Nació
el sistema sobre la base de que la única regulación de los movimientos de
capital y de trabajo era la que daban las fuerzas reales del propio capital y
del trabajo. La única intervención exterior venía, como ha pasado siempre, por
fuerzas políticas que más que regular, lo único que hacían era ordenar a favor de
unos u otros algunas actitudes y posiciones. Digamos que puro oportunismo del
poder, no una concepción arbitral equilibrada.
Así
ocurrió durante muchos años hasta que esa presión salvaje del capital provocó
las reacciones más duras del mundo obrero. Nació un nuevo objetivo: imponer al
capital reglas que les recortaran beneficios a favor de superar miseria y
sobreexplotación.
Durante
ciento y pico años esa tensión, además de arrastrar algunos centenares de miles
de muertes y atropellos, acabó convenciendo al poder político de las ventajas
para todos de arbitrar cierto equilibrio con tal de que no se entrase a
discutir el núcleo del problema.
Fue
inútil. Ya estaba en discusión el propio sistema. Nació un nuevo objetivo: el
comunismo, en sus dos conocidas versiones, la dictadura del proletariado y el
comunismo libertario. Ambas provocaron el pánico entre los amos del capital y
del poder político.
Aplastados
los intentos de revolución anarquista, el mundo entero se asombró ante el
triunfo de la revolución comunista en Rusia. Se impuso la dictadura del
proletariado, transformada hábilmente en dictadura a secas del partido.
El
poder político y el capital hubo de retroceder. Ya lo dijo Jrushov en los años
de la guerra fría, cuando indicaba que no le preocupaba el mundo desarrollado
de Europa y América porque era donde los trabajadores estaban mejor
organizados. Gracias entre otras circunstancias a esa visión se produjo la
descolonización de todo el mundo colonial, y con ello comenzó una nueva
alternativa para el capital.
Luego
se demostró con hechos que el duro sistema soviético no tenía salidas, que era
tan corrupto y explotador como el otro y que además era incapaz de competir con
las economías de capital libre. Se hundió sin más. La suma de guerra fría con
unos gastos en armamento insoportables y una economía cada vez más atrasada
hacía evidente que ni a los poderosos de ese sistema les convenía mantenerlo.
Y
entonces llegó la Sra. Tatcher
que se dio cuenta de pronto de que ya no existía el peligro comunista para su
sistema económico y que por tanto no había ya razón para tener miedo alguno a
los sindicatos y no había porque mantener regulaciones y mecanismos que limitaran
absurdamente los beneficios y el más absoluto libre juego de los poderes reales
económicos. Aunque su colega Reagan el otro lado del océano no resultaba ser
precisamente una lumbrera, la idea la pareció tan perfecta como simple, justo
lo que él necesitaba. Y ahí comenzó la carrera por la más completa libertad.
Claro que como antaño, libertad cada vez mayor para los patronos y banqueros y
cada vez menor para los trabajadores.
Cuarenta
años después hemos llegado a un callejón sin salida. La presión sobre la
ciudadanía es insoportable y sin embargo la propia ciudadanía carece de
objetivos y salidas realmente posibles. Y por otro lado la guerra interna a
muerte entre los amos del capital ha alcanzado tales proporciones que el propio
sistema se tambalea. ¿Es algo nuevo? No precisamente, es algo casi idéntico a
lo que pasaba hace ciento y pico años antes de la aparición del socialismo, de
la protesta social organizada La diferencia está en la globalización y en los
mecanismos financieros, pero el fondo es el mismo.
Ahora
las claves son al menos estas tres: el capitalismo en estado puro, esto es, el
mundo del dinero negro y del dinero púdicamente llamado opaco, los mercados de
futuro, incontrolables per se, y la sustitución de un patrón monetario
tangible, como lo fue hace ya tiempo el oro, por el intangible llamado
curiosamente confianza de los mercados.
El
capitalismo puro en sí, es el de la otra economía, probablemente entre un
tercio y la mitad de la economía mundial, aunque es claro que nadie lo podría
calcular. Se compone de dos partes que se entremezclan, se mechan una en otra y
se complementan: el puro dinero negro de la droga, la prostitución, el tráfico
de armas, y otras lindezas parecidas, y el de las comisiones del petróleo, la
especulación financiera, la especulación inmobiliaria, la corrupción política y
el trabajo asalariado en sus diversas formas marginales, incluido el trabajo esclavo
o semiesclavo. Como se puede deducir fácilmente las primeras son
manifiestamente ilegales, las segundas pueden ser más o menos legales, e
incluso son generalmente totalmente legales.
