Es una tendencia de mucha gente de
izquierda el utilizar el término fascismo como alegoría de una derecha dura,
agreste, burda y prepotente. Algunos se limitan a utilizar el término en un
sentido historicista, considerándolo una etapa culminante del sistema
capitalista y por consecuencia afirman que si bien esta derecha actualmente
dominante no es exactamente fascista, es su preludio. Todavía hay quienes
simplemente lo utilizan como proyectil lanzando la palabra como un duro insulto
que pudiera zaherir a esa misma derecha dominante o a cualquiera de sus
componentes más activos.
Por otra parte nos movemos en un
mundo de escasa memoria histórica. Fuertes ideologías de antaño se han vuelto
simples palabras de muy escaso contenido, de los grandes hechos históricos del
ayer se habla poco o incluso se esconden, pocos se fían del contenido de
palabras ya casi fuera de circulación como revolución, comunismo, anarquía, y
tantas otras originadas en entornos similares.
Se da por supuesto que hay una
combinación maldita: paro, más xenofobia, más organización jerárquica
semiclandestina, mas uniformes y puños y pistolas, más la presencia de viejos
herederos vivos de los sistemas fascistas europeos, y en nuestro caso de viejos
falangistas de base medio locos, da ineluctablemente un resultado fatal:
fascismo.
Y mientras, desde sus butacones en
los consejos de administración de los bancos, los fondos de inversión y las
grandes empresas, y desde los sillones ministeriales y administrativos, se
escucha una cantinela no ya muy diferente sino casi opuesta.
Nos dicen que no sigamos con cosas
que ya no sirven para nada, que no nos conviene hurgar en viejas rencillas, ni
en viejas heridas ya cicatrizadas por el paso del tiempo. Que miremos al
futuro, que construyamos, en lugar de criticar todo con viejas fórmulas ya
superadas.
Nos ofrecen un mundo que ellos
llaman desregularizado, esto es, en el que se deja la mayor libertad a la
economía, en el que se regula lo menos posible todo lo que tenga que ver con
las finanzas o la gran empresa, pero se olvidan de decirnos que la otra parte
del espejo es una vida cotidiana ultraregulada para el ciudadano de a pie,
incluida una ultraregulación de su vida económica.
Nos proponen una liquidación que
dicen que es del Estado, pero en realidad quieren liquidar sólo la parte del
Estado que les conviene a ellos y que es precisamente la que el ciudadano de a
pie más necesita: los servicios, esto es, la enseñanza, la salud, la cultura,
las comunicaciones, pero dejando la policía, el ejército, el aparato judicial, las
estructuras políticas del poder.
Hablan de democracia, y callan
acerca de cómo imponen los más férreos mecanismos de control de los poderes
fácticos reales.
Al final hemos de recordar que en
el fascismo el Estado lo es todo y el ciudadano ha de supeditar todos sus
intereses a ese Leviatán, mientras que la gran derecha actual está proponiendo
justo lo contrario: que del Estado sólo quede lo que les resulta útil y hasta
imprescindible a ellos: la policía y sus aparatos judicial y penitenciario, y desde
luego, el ejército, y aún estos sectores, aunque no pueden permitir que dejen
de estar estrictamente controlados por el Estado, por ellos, no les parece mal
que en cuanto a sus funcionarios, se puedan privatizar también sin problema.
Los niñatos de Chicago no son fascistas, son simples criminales de corte
tradicional, brutal, simples chulos de barrio sacamantecas, pero eso sí, de
cuello blanco.
Pinochet no era fascista, era un
simple criminal dispuesto a enriquecerse él y enriquecer a sus conmilitones a
cualquier precio, era en realidad más bien decimonónico, un clásico déspota al
servicio del poder central, pero hábilmente instruido por los pijos de Chicago.
Ni Tatcher, ni Reagan, ni ninguno de sus burdos epígonos, incluidos sus
entusiastas seguidores hispánicos, han sido ni son fascistas, son también
simples criminales con licencia política y social para destruir el entramado
social que a lo largo de ciento cincuenta años había ido construyendo la vieja socialdemocracia.
Al fin y al cabo la
socialdemocracia fue organizando todas esa mejoras sociales, llamadas de forma
grosera Estado de bienestar, sólo porque a los poderes reales les parecía la Unión Soviética un peligro aún
mayor y ciertamente plausible, y resultaba más seguro e incluso más barato
montar una sanidad pública, universal y gratuita, o una justicia prudentemente
benigna, que arriesgarse a que el malestar social pudiera tomar una forma
exagerada con el colchón que le pudiera dar el que un tercio del mundo
estuviera bajo regímenes comunistas.
En los años setenta, justo cuando
al poder se le ocurrió la solución al problema de manos de los pijochicagos,
Tatcher, Reagan, y otros genios del poder más bien un tanto ocultos pero que
tenían y siguen teniendo curiosos nombres desde el archiduque Otto de Habsburgo
hasta Lehmann Brother, la situación comenzaba a llegar a límites inadmisibles.
Eran los años de plomo. Guerrillas, movilizaciones sociales masivas,
revoluciones, insurgencia, todo parecía ya listo para un profundo cambio
social, para una nueva era de revoluciones, y todo murió allí de manos del
poder, de los poderes fácticos, y del gran fracaso de la Unión Soviética y la China Popular. Sólo podían resistir el empuje aplastante del
poder real del capital llevando a la pobreza, a la miseria, y a la más feroz
represión a sus propias poblaciones, y el sistema era tan corrupto, o incluso
más, que el del sistema occidental.
Ahí acabó un mundo y triunfó otro.
En él estamos ahora. Sin enemigos a la vista del sistema, sin frenos sociales,
sin ni tan siquiera socialdemócratas, sin sindicatos de clase, sin esperanza,
sin la gran estatua de Lenin señalando con su mano erguida al futuro, si no más
bien señalando a un pasado estúpido, brutal, y ya ineluctablemente muerto.
Lo del fascismo es ahora cosa del
pasado, lo que están organizando es mil veces peor, y lo es porque cuenta con
el apoyo o la simple resignación de la inmensa mayoría, esa antigua mayoría
silenciosa que antaño callaba pero estaba en contra y hoy calla pero esta
resignada o incluso a favor.
No es fascismo, es el fin de una
época, no el fin de un periodo de crisis del sistema. Y nadie tiene nada que
ofrecer a cambio.
Cuando se acaba un sistema no es
señal de que nazca otro, sino de que ese sistema ya no tiene salidas, lo
predijo el viejo Marx al final de su vida política: socialismo o barbarie.
Demasiados creían que eso quería decir que el socialismo era algo ineluctable,
inevitable, y estaban profundamente equivocados, eso quería decir que ante la
crisis del sistema sólo cabe esperar la barbarie. Pasó también en occidente
hace mil seiscientos años, el final del sistema organizado minuciosamente por
Roma durante setecientos años, llegó a su fin y nadie sabía encontrar un
recambio adecuado. El recambio tardó mucho en materializarse: en oriente hasta los
siglos VII y VIII con el islam, y fue estable pero acabó volviendo a ser brutal
con el paso del tiempo, en occidente hasta la guerra de los 30 años y la paz de
Westfalia. Tras ella pudo al fin organizarse en occidente un sistema nuevo, y
la única revolución que desde entonces ha tomado verdadera forma universal, y
eso ocurrió aún ciento cincuenta años después: 1789.