A Podemos le ocurre lo mejor que le
puede pasar a alguien en política: ha conseguido dos grandes unanimidades a la
vez.
Por un lado una notable unanimidad
social que tanto en ellos como en Ciutadans ve la posibilidad de acabar con la
política mastodóntica de los viejos partidos gracias además a su dura denuncia
de la corrupción y la impunidad con la que durante tantos años se han movido
con absoluto cinismo los grandes partidos de la Transición.
Por otro lado una notable unanimidad en
los furibundos ataques que desde partidos y medios de prensa se les lanza como
si les dispararan con baterías de artillería y misiles.
Es casi unánime la opinión ciudadana de
que los viejos políticos de los viejos partidos son aparatos de corrupción que
desprecian a la ciudadanía, como lo es la opinión de todos estos viejos
políticos y sus medios de comunicación de que Podemos es el conjunto universal
de todos los males sin mezcla de bien alguno.
¿Pero en realidad de qué es de lo que se
discute entre estos partidos y medios y Podemos?
En primer lugar se discute acerca de
dónde está el poder real, efectivo. Podemos dice públicamente lo que ninguno de
los viejos partidos puede: que estos son muñecos de guiñol en manos de poderes reales
llamados banca, fondos, petroleras, telefónicas, eléctricas, promotoras,
farmacéuticas, y unas pocas grandes fortunas personales. Esto sin duda pone
nerviosos a más de uno, tanto de los partidos viejos como de esos poderes
fácticos.
En segundo lugar se discute acerca de
Europa, si los gobiernos han de defender y de hecho defienden a la Europa de los banqueros o a
la Europa de
los ciudadanos. Podemos pide el voto -como en Grecia- para ir a Bruselas,
Frankfurt o Nueva York, con un sólido mandato ciudadano que –nuevamente como en
Grecia- se siente enfrente de esos poderes escasamente democráticos y exija que
las decisiones que afectan a los ciudadanos europeos se tomen por los
ciudadanos europeos y no por sus órganos coercitivos no electos, llámense Banco
Central Europeo, Fondo Monetario Internacional o Comisión Europea. Esto tampoco
tranquiliza demasiado a quienes sienten tambalearse sus cómodas poltronas al haber
limitado en todo momento su acción política a obedecer a gestores tan
escasamente democráticos y excusarse en que no se puede hacer otra cosa.
En tercer lugar se discute todo eso del
déficit y la deuda. Claro que los bancos y fondos de inversión afirman con
rotundidad que si hay déficit y la deuda externa es muy alta no piensan dejar
ni un céntimo más al deudor que no sabe administrarse. Y que sólo se presta
dinero si se mantiene el déficit muy, muy, muy bajo y el pago de la deuda
ofrece garantía de solvencia. ¿Y de donde vienen esas garantías? Pues
sencillamente de nuevos créditos cada vez más costosos para simplemente pagar
las deudas vencidas. Eso se llama una economía de idiotas, o de banqueros si se
prefiere, pero los gestores no son los bancos, son los gobiernos idiotas.
La propuesta alternativa es sencilla y
pone los pelos de punta a los bancos y fondos: la deuda es impagable y la
economía requiere producción y modernización, no simplemente finanzas
especulativas, y desde luego, ni recortes, ni sueldos de miseria, ni trabajos
precarios, ni un paro endémico descomunal. La actual deuda debe renovarse
profundamente y transformarse en algo que pague pero no descapitalice al
deudor. Esto es deuda que liquide intereses pero aparque los principales y los
deje en simples anotaciones contables in aeternum, y requiere un acuerdo global
entre Estados acreedores y deudores para anular y compensar deudas a largo en
bloque en todo el mundo. O sea, el final del Banco Mundial, el Fondo Monetario
Internacional y los acuerdos de Bretton Woods. Algo sólo posible a medio plazo,
pero para lo que ya están diseñando todos los poderes reales la estrategia. O
alguien se cree que los poderes financieros reales son tan estúpidos que no
están trabajando sobre estas perspectivas incluso a corto.
