Como en un juego
macabro las televisiones y los diarios saltan de un día para otro con las
imágenes de destrucción y muerte en Bruselas, Homs o Alepo. Es sólo una pequeña
parte de esta guerra en la que los europeos somos causa directa y activos
combatientes. No es posible exculpar a otros intereses más oscuros, como los de
Israel o Arabia Saudí, ni olvidar de pronto los acuerdos Sykes-Picot de 1916,
los inicios de la guerra en Irak hace ya casi veinte años, o el asesinato de
Yasir Arafat.
Nada nuevo al fin, guerra,
masacres, miles de muertos inocentes y muy escasos muertos verdaderamente
criminales, culpables.
Todos esos muertos,
heridos, desplazados, refugiados, inocentes, gentes que querían vivir en paz,
trabajar, tener familias, vivir al fin, tanto allí, como aquí, todos ellos son
nuestros muertos, los muertos que exigen némesis, memoria, venganza. Exigen que
los supervivientes de estas largas masacres les venguemos, vayamos a por los
culpables, los criminales, los profesionales de la guerra, el petróleo, la
banca, los que se reparten el mundo, pero no se reparten los muertos porque no
son de los suyos, son de los nuestros.
Némesis es aceptar
cargar con todos esos muertos nuestros y no dejarles atrás, sean blancos,
negros, judíos, cristianos, musulmanes, honrados o un tanto indecentes, buenos
o menos buenos, pero que no querían la guerra, no querían matar, ni mucho menos
morir, no querían más que vivir cada día con sus gentes, sus amigos, sus familias,
su trabajo y sus entretenimientos. Y que nadie se quiera engañar, todos estos
muertos inocentes de uno y otro lado son sin embargo del mismo bando, del de
los sempiternos perdedores, del pueblo, de los nuestros, decimos. Eran, son,
somos cada uno de nosotros, que por razones inescrutables vivimos en un mundo
que no parece ser el de los verdaderos criminales, los culpables del terror,
los ajenos, los que nunca podrían ser de los nuestros.
Y esos son los
muertos, ya irreversibles, pero esas imágenes de los huidos de la guerra, de
los bombardeos franceses, británicos, norteamericanos, rusos, de las
ejecuciones sumarias saudíes, israelíes, terroristas de aquí y de allá, con
uniforme o de paisano, infiltrados o groseramente manifiestos, de esos
servicios oscuros, secretos, en los que personajes criminales llegan a ni
siquiera saber exactamente para quienes trabajan, mercenarios que por dinero
mueven la tramoya de los verdaderos asesinos, de los que en Londres, Paris,
Bruselas, Moscú, Nueva York , Riad o Jerusalén deciden sin saber siquiera qué
deciden, qué mueven, qué provocan, porque sólo miran su cuenta de resultados
del último cuarto de hora, y tan sólo con ese dato mueven fichas llamadas
muerte, sangre, refugiados, más muerte y más sangre y más refugiados.
¿Qué le pueden
importar a las Merkel, los Hollande, Juncker, Dijsselbloem, y sus muchos colegas, unos con
caros trajes de buenas marcas italianas, otros con elegantes blancas y largas vestimentas, los gritos de los niños que
se ahogan en el Egeo, los llantos de los ancianos que ven morir bajo las bombas
a sus hijos y nietos? Les importan cosas verdaderamente importantes, la cotización del
euro, la del dólar, el precio del crudo, lo que diga Frankfurt o la Reserva
Federal, la City, las encuestas de intención de voto. Cosas que mueven el
mundo, cosas que son realmente importantes, porque muertos hay muchos y siempre
los ha habido, y eso no puede contabilizarse, mientras que esas cosas
verdaderamente importantes sí que merecen contabilizarse.
¿Lloramos? ¿Lloramos
al ver el dolor y la destrucción, los niños ahogados en las playas de Europa, los
esqueletos de esos edificios en ruinas en Alepo o los trenes destripados en
Bruselas o Madrid?
Es un mundo que
agoniza. Y agoniza porque estamos dormidos, medio muertos todavía, para ser
buenos muertitos mañana mismo, porque el reparto está ya hecho, hoy toca aquí,
y también allí, o allá, o en cualquier parte donde estamos los santos
inocentes, pasivos, espantados, llorosos, pero parados, casi indiferentes,
candidatos a la muerte por no saber llevar a nuestros muertos con nosotros, por
no saber levantar con nuestra voz airada, la voz de todos los nuestros que ya
no pueden levantarla. Al final, hay que reconocerlo, hay unos criminales y son
muy pocos pero hay muchísimos cooperantes necesarios, todos nosotros mientras
no decidamos levantar la voz y el imprescindible puño.