viernes, 18 de marzo de 2016

EL PAÍS DE LOS MUERTOS VIVIENTES


Hablamos, claro está, de España. Demasiados muertos vivientes, El espíritu de don Tancredo ejerce de presidente de un gobierno muerto que tiene una confusa percepción de que lo está, medio partido popular es también un ejército de muertos vivientes y también parecen tener una vaga y confusa percepción de su estado etéreo. Y lo malo es que en conjunto y según todos los indicios los votantes del PP suman casi un tercio de los votantes españoles.
Y ¿por qué siete millones de ciudadanos siguen como corderos a los muertos vivientes?
Pongamos que una buena parte viven prisioneros de la red clientelar del partido y aunque algo sospechan no pueden desfallecer ni un instante para que la carroza no se convierta en calabaza y los caballos en simples ratones. Son ladrillos imprescindibles de la gran pirámide clientelar. Hay quien está discrecionalmente colocado de conserje en un marginal centro municipal, quien tiene un comercio abierto al público incumpliendo pequeñas normativas municipales, quien recibe metódicamente encargos de chapuzas para su pequeña o sólida empresa sin que se sepa con qué concurso se le conceden, hay ayuntamientos que tienen muchísimos más funcionarios, asesores y paniaguados que los imprescindibles, y hay además quien simplemente tiene miedo de perder la ayuda escolar de comedor, de libros o de bus ignorante de que esas ayudas son un derecho suyo y no una gracia discrecional del alcalde, y así quizás millones de pobres almas, corderos apacentados por verdaderos perros de presa, entre los que destacan grandes empresarios de la construcción, la energía, las comunicaciones, la banca…
Y estos son los sillares de la gran pirámide. Por encima de ellos hay otros millones de ciudadanos que viven prudentemente con empleo estable, directivos o cuadros medios de empresas poderosas, funcionarios con buena vista a la hora de los ascensos que nunca se cansan de hacer reverencias al jefe, jubilados con pensiones dignas que no han de repartir sus buenas pensiones con hijos en paro, jóvenes trepas con ansias de llegar a no saben exactamente dónde pero que es un lugar al que para llegar harán falta buenos amigos bien situados, gente al cabo que temen perder lo que consideran mucho y suyo, nada menos.
Y aún más arriba, quedan cientos de miles de militares y curas, marqueses y señoritos, la carcundia pura y dura del país ancestral que desde las cavernas gobiernan España y que saben que cuando haga falta habrán de volver a ofrecer su más altos sacrificio por dios por la patria y el rey.
No nos engañemos vivimos en un país profundamente conservador dentro de una Europa profundamente reaccionaria, PP, Ciudadanos, la antigua CiU, el Opus, el Yunque, los Kikos, los legionarios de Cristo, unos cuantos miles de jueces, fiscales, policías, unos cuantos miles de médicos de la privada y aún de la pública con dedicación preferente a su clínica privada, unos cuantos miles de profesores universitarios también de la privada y aún de la pública, unos cuantos miles de abogados que miran demasiado al bolsillo de sus clientes y poquito a su conciencia, un buen puñado de pequeños partidos y organizaciones ultra con cientos de miles de seguidores, conforman esa oferta que impide cambios reales, que frena entusiasmos, que cansinamente obstaculiza debates, ilusiones y esperanzas para los otros dos tercios de la población.
Y lo malo no es eso, eso es lo natural, y que sean más o menos la mitad de la población en un país desarrollado es lo normal, lo malo es que enfrente tienen tan sólo la queja, el lamento, la protesta casera, un enorme conformismo.
Y en eso llegó Podemos, llegó el 15M, las mareas en las calles, la protesta activa, viva, los indignados, miles, cientos de miles en toda la hispana geografía. La calle se volvía a llenar de vida ciudadana, los barrios, las casas se volvían a poblar de gentes que discutían, que proponían, que marchaban, que hacían suya personal e intransferible la protesta ante tanta miseria, física y moral, corrupción, cinismo, saqueo a manos llenas de lo público, agravios, desprecios, humillaciones.
Y Podemos se fue consolidando como un partido en el que cabían todas las protestas ciudadanas, todos los deseos de cambio, todas las ilusiones hasta entonces perdidas, y parecía representar a los propios manifestantes, a la propia ciudadanía airada, y se presentó a las elecciones europeas y ganó bastante, y luego a las autonómicas y gano mucho, y al fin a las generales y volvió a ganar mucho más.
Pero en su ascenso irrefrenable iba dejando de lado la calle, las manifestaciones, los debates vivos, iba organizando aparato, partido, poder real. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: esa masa de inconformistas que conformó y aupó a Podemos sigue ahí inconformista, pero los votos imprescindibles para esos triunfos eran muchos más y eran de otras gentes más bien más conformistas que votaban a Podemos no para pelear ellos junto a su partido, no para debatir, no para salir a la calle, sino para que desde el poder que le daban sus votos les resolvieran sus problemas, lucharan por ellos, discutieran por ellos, eran una vez más votos enfadados pero conformistas, eran los votos de los que se quejan pero no hacen, no los de los que hacen y nunca se quejan.
Y en el nuevo partido lo sabían, sabían muy bien que daban confianza y quitaban preocupaciones a la gran masa de descontentos poco activos, y a la también gran masa de indignados activos les habían dejado sin la calle, que era sustituida por los parlamentos, sin el debate que era sustituido por los platós de tv, sin las iniciativas y propuestas populares que eran sustituidas por artificiosos programas sectoriales de partido, sin la savia y la vida que desde el 15M había empujado a miles de ciudadanos a volver a luchar. Y en eso estamos.



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