Agotado ya el sistema surgido al final de la dictadura franquista, es
la hora de establecer nuevas normas que cumplan con aquellos objetivos que
entonces se frustraron.
No ha de ser echar la vista atrás e intentar recrear artificiosamente aquello
a lo que entonces nuestra sociedad fue incapaz de dar vida, ni podría ser copiar
miméticamente sistemas conocidos. Es la hora de dar rienda suelta a la genuina
participación ciudadana, es la hora de organizar nuestra convivencia libre y
naturalmente.
Tuvimos y tenemos unas Cortes construidas artificialmente, desde pactos
que nunca pudieron explicarse entre fuerzas políticas y económicas que actuaban
más en la sombra que a la luz del sol. Establecieron unas bases de partida que
en poco se correspondían con aquellos ideales democráticos por los que tantos
ciudadanos habían luchado, sufrido cárcel, exilio, torturas y hasta la muerte y
la desaparición. Tomaron decisiones trascendentales para nuestras vidas y nuestro
futuro sin contar con los intereses más verídicos del pueblo.
Acordaron procedimientos, formas electorales, salvaguardas de los
poderes fácticos más reaccionarios, la Iglesia, la banca, el ejército, las grandes
familias del poder franquista, estructuras de poder firmes y sólidas que la Constitución consagró
como intocables, inabordables y, a la
postre, que han resultado para la ciudadanía inasumibles.
Ahora el sistema se agota. No por que no funcione, sino precisamente
por que ha funcionado de forma casi perfecta, ahogando, sofocando, marginando,
olvidando lo que más importaba: las libertades ciudadanas contempladas como
tales, y no como un listado de derechos limitados, constreñidos y susceptibles
de ser menguados cuanto el poder necesite. Han olvidado los derechos ciudadanos,
sustituyéndolos por normas cada vez más estrechas, cada vez más controladas,
cada vez más mezquinas. Han olvidado la imprescindible separación de poderes,
creando un magma de jueces, fiscales, legisladores, poderes económicos, poderes
civiles y poderes policiales que es quien nos gobierna sin tapujos, usando de
la arbitrariedad más indecente, de la corrupción más grosera, de la altanería y
la soberbia de creer y hacer creer a muchos que a los que detentan el poder
nunca les puede llegar la mano de la verdadera justicia, y que a quienes
denuncian la corrupción la vida se les pueda volver insoportable, y hasta
puedan perderla oscuramente.
Ese es el sistema en el que vivimos, sin que nunca se hubiera
consultado a la ciudadanía acerca de cada uno de sus aspectos más decisivos,
más trascendentes. Nunca se consultó cómo controlar a la Iglesia, a la banca, a los
políticos y jueces corruptos, nunca se nos consultó sobre la estructura del
Estado ni sobre su cúpula, ni se nos consultó sobre los sistemas electorales
que permitiesen claridad y libertad en la elección de candidatos a cada uno de
los puestos del poder real.
Hemos sido simples muñecos de feria manejados por poderes que resultan inescrutables,
oscuros, muchas veces incluso anónimos, siempre incontrolables.
No votamos a nuestros representantes, elegimos entre las listas que
fuerzas ajenas a la ciudadanía deciden. Podemos decidir si de esas fuerzas nos
caen mejor los de tales o cuales siglas, pero nunca a nuestros representantes
libremente marcados, seleccionados y decididos por cada ciudadano.
No controlamos jueces ni fiscales, nada podemos hacer para investigar a
banqueros, especuladores financieros, grandes empresarios. Los supuestos
organismos del tipo Tribunal de Cuentas, Fiscalía Anticorrupción, Unidad
Policial de Delitos Económicos, y tantos otros organismos creados no para
descubrir el dolo sino más bien para encubrir al delincuente, funcionan desde
el poder y no desde el pueblo, son instrumentos del poder y no defensores de la
ciudadanía, son ejecutores de la corrupción por acción o por simple
connivencia. Son parte en suma de ellos, no engranaje vivo de una sociedad
despierta y exigente.
Es pues ya la hora de construir una democracia nacida de las verdaderas
exigencias populares, sociales, ciudadanas. Y eso sólo pueden hacerlo unas auténticas
Cortes Constituyentes.
Exijamos la convocatoria de Cortes Constituyentes desde ya.
Organicémonos de cara a las próximas elecciones generales alrededor de un
programa que contenga un único punto:
CONVOCATORIA DE CORTES CONSTITUYENTES
No queramos crear complejos programas que propongan tales o cuales
sistemas electorales, tales o cuales controles democráticos, tales o cuales
largas propuestas de reformas económicas, sociales, tales o cuales cambios en
códigos inoperantes de conducta.
Sólo una exigencia, sólo una voz, sólo un cambio, pero esencial,
radical, excepcional: Convocatoria libre, universal y abierta de Cortes
Constituyentes.
Colectivo El Grito
Colectivo El Grito
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