miércoles, 15 de junio de 2011

UN MODELO PARA EL CIERRE DEFINITIVO

El voto es libre y secreto, de tal manera que el apoyo mayoritario de una sociedad a candidaturas llenas de personajes corruptos, imputados por los más graves delitos sociales, y que tienen la norma de mentir siempre a sus votantes, es un voto exactamente libre y secreto.
Nadie debería protestar de que un corrupto y mentiroso se presente a alcalde o concejal y le elijan sus vecinos mayoritariamente, sino de que el sistema haya fracasado tan estrepitosamente.
Nos decía Goya que el sueño de la razón produce monstruos, y el sueño de la razón social produce monstruos como Camps, Fabra o nuestros numerosos imputadísimos alcaldes.
Una sociedad temerosa, sin tradición democrática, sin valores morales ni tradicionales ni renovados, llena de prejuicios, con un sólido marchamo racista y xenófobo, una fuerte tradición autoritaria ante el débil y sumisa ante el déspota, y además arruinada económicamente, sólo puede constituir un cuerpo político fracasado, mortecino, retrógrado y servil. Eso es todo lo que ha ocurrido.
Esa parte mayoritaria de la sociedad no ha encargado a los corruptos gestionar la comunidad, sino que, uno a uno, se les deje un hueco en un nido demasiado estrecho para todos, un nido en el que todos, uno a uno saben que no caben y que muchos irán quedando, según pasen los días, fuera.
La lucha es por no estar en ese conjunto de excluido demasiado pronto. Los votos piden al jefe local, provincial o comunitario precisamente sólo eso, “no me deje caer fuera, por favor, que yo le he votado, o al menos retrase todo lo que pueda mi caída. Le he votado confiando en que para usted no hay problema en arreglar mis cosas sin importarle si hacer ese apaño que me tiene que hacer es legal, ético o justo”.
Una sociedad conformada con esta vieja mentalidad, herencia de dictaduras y pobreza de antaño, demasiado grabada en los huesos de cada vecino, no ha podido hacer otra cosa que cavar su propia tumba durante años de empeño en la locura de creerse cada simple vecino un converso nuevo rico.
Durante años, por medio de un mecanismo corrupto y profundamente incivil, se ha generado una sensación de nuevos ricos. Bancos absolutamente inmorales buscaban a cada ciudadano para decirle “tome, coja este saco de dinero que le ofrecemos, no desconfíe de nosotras somos sus amigos los banqueros que hacemos ricos a todos, porque nos gusta ver una sociedad rica y mansa. Ya nos lo devolverán en treinta o cuarenta años poco a poco. No tenga miedo, es dinero fácil, ande, no sea tonto no sea que se quede usted fuera de la fiesta mientras todos los demás se divierten con nuestros regalos”.
Y con ese dinero se compraban todo tipo de objetos inútiles, superfluos, de precios disparatados y sobre todo casas, pisos, apartamentos. Y se pagaban como las normas no escritas pero sabidas perfectamente por todos habían establecido, mitad en legal, mitad en negro, en el dinero de la corrupción y el engaño.
Y esa bola gigantesca de dinero negro circulaba en consumo casero para el alegre vecino que recibía de pronto un saco de dinero sin declarar, por un terreno antes baldío, o que entregaba al promotor un saquito de dinero ilegal que le había prestado el banco muy por encima de lo que había que declarar de precio por ese apartamento.
Y a la vista de todos, pero en el silencio más compacto, más cómplice, esa masa de dinero injustificable, iba creciendo y creciendo, y los banqueros, los promotores y los políticos corruptos lo iban llevando a sus paraísos fiscales siempre mimados por gobiernos corruptos de todo el mundo al servicio de banqueros y promotores, y desde allí desaparecían en oscuros entramados de droga, crimen y nuevos créditos ahora de superbancos y macrooperadores financieros que a su vez se lo regalaban a precios de saldo a banqueros locales, promotores locales y corruptos políticos locales.
Al final la bola ha caído, pero no sobre ellos, sino sobre los incautos y confiados ciudadanos que tan alegres se lo prometían con banqueros generosos, promotores amables y políticos simpáticos y acogedores.
No entonen ahora un sálvese quien pueda. Sólo se salvarán ellos, y gracias a la ayuda generosa de sus fieles votantes. Y de ellos, no precisamente todos. Cuando hayan caído miles de incautos vecinos endeudados hasta las cejas, cuando hayan sido embargados cientos de miles de incautos vecinos que habrán sido devorados por los bancos gracias a unas leyes hechas por ellos mismos, aunque hayan tenido que delegar su redacción en parlamentos corruptos, cuando los comerciantes y los pequeños empresarios cierren en masa devorados por unas deudas que les impiden hasta llamar a sus proveedores para poner algo en las estanterías o producir cualquier cosa presumiblemente vendible, cuando empiecen a caer poderosas empresas y verse poderosos empresarios sentados en los banquillos por no poder pagar a otros poderosos empresarios, entonces empezaremos a ver como caen también esos simpáticos bancos, esas acogedoras cajas de ahorro, esos sonrientes gobiernos. Pero entonces para todos nosotros, para la gente confiada, será ya demasiado tarde.  

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