UCRANIA: VAMOS ENTRANDO EN EL TERCER MILENIO
Vergüenza, vergüenza da escuchar la totalidad de la autodenominada
información que se ofrece desde los medios de propaganda masiva a la ciudadanía
española. Todos, absolutamente todos transmiten incansablemente una ardua y
exaltada propaganda sobre la guerra de Ucrania que a veces llega a extremos
francamente ridículos, como cuando afirman que Rusia tiene agresivos y
peligrosos proyectiles que pueden ir a 27 veces la velocidad de la luz, o
muestran la labor cívica de abnegadas amas de casa ucranianas preparando redes
de camuflaje para tanques sin darse cuenta que en las paredes del local cuelgan
estandartes y panoplias nazis.
Pero peor aún es el hecho de la inmensa miopía que ofrecen estos
entusiastas propagandistas. Su visión se reduce a un pobre país indefenso, una
tremenda potencia nuclear despótica y paranoica dispuesta a aplastar a esa
pacífica nación y una organización militar euroamericana diciendo eso de
“sujetarme que le mato” mientras su enorme prudencia y extraordinaria bondad le
obliga, mal que le peses, a limitarse a las amenazas financieras.
Falta análisis, falta visión amplia, abierta, pensar el mundo. Se nota
demasiado que Occidente carece de pensamiento, de creatividad, de globalidad. Y
nada puede ser peor que no ver lo que no se quiere voluntariamente ver.
Estados Unidos, UK, y sus tres anglocolegas del sistema de espionaje
global Echelon recogen cada minuto cientos de miles de datos de todos los
teléfonos, ordenadores, tablets, radios, y cualesquiera otros sistemas de
comunicación en todo el mundo, sus superordenadores los clasifican, desechan
varios millones al día y ofrecen
conclusiones a sus jefes políticos y militares. El resultado es estúpido:
Millones de datos inconsistentes y otros millones de datos de la más dudosa
fiabilidad. Con este material se elaboran sesudos informes que el Pentágono y
sus aliados utilizan para que los gobernantes tomen las más importantes
decisiones, por ejemplo si ir o no ir a tal o cual guerra.
Y mientras el mundo está cambiando profundamente. Vamos entrando paso a
paso en el tercer milenio. El mundo ya no es el que esos gobernantes creen
conocer. Luego, naturalmente, está la inteligencia e intuición de los que
resultan perspicaces, los que pueden llamarse con propiedad estadistas. Son muy
pocos. En este momento, en Occidente, claramente ninguno.
La última que tuvo un nivel de altura en nuestro mundo fue Merkel.
Antes de ella habría que retrotraerse a la Tatcher y a Den Xiaoping, Mucho más
lejos quizás Mitterrand, Gorbachov o Kennedy.
Merkel, aprendía mientras gobernaba. Poco a poco fue entendiendo que la
Europa sin Rusia tenía poca y pobre proyección, pero que a la vez la Unión
Europea sin Estados Unidos no era económicamente viable. Probablemente este fue
su gran drama, el saber que estábamos entre estos dos fuegos y que no era
posible una elección libre.
Pretendió ir tendiendo puentes hacia el este, económicos y comerciales,
pero no podía olvidar que para los inversores europeos lo que de verdad daba
grandes beneficios era invertir en los Estados Unidos. Terrible contradicción
prácticamente irresoluble. Mirar hacia América y su fiel telonero británico era
mirar hacia un pasado que se iba esfumando cada vez más deprisa, mirar hacia
Rusia y China era mirar hacia un futuro que le resultaba desagradable y que por
su propia biografía conocía demasiado bien.
De Gaulle, que aunque fuera autoritario y carca, era sin embargo uno de
los grandes estadistas del siglo XX, decía que había que construir una Europa
del Atlántico a los Urales, y también dijo que si Gran Bretaña entraba en la
Unión Europea sería el caballo de Troya de los Estados Unidos. Lo segundo fue
una profecía evidente, lo primero un fracaso también evidente.
Ahora ya es tarde ya no es posible conseguir ese objetivo de una
verdadera Europa del Atlántico a los Urales, ahora ya se está construyendo una
Eurasia del Pacífico al Dnieper y el Vístula, que para nada necesita de la
vieja Europa
Vieja sí, pero aún rica, sin materia primas, sin organización política
eficiente, sin fiscalidad ni economía orgánica común, pero aún así muy rica.
Todavía y por mucho tiempo. Y Estados Unidos es ya la gran potencia que ha
comenzado su caída libre, entrando en una incipiente decadencia, tanto el
Estado como la sociedad, dividida, enfrentada internamente entre oscuros odios
internos, sumida en la violencia, el racismo, y con una caótica economía
manejada por verdaderos imbéciles. Imbéciles y, lo que es peor, oportunistas
baratos.
Pero saben precisamente por eso que Europa les resulta indispensable,
que sin la aún poderosa Europa serían una potencia de segunda frente a China, y
más aún frente a ese conjunto emergente que va conformándose en Asia y que
incluye a Rusia, a Irán, a La India, a Corea…
Estados Unidos no puede darse el lujo de prescindir de Europa, ese era
el gran error de futuro de Trump con ese aislacionismo simplón de la derecha
tradicionalista yanqui.
Así que ni Alemania ni Francia, ni los demás estados europeos pueden ni
pensar en decirle a los norteamericanos, y ahora a los anglos, que preferirían
construir una Europa abierta que tratase de entenderse en paz y en buen
comercio con Rusia. Se ven atados por el money money a los retrógrados
intereses de los vecinos americanos y de la City, y no tenemos opción. Esa es
la tragedia actual que enfrenta Europa, la vieja Europa ya de tan pocas
fuerzas. La guerra de Ucrania no es más que una discusión oportunista de este
juego de ajedrez en que Ucrania es un pobre peón, pero un peón que podría
coronar y dejar de serlo cuando por las buenas o no, se federe con Rusia y
Bielorusia. Sin embargo Alemania y Francia no son más que alfiles o torres, y
los demás somos otros simples peones. Y el rey y la reina están desorientados y
hasta un poco locos, y al otro lado del tablero juegan Karpov y Kasparov
juntos.