Al
margen queda una excrecencia inevitable por ahora del sistema que es la que
constituye el capitalismo regulado, con sus impuestos, limitaciones,
organizaciones sindicales y patronales, y gobiernos estrictamente democráticos.
Este sector marginal resulta por ahora inevitable, pero tiene su inmensa
utilidad al hacer creer a la inmensa mayoría de la ciudadanía que este es el
sector real y el otro, como no se ve, es como si no existiera demasiado. Es la
clave del sistema social, mientras que el del dinero negro es la clave
verdadera del sistema económico real.
Quede
pues claro por qué la actual crisis, calificada de sistémica, no puede
solucionarse: nadie discute el sistema, sino su parte marginal: el mundo
oficial del dinero y las finanzas, nadie discute la economía real, sino la
oficial, que es la de menor importancia, nadie discute al sistema, sino a sus
manifestaciones más superficiales, nadie quiere de verdad solucionar la crisis,
porque mientras dura, crece cada día más el capitalismo real, incontrolado,
duro, y decrece la estúpida y sobrante economía reglada oficial.
Y
nadie discute el sistema porque nadie tiene ningún otro sistema que proponer.
Sigue pesando el mito de que al sistema hay que oponerle otro sistema
radicalmente diferente, de carácter más bien utópico, donde todos los humanos
seamos felices y se de a cada uno según sus necesidades y se aporte por cada
uno según sus posibilidades. Una meta tal queda demasiado lejana, y las
experiencias pasadas no dan demasiada confianza a casi nadie.
De
esta manera la evolución parece seguir realmente la alternativa que propuso
hace ciento cuarenta años el ya anciano Marx: socialismo o barbarie. Todos
creíamos hace años que esto quería decir que como nadie querría la barbarie, el
socialismo resultaba inevitable, pero Marx, en esto tenía mucha razón:
socialismo o barbarie, ergo ahora ya lo sabemos: barbarie.
Y
salvo desastres totales, tras la barbarie volveremos a empezar. Ya veremos cómo
y hacia donde.
La
crisis llamada del 29 empezó más o menos en el año 29 y nadie quiere
preguntarse cuando acabó.
Acabó
en el 46 cuando se hicieron operativos los acuerdos de la llamada Conferencia
de Bretton Woods, y se sentaron las bases tanto del nuevo sistema financiero,
comercial e industrial actual, y complementariamente se estabilizó un tercio
del mundo bajo sistemas económicos con mercado controlado en su totalidad por
el estado, sistemas de dictadura comunista.
En
los casi veinte años que duró aquella crisis, se impuso la barbarie, se impuso
a sangre y fuego en casi toda Europa el fascismo, se consolidó el comunismo,
millones de personas acabaron sus días en cárceles, campos de exterminio y
gulags, la tortura, el asesinato, el atentado, la guerrilla, y la guerra
generalizada acabaron con doscientos millones de personas. El hambre resultó
cotidiana, el racismo, la xenofobia, la explotación esclava, la liquidación de
todo derecho ciudadano, fueron la norma en la que se hubo de vivir cada día más,
en cada día más lugares del mundo, durante esos veinte años.
Sólo
la liquidación física de millones de seres humanos, y un invento genial, la
guerra, resolvió per se la crisis. Las mujeres trabajaban en las fábricas casi
gratis en jornadas de 10 o 12 horas, los hombres combatían en las trincheras a
cambio de un paquete de tabaco y un podrido rancho, y el principal producto a
fabricar tenía la enorme ventaja de destruirse en su primera y única
utilización: bombas, tanques, aviones, fusiles, balas. Eso es lo que
verdaderamente resolvió por más de medio siglo la crisis iniciada el 29. ¿Alguien
está, hoy por hoy, dispuesto a discutir la crisis desde ésta, su verdadera
perspectiva, o preferimos seguir mirando hacia bellos paraísos inexistentes o
declararnos prudentes indignados y no enfrentarnos de verdad a la raíz del
problema? No hay verdadera desesperación, y lo contrario a la desesperación no
es ni la esperanza ni la resignación, sino la acción, aunque carezca de
objetivos.