jueves, 28 de febrero de 2013

NO ES EL FASCISMO, ES EL FIN DE UNA ÉPOCA



Es una tendencia de mucha gente de izquierda el utilizar el término fascismo como alegoría de una derecha dura, agreste, burda y prepotente. Algunos se limitan a utilizar el término en un sentido historicista, considerándolo una etapa culminante del sistema capitalista y por consecuencia afirman que si bien esta derecha actualmente dominante no es exactamente fascista, es su preludio. Todavía hay quienes simplemente lo utilizan como proyectil lanzando la palabra como un duro insulto que pudiera zaherir a esa misma derecha dominante o a cualquiera de sus componentes más activos.
Por otra parte nos movemos en un mundo de escasa memoria histórica. Fuertes ideologías de antaño se han vuelto simples palabras de muy escaso contenido, de los grandes hechos históricos del ayer se habla poco o incluso se esconden, pocos se fían del contenido de palabras ya casi fuera de circulación como revolución, comunismo, anarquía, y tantas otras originadas en entornos similares.
Se da por supuesto que hay una combinación maldita: paro, más xenofobia, más organización jerárquica semiclandestina, mas uniformes y puños y pistolas, más la presencia de viejos herederos vivos de los sistemas fascistas europeos, y en nuestro caso de viejos falangistas de base medio locos, da ineluctablemente un resultado fatal: fascismo.
Y mientras, desde sus butacones en los consejos de administración de los bancos, los fondos de inversión y las grandes empresas, y desde los sillones ministeriales y administrativos, se escucha una cantinela no ya muy diferente sino casi opuesta.
Nos dicen que no sigamos con cosas que ya no sirven para nada, que no nos conviene hurgar en viejas rencillas, ni en viejas heridas ya cicatrizadas por el paso del tiempo. Que miremos al futuro, que construyamos, en lugar de criticar todo con viejas fórmulas ya superadas.
Nos ofrecen un mundo que ellos llaman desregularizado, esto es, en el que se deja la mayor libertad a la economía, en el que se regula lo menos posible todo lo que tenga que ver con las finanzas o la gran empresa, pero se olvidan de decirnos que la otra parte del espejo es una vida cotidiana ultraregulada para el ciudadano de a pie, incluida una ultraregulación de su vida económica.
Nos proponen una liquidación que dicen que es del Estado, pero en realidad quieren liquidar sólo la parte del Estado que les conviene a ellos y que es precisamente la que el ciudadano de a pie más necesita: los servicios, esto es, la enseñanza, la salud, la cultura, las comunicaciones, pero dejando la policía, el ejército, el aparato judicial, las estructuras políticas del poder.
Hablan de democracia, y callan acerca de cómo imponen los más férreos mecanismos de control de los poderes fácticos reales.
Al final hemos de recordar que en el fascismo el Estado lo es todo y el ciudadano ha de supeditar todos sus intereses a ese Leviatán, mientras que la gran derecha actual está proponiendo justo lo contrario: que del Estado sólo quede lo que les resulta útil y hasta imprescindible a ellos: la policía y sus aparatos judicial y penitenciario, y desde luego, el ejército, y aún estos sectores, aunque no pueden permitir que dejen de estar estrictamente controlados por el Estado, por ellos, no les parece mal que en cuanto a sus funcionarios, se puedan privatizar también sin problema. Los niñatos de Chicago no son fascistas, son simples criminales de corte tradicional, brutal, simples chulos de barrio sacamantecas, pero eso sí, de cuello blanco.
Pinochet no era fascista, era un simple criminal dispuesto a enriquecerse él y enriquecer a sus conmilitones a cualquier precio, era en realidad más bien decimonónico, un clásico déspota al servicio del poder central, pero hábilmente instruido por los pijos de Chicago. Ni Tatcher, ni Reagan, ni ninguno de sus burdos epígonos, incluidos sus entusiastas seguidores hispánicos, han sido ni son fascistas, son también simples criminales con licencia política y social para destruir el entramado social que a lo largo de ciento cincuenta años había ido construyendo la vieja socialdemocracia.
Al fin y al cabo la socialdemocracia fue organizando todas esa mejoras sociales, llamadas de forma grosera Estado de bienestar, sólo porque a los poderes reales les parecía la Unión Soviética un peligro aún mayor y ciertamente plausible, y resultaba más seguro e incluso más barato montar una sanidad pública, universal y gratuita, o una justicia prudentemente benigna, que arriesgarse a que el malestar social pudiera tomar una forma exagerada con el colchón que le pudiera dar el que un tercio del mundo estuviera bajo regímenes comunistas.
En los años setenta, justo cuando al poder se le ocurrió la solución al problema de manos de los pijochicagos, Tatcher, Reagan, y otros genios del poder más bien un tanto ocultos pero que tenían y siguen teniendo curiosos nombres desde el archiduque Otto de Habsburgo hasta Lehmann Brother, la situación comenzaba a llegar a límites inadmisibles. Eran los años de plomo. Guerrillas, movilizaciones sociales masivas, revoluciones, insurgencia, todo parecía ya listo para un profundo cambio social, para una nueva era de revoluciones, y todo murió allí de manos del poder, de los poderes fácticos, y del gran fracaso de la Unión Soviética y la China Popular.  Sólo podían resistir el empuje aplastante del poder real del capital llevando a la pobreza, a la miseria, y a la más feroz represión a sus propias poblaciones, y el sistema era tan corrupto, o incluso más, que el del sistema occidental.
Ahí acabó un mundo y triunfó otro. En él estamos ahora. Sin enemigos a la vista del sistema, sin frenos sociales, sin ni tan siquiera socialdemócratas, sin sindicatos de clase, sin esperanza, sin la gran estatua de Lenin señalando con su mano erguida al futuro, si no más bien señalando a un pasado estúpido, brutal, y ya ineluctablemente muerto.
Lo del fascismo es ahora cosa del pasado, lo que están organizando es mil veces peor, y lo es porque cuenta con el apoyo o la simple resignación de la inmensa mayoría, esa antigua mayoría silenciosa que antaño callaba pero estaba en contra y hoy calla pero esta resignada o incluso a favor.
No es fascismo, es el fin de una época, no el fin de un periodo de crisis del sistema. Y nadie tiene nada que ofrecer a cambio.
Cuando se acaba un sistema no es señal de que nazca otro, sino de que ese sistema ya no tiene salidas, lo predijo el viejo Marx al final de su vida política: socialismo o barbarie. Demasiados creían que eso quería decir que el socialismo era algo ineluctable, inevitable, y estaban profundamente equivocados, eso quería decir que ante la crisis del sistema sólo cabe esperar la barbarie. Pasó también en occidente hace mil seiscientos años, el final del sistema organizado minuciosamente por Roma durante setecientos años, llegó a su fin y nadie sabía encontrar un recambio adecuado. El recambio tardó mucho en materializarse: en oriente hasta los siglos VII y VIII con el islam, y fue estable pero acabó volviendo a ser brutal con el paso del tiempo, en occidente hasta la guerra de los 30 años y la paz de Westfalia. Tras ella pudo al fin organizarse en occidente un sistema nuevo, y la única revolución que desde entonces ha tomado verdadera forma universal, y eso ocurrió aún ciento cincuenta años después: 1789.

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