No parece haber dudas del descalabro económico que se
viene encima, y se percibe un tono muy vacuo, e incluso falso, cuando se habla
de volver a la normalidad, o con ese chocante oxímoron a una “nueva
normalidad”.
Vayamos por partes, la crisis económica que va a
desatarse en pocos meses tiene dos componentes: Hay una crisis arrastrada,
estructural, que pujaba por hacer saltar el sistema desde antes de la del 2008,
y hay una crisis sobrevenida, que no es sino la espoleta que hará estallar la
estructural.
La sobrevenida tiene un componente evidente: la
inmensa masa de dinero necesaria para contener la grave situación sanitaria.
Por vez primera en la historia una pandemia que puede causar cientos de
millones de muertes, va a costar probablemente muchísimos menos. Por este
importante triunfo se habrá de pagar un altísimo precio económico,
fundamentalmente en los países más ricos.
Por contra la estructural se debe al dominio casi
total del capitalismo especulativo, financiero, basado en el artificio de que
crear deuda con cantidades gigantescas de dinero no es un problema porque ese
dinero no responde a ningún bien físico tangible, sino a unos simples números
anotados en unos ficheros de ordenador, y por tanto es inagotable.
Esta deuda es destructiva porque al final ese dinero
sin respaldo que circula masivamente entre las clases poseedoras desde la caída
del patrón oro y la crisis del petróleo de los 70 y deja restos ilusorios entre
las clases trabajadoras estupidizadas por el consumismo en auge, exige producir
un gigantesco consumo inútil que arrasa el planeta sin cubrir nunca las
verdaderas necesidades de una inmensa mayoría que vive en la pobreza o al borde
del hambre y la desesperación.
¿Volver a la normalidad? ¿Nueva normalidad? No será
posible ya. No será posible conseguir que esa inmensa mayoría marginada acepte
pagar la nueva deuda creada por el estallido de la pandemia. No será posible
conseguir que las clases trabajadoras de los países ricos acepten regalar
nuevamente su sufrimiento y su esfuerzo a esa exigua minoría que va a pretender
pasarle la factura. Y eso porque la factura que necesitan pasar está llena de
trampas y pretende esconder dentro de los costes de la pandemia el
endeudamiento general de Estados, banca, fondos y grandes pools industriales.
El equilibrio se ha roto y nadie va a pagar esas
facturas. Nadie. Y ese es el momento en que los grandes centros de poder
financiero, económico y político han de empezar a pelearse a muerte por no ser
el último en cobrar, o más bien en no cobrar.
Las crisis totales se desatan, como es bien sabido,
cuando los de abajo no pueden más y los de arriba no saben qué hacer. No es
ahora, ni mañana, pero es ya mismo, pasado mañana.
Esto quiere decir también que se han de desatar los
peores instintos, las peores miserias humanas, que los grandes centros de poder
van a conseguir reclutar unos buenos ejércitos de parados, descontentos,
fanáticos, primitivos salvajes que sólo creen en la supervivencia de su pequeño
grupo, sea este nacional, racial, ideológico, religioso o simplemente mafioso.
¿Tenemos, como inmensa mayoría, armas para enfrentar
semejantes ofensivas? Es evidente que hoy por hoy, no. ¿Podemos construirlas en
un plazo suficiente de tiempo? Sólo sabemos que es muy difícil, que es como pretender
ir a la guerra atómica con fusiles de la guerra franco-prusiana. La única
expectativa útil será que seamos capaces de comprender que hay que desechar
esas viejas armas del pasado y crear unas nuevas muy diferentes, que ya no
valen los viejos esquemas, que el enemigo trabaja desde hace tiempo a otros
niveles.
Claro que la conciencia ecológica, holística, es una
de las mejores armas, pero hoy por hoy está excesivamente infantilizada,
cargada de buenismo suicida. Claro que la destrucción de la sociedad patriarcal
es un arma formidable contra la que ellos poco pueden oponer, pero hoy por hoy
es más un integracionismo femenino en una sociedad masculina, que una verdadera
actitud integradora sin supremacismos de mujeres y hombres. Claro que las redes
comunales, vecinales, sociales son el arma más eficaz contra estructuras
políticas estatistas castradoras, pero hoy por hoy son sólo balbuceos. Y claro
que desde luego hay lucha de clases, y que a un lado está el trabajo y al otro
el capital, pero querer aplicar un esquema abstracto a la realidad viva siempre
resulta un poco basto. Las clases no tienen conciencia, la tienen los
individuos. Hay mucho que hacer en ese sentido en el complejo mundo actual, en
el que la valoración del trabajo está tan desprestigiada.
En diez años o poco más no habrá marcha atrás.
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