viernes, 24 de abril de 2020

¿NORMALIDAD? ¿NUEVA NORMALIDAD?

No parece haber dudas del descalabro económico que se viene encima, y se percibe un tono muy vacuo, e incluso falso, cuando se habla de volver a la normalidad, o con ese chocante oxímoron a una “nueva normalidad”.
Vayamos por partes, la crisis económica que va a desatarse en pocos meses tiene dos componentes: Hay una crisis arrastrada, estructural, que pujaba por hacer saltar el sistema desde antes de la del 2008, y hay una crisis sobrevenida, que no es sino la espoleta que hará estallar la estructural.
La sobrevenida tiene un componente evidente: la inmensa masa de dinero necesaria para contener la grave situación sanitaria. Por vez primera en la historia una pandemia que puede causar cientos de millones de muertes, va a costar probablemente muchísimos menos. Por este importante triunfo se habrá de pagar un altísimo precio económico, fundamentalmente en los países más ricos.
Por contra la estructural se debe al dominio casi total del capitalismo especulativo, financiero, basado en el artificio de que crear deuda con cantidades gigantescas de dinero no es un problema porque ese dinero no responde a ningún bien físico tangible, sino a unos simples números anotados en unos ficheros de ordenador, y por tanto es inagotable.
Esta deuda es destructiva porque al final ese dinero sin respaldo que circula masivamente entre las clases poseedoras desde la caída del patrón oro y la crisis del petróleo de los 70 y deja restos ilusorios entre las clases trabajadoras estupidizadas por el consumismo en auge, exige producir un gigantesco consumo inútil que arrasa el planeta sin cubrir nunca las verdaderas necesidades de una inmensa mayoría que vive en la pobreza o al borde del hambre y la desesperación.
¿Volver a la normalidad? ¿Nueva normalidad? No será posible ya. No será posible conseguir que esa inmensa mayoría marginada acepte pagar la nueva deuda creada por el estallido de la pandemia. No será posible conseguir que las clases trabajadoras de los países ricos acepten regalar nuevamente su sufrimiento y su esfuerzo a esa exigua minoría que va a pretender pasarle la factura. Y eso porque la factura que necesitan pasar está llena de trampas y pretende esconder dentro de los costes de la pandemia el endeudamiento general de Estados, banca, fondos y grandes pools industriales.
El equilibrio se ha roto y nadie va a pagar esas facturas. Nadie. Y ese es el momento en que los grandes centros de poder financiero, económico y político han de empezar a pelearse a muerte por no ser el último en cobrar, o más bien en no cobrar.
Las crisis totales se desatan, como es bien sabido, cuando los de abajo no pueden más y los de arriba no saben qué hacer. No es ahora, ni mañana, pero es ya mismo, pasado mañana.  
Esto quiere decir también que se han de desatar los peores instintos, las peores miserias humanas, que los grandes centros de poder van a conseguir reclutar unos buenos ejércitos de parados, descontentos, fanáticos, primitivos salvajes que sólo creen en la supervivencia de su pequeño grupo, sea este nacional, racial, ideológico, religioso o simplemente mafioso.
¿Tenemos, como inmensa mayoría, armas para enfrentar semejantes ofensivas? Es evidente que hoy por hoy, no. ¿Podemos construirlas en un plazo suficiente de tiempo? Sólo sabemos que es muy difícil, que es como pretender ir a la guerra atómica con fusiles de la guerra franco-prusiana. La única expectativa útil será que seamos capaces de comprender que hay que desechar esas viejas armas del pasado y crear unas nuevas muy diferentes, que ya no valen los viejos esquemas, que el enemigo trabaja desde hace tiempo a otros niveles.
Claro que la conciencia ecológica, holística, es una de las mejores armas, pero hoy por hoy está excesivamente infantilizada, cargada de buenismo suicida. Claro que la destrucción de la sociedad patriarcal es un arma formidable contra la que ellos poco pueden oponer, pero hoy por hoy es más un integracionismo femenino en una sociedad masculina, que una verdadera actitud integradora sin supremacismos de mujeres y hombres. Claro que las redes comunales, vecinales, sociales son el arma más eficaz contra estructuras políticas estatistas castradoras, pero hoy por hoy son sólo balbuceos. Y claro que desde luego hay lucha de clases, y que a un lado está el trabajo y al otro el capital, pero querer aplicar un esquema abstracto a la realidad viva siempre resulta un poco basto. Las clases no tienen conciencia, la tienen los individuos. Hay mucho que hacer en ese sentido en el complejo mundo actual, en el que la valoración del trabajo está tan desprestigiada.
En diez años o poco más no habrá marcha atrás.


martes, 21 de abril de 2020

Volver

Dos años después vuelvo a este blog con el propósito de incluir al menos una nota a la semana. 
Salud y República.