En cuarto lugar se discute, a
consecuencia de lo expuesto, si la forma de resolver la situación de crisis al
nivel de cada Estado se hace por métodos especulativos o productivos. No
sabemos si estamos gobernados por estúpidos, por malvados o por ambas cosas a
la vez, pero ciertamente la fórmula ideada por tales gobernantes es a la vez estúpida
y malvada. Consiste en liquidar el medio nivel industrial y tecnológico
alcanzado antes de la crisis y la muy mediana universidad pero interesante
investigación científica y tecnológica, y establecer como dogma que la economía
buena per se es la del ladrillo y la especulación financiera. O sea,
exactamente volver a los inventos de banqueros, especuladores y los luminosos
equipos de Aznar y Zapatero. Claro que saben que eso engorda a los bancos y a
cuatro desaprensivos y hunde en la miseria a la ciudadanía, pero ellos son la
simple voz de su amo y no deben vacilar si no quieren verse despedidos
precisamente ellos. Sus amos no discuten demasiado con sus criados, sólo
estarían dispuestos a discutir con sus deudores y eso en ciertas condiciones de
presión popular.
La propuesta de crear una economía
basada en la tecnología, la investigación, la producción de bienes de equipo
innovadores y las redes comerciales de gran categoría internacional y de poca
competividad con las de países de mano de obra mucho más barata pero menos
experimentada y menos abierta al comercio, es difícil y lenta, ciertamente no
resolverá el problema del paro estructural, porque cada vez la tecnología exige
menos mano de obra no especializada, y para colmo es una alternativa muy cara,
pero es la única salida real para los países occidentales, países que sólo
deberían aprender a no gastar más de lo necesario y a que sus ciudadanos fueran
mucho, pero mucho, mas prudentes en la destrucción de bienes, el reciclaje, la
reparación y las reformas. No se puede tirar nada útil a la basura, y esa es la
gran lección que Occidente tiene que aprender del llamado tercer mundo, y
hacerlo ciudadano a ciudadano, y esa es entonces la gran responsabilidad de los
buenos gobiernos, si es que algún día llega a haberlos.
En cuarto lugar hay que aprender de
nuestros abuelos de la Francia
de 1789. Revolución o reparto. Cada ciudadano, como decía Rousseau, su pequeña
hacienda, su terrenito, su casa, sus animales, o la revolución. Y todos sabemos
que al final tuvo que ser Revolución. Los ricos eran demasiado idiotas y por no
perder algo perdieron mucho más. Piénsenlo ahora los grandes estrategas de la
economía, si es que aún se acuerdan de lo que significaba el verbo pensar, que
lo dudamos.
Así que la destrucción del prudente
nivel de vida de milones de trabajadores, pero también de grandes sectores de profesionales independientes, pequeños
empresarios, agricultores, funcionarios, comerciantes y pensionistas, para que
bancos y fondos especulativos jueguen cada día a la ruleta rusa en nuestras
cabezas, que no en las suyas, no ha sido una gran idea de futuro. Enormes
sectores sociales de prudente y hasta alto nivel de vida se han visto abocados
a la ruina, al paro, a la miseria gracias a esas políticas dictadas por el
único ministro que no nombró el simple de Rajoy, sino la gran banca
internacional directamente y que es el encargado de dar instrucciones al simple
y a su cohorte de inútiles y gaznápiros con la que el simple se rodea cada
viernes. En la pendiente hay todavía cientos de miles de ciudadanos que saben
que con estos gobiernos su suerte está dictada y que les queda poco tiempo.
Esas políticas que impidan seguir en
semejante caída libre y en la destrucción del verdadero tejido económico
productivo sólo las propone Podemos ¿Alguien se extraña de que tanta gente les
siga y de que muchísima de esa gente no sea precisamente militante de la Cuarta Internacional
o de la CNT, sino
incluso antiguos votantes del PP o del PSOE? ¿Proponer estas líneas de trabajo
es de izquierdas? Claro que es de izquierdas, de esa tradicional izquierda
socialdemócrata que antaño defendieron en nuestro país, Besteiro, Prieto,
Largo, o De los Ríos, diciendo claramente o esto o revolución. De esa izquierda
socialdemócrata que el PSOE y sus jefes, y en primer lugar González, decidieron
tirar a la basura porque no era suficientemente moderna. Y naturalmente que la
inmensa mayoría prefiere esas reformas profundas y esas políticas económicas de
bienestar y estabilidad, aunque cuesten enormes esfuerzos ciudadanos, a la
violenta revolución. Pero sabiendo que o una cosa o la otra, aunque ahora
parezca lejana esa segunda posibilidad. ¿O no tan lejana para muchos? Nuestra
obligación es contribuir a tensar la cuerda, procurando que no se rompa, pero
arriesgando a que eso ocurra, peor no vamos a estar si al fin se rompe y entonces
sabemos cambiar las cosas profundamente. Mejor en paz que en guerra, pero eso
por desgracia no depende de nosotros sino de ellos.