Hay un exceso de credibilidad en nuestra sociedad que resulta cuanto
menos llamativo. Un gobierno de gentes cuya credibilidad es nula, cuya ética no
se localiza en ningún aspecto de su vida pública y cuya capacidad intelectual,
política, cultural y dialéctica, como mucho, diríamos que se ignora, decide
políticas cuyo único fin es enriquecer a los más poderosos y empobrecer a los
más humildes, y salvo ciertas honrosísimas excepciones la sociedad asiste
pasmada al espectáculo de ver liquidar sus derechos, sus conquistas sociales,
sus economías caseras y sus expectativas sociales sin otra manifestación de
disgusto que la clásica queja de café o de patio de vecindad. Muy indignados
pero escasamente activos, acríticos, en última instancia, notablemente silentes.
Las medidas del gobierno, la banca, las promotoras y sus jefes de la
trinca, perdón, la troika, son un continuo destruir empleo, destruir salarios,
destruir la sanidad pública, destruir la enseñanza pública, destruir la débil
estructura del funcionariado público, destruir la cultura, destruir la
investigación científica, destruir en suma, la esperanza, destruir la ilusión
por vivir decentemente.
Y a cada medida que toman, las cosas empeoran mucho más, y los
portavoces del poder dicen con la mayor tranquilidad que esas nuevas
destrucciones son síntoma inequívoco de mejora de la situación económica, que
hay que esperar uno, dos, unos cuantos años más y todo será maravilloso
nuevamente, todo volverá a ser dinero, progreso, educación y sanidad, privadas,
pero sin duda mucho mejores.
Y un destacado periodista declara con fuerte acento crítico que el
gobierno está fracasando porque no se ven por ninguna parte esas supuestas
mejoras que según se afirma desde el poder están ya a la vuelta de la esquina.
Y los críticos al uso afirman que ya está bien de políticas
restrictivas, que hacen falta además políticas de crecimiento, que lo
importante es que fluya el crédito bancario, que el gobierno lo hace mal porque
sólo piensa en el déficit y no en implementar consumo y liquidez.
E incluso el mismo presidente del gobierno cree descubrir el
Mediterráneo y llega confusamente a la conclusión de que esa es una gran verdad
y que deberían darle mejores condiciones en Bruselas para invertir en proyectos
que faciliten el flujo de dinero e incentiven ese moribundo consumo.
Ante tal cúmulo de sandeces gubernamentales y opositoras, hay que
hacer un estudio sosegado que permita comprender qué es lo que más conviene a
la ciudadanía a la hora de ser gobernados.
Se nos ofrecen cuatro alternativas, a saber:
Ser gobernados por listos inteligentes, por listos ignorantes, por necios
inteligentes o por necios ignorantes. En nuestra estulticia natural no
acertamos a ver más opciones.
La verdad es que la época de los posibles listos inteligentes, y por
tanto peligrosísimos, pertenece al pasado y no se ven políticos que puedan
optar a esta necesaria posición desde hace muchos años. Tuvimos varios en el
pasado reciente, el más llamativo el Sr. González, sin duda el Sr. Pujol, el
más astuto sin duda el Sr. Solana, pero la época de estos factotum de un mundo feliz emergente ha
pasado y nadie ha llegado para sustituirles, aunque han quedado enquistadas viejas
ruinas de otro tiempo como Toxo, Méndez o Aguirre. Digamos que, por suerte,
sólo quedan personajes como estos.
De listos ignorantes tenemos ahora varios prototipos: Montoro, de
Guindos, Feijoo, Mas, y un largo etcétera. Creen seriamente en las tontadas y
simplezas que afirman públicamente, jamás han pisado la calle, afirman como
verdades de fe reveladas por el pueblo llano algo que un día les contó un
ignoto taxista, piensan que en el nivel que han alcanzado no es preciso que
nadie les explique nada pues con seguridad es de mucho menos calado lo que les
diga quienquiera que sea que lo que ellos ya saben de sobra. Y organizan
bancos, reestructuran grandes empresas multinacionales, y también,
curiosamente, de camino, hunden pequeñas empresas, liquidan trabajadores,
machacan pensionistas, desprecian funcionarios, y estúpidamente escupen contra
el viento de forma excesivamente continua, pensando que sus escupitajos son
ambrosía inaprensible para el vulgar populacho. Son hoy por hoy nuestros
gobernantes.
Pero por desgracia hay también esa extraña categoría de los necios inteligentes.
Su prototipo es el tal Rubalcaba, porque nadie le puede negar ni esas dos
cualidades ni su lamentable combinación. Refleja con rara habilidad la inmensa
caterva de necios inteligentes que pululan en los escalones medios de partidos
y sindicatos oficiales y que pugnan por abrirse camino hacia las más altas
cimas políticas, al menos mientras nadie les diga claramente que aunque sepan
mucho, tengan un gran bagaje político, sean muy rigurosos, y sepan latín al
nivel de las luchas palaciegas dentro de sus partidos y sindicatos, son
simplemente unos necios, unos simplones que sólo saben sobrevivir rodeándose de
activistas de su mismo tipo pero de inferior rango. Al fin, su única
preocupación acaba siendo no encontrar demasiado cerca a alguien que siendo tan
necio como ellos, sea aún más inteligente. Esa ha sido la causa del fracaso de
tipos como Zaplana, Camps o Bono. Y la del transitorio triunfo de Gallardón o
Trillo.
Claro está que la cuarta categoría, la de los necios ignorantes,
parecería que no es propio que aparezca en esta primera fila de la política
nacional. Craso error. Los listos ignorantes sólo pueden gobernar cómodamente
si astutamente ponen al frente de su gobierno a un tipo de esta curiosa
especie. Esa es nuestra actual situación.
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