobre la estructura del
territorio sólo puede ser miope y sectario. El problema clave está en la
estructura del territorio, como ya plantearon los federalistas decimonónicos.
El triángulo nororiental, desde Valencia y Murcia, hasta Euskadi es una
de las principales desestructuraciones del territorio ibérico. Claro que hay
otras como la cornisa cantábrica, el corredor atlántico, la estructuración
directa de Andalucía con Europa por el Mediterráneo, y la insularidad, son
otros. Por ejemplo, para ir en tren desde Murcia a Almería, provincias
contiguas, hay que ir a Alcazar de San Juan, cerca ya de Madrid, y hacer
trasbordo. Los grandes puertos de Valencia y Barcelona no tienen acceso a la
cornisa cantábrica, ni a la industria vasca, las verduras de Murcia y Valencia
acceden antes y más barato por carretera a Cataluña y Europa que por tren, al
igual que el turismo europeo accede mejor en avión a Cataluña, Valencia y
Murcia que en tren, buena parte de la producción industrial y de consumo
catalana debería encontrar su salida natural en Francia y para eso es
imprescindible que esas comunicaciones sean enormemente más fluidas. Nos sobran
autopistas de peaje y nos faltan autopistas públicas, nos sobran aves de
mediana velocidad y nos faltan vías europeas con trenes simplemente rápidos, y
los puertos y aeropuertos catalanes exigen su cesión al autogobierno ya que son
una clave esencial de la estructura económica de Cataluña.
Por eso, mientras no se resuelva de común acuerdo esa cesura
imprescindible entre el triángulo nororiental y el centro, la discusión sobre
la estructura política resulta difícil de entender. Y ya de camino, podía
comenzar a hablarse de nuevo del resto de los problemas de la estructura del
territorio, recordando que hablamos del territorio ibérico, no del estatal
español.
Y téngase en cuenta, como ya dijeron también los federalistas
decimonónicos, que el problema que se plantea no puede intentar liquidarse con
un análisis abstracto de clases al viejo estilo. Hay intereses nacionales en
Cataluña que abarcan a muy diferentes intereses sociales, y que aún aceptándose
que esa afección tiene muy diferentes matices según los sectores afectados, une
a sectores muy diferentes en intereses poderosos comunes. Precisamente, los
únicos reacios a cualquier intento independentista son los sectores más
poderosos económicamente, la llamada tradicionalmente gran burguesía catalana.
A buena hora aceptarían La Caixa,
Enagas, o la poderosa industria farmacéutica catalana tener problemas de
dominio sobre el mercado español.
Y vista la cuestión territorial, si es que algún día el Estado central
acepta verla en vez de boicotear perennemente las soluciones, queda pendiente la
estructuración del Estado. Entre la integración tradicional y la independencia
hay una extensa y algo difusa gama que merece ponerse en la mesa.
De momento hay que ser realista y aceptar que tras la constitución del
78, pero sobre todo, tras los pactos firmados entre los más diversos gobiernos
de Euskadi y el Estado central, España es hoy un Estado federal neto. Y lo es
en, strictu
sensu, una federación entre España y Euskadi, e
incluso entre España, Euskadi y Navarra.
Euskadi tiene todas las competencias económicas, su propia estructura
administrativa, su policía, su hacienda pública diferenciada de la de España y
el control de la casi totalidad de las infraestructuras internas, de la
sanidad, de la educación y de los servicios sociales, al igual que el Estado
central tiene lo mismo del resto del territorio estatal. Eso se llama
federación, nivel algo inferior a la confederación ya que participa de ejército
común y sujeción a la legislación general del Estado, y carece, al igual que el
Estado español, de Banco Central al tener la moneda común europea, y sujeción a la legislación comunitaria, al
igual que el Estado español.
Póngase entonces esa evidente realidad encima de la mesa y acéptese la
misma situación federal para quienes lo exigen perentoriamente, esto es
Cataluña, ya que aunque siempre habrá quien pida lo mismo, no consta que haya
una verdadera demanda social aplastantemente mayoritaria más que en Cataluña.
Y más allá, téngase siempre presente que en una federación el derecho a
separarse es inmanente, no hay federación sin que se incluya ese derecho, y aunque
en este momento no lo esté exigiendo Euskadi, es obvio que está presente en su
sociedad y que en cualquier momento puede ser mayoritario y perentorio.
Aplíquese ese derecho sabiendo que económicamente resultaría tan cara
la separación total que resulta inasumible. La deuda exterior creada no puede
ser resuelta hoy por hoy ni por Euskadi ni mucho menos por Cataluña. Por el
camino de la autofinanciación y el control propio de su Hacienda pública, puede
llegar a ser resuelto el gravísimo problema en un futuro no demasiado cercano.
¿Qué problema hay entonces para impedir votar la independencia que sólo tras la
liquidación de esta crisis podría permitir la separación real? Y esta crisis
tiene todavía decenas de años para resolverse, como todo el mundo intuye, pero
casi nadie quiere decir.