Hablamos, claro está,
de España. Demasiados muertos vivientes, El espíritu de don Tancredo ejerce de
presidente de un gobierno muerto que tiene una confusa percepción de que lo
está, medio partido popular es también un ejército de muertos vivientes y también
parecen tener una vaga y confusa percepción de su estado etéreo. Y lo malo es
que en conjunto y según todos los indicios los votantes del PP suman casi un
tercio de los votantes españoles.
Y ¿por qué siete
millones de ciudadanos siguen como corderos a los muertos vivientes?
Pongamos que una
buena parte viven prisioneros de la red clientelar del partido y aunque algo
sospechan no pueden desfallecer ni un instante para que la carroza no se
convierta en calabaza y los caballos en simples ratones. Son ladrillos
imprescindibles de la gran pirámide clientelar. Hay quien está
discrecionalmente colocado de conserje en un marginal centro municipal, quien
tiene un comercio abierto al público incumpliendo pequeñas normativas municipales,
quien recibe metódicamente encargos de chapuzas para su pequeña o sólida
empresa sin que se sepa con qué concurso se le conceden, hay ayuntamientos que
tienen muchísimos más funcionarios, asesores y paniaguados que los
imprescindibles, y hay además quien simplemente tiene miedo de perder la ayuda
escolar de comedor, de libros o de bus ignorante de que esas ayudas son un
derecho suyo y no una gracia discrecional del alcalde, y así quizás millones de
pobres almas, corderos apacentados por verdaderos perros de presa, entre los
que destacan grandes empresarios de la construcción, la energía, las
comunicaciones, la banca…
Y estos son los
sillares de la gran pirámide. Por encima de ellos hay otros millones de
ciudadanos que viven prudentemente con empleo estable, directivos o cuadros
medios de empresas poderosas, funcionarios con buena vista a la hora de los
ascensos que nunca se cansan de hacer reverencias al jefe, jubilados con
pensiones dignas que no han de repartir sus buenas pensiones con hijos en paro,
jóvenes trepas con ansias de llegar a no saben exactamente dónde pero que es un
lugar al que para llegar harán falta buenos amigos bien situados, gente al cabo
que temen perder lo que consideran mucho y suyo, nada menos.
Y aún más arriba,
quedan cientos de miles de militares y curas, marqueses y señoritos, la
carcundia pura y dura del país ancestral que desde las cavernas gobiernan
España y que saben que cuando haga falta habrán de volver a ofrecer su más
altos sacrificio por dios por la patria y el rey.
No nos engañemos
vivimos en un país profundamente conservador dentro de una Europa profundamente
reaccionaria, PP, Ciudadanos, la antigua CiU, el Opus, el Yunque, los Kikos,
los legionarios de Cristo, unos cuantos miles de jueces, fiscales, policías,
unos cuantos miles de médicos de la privada y aún de la pública con dedicación
preferente a su clínica privada, unos cuantos miles de profesores
universitarios también de la privada y aún de la pública, unos cuantos miles de
abogados que miran demasiado al bolsillo de sus clientes y poquito a su
conciencia, un buen puñado de pequeños partidos y organizaciones ultra con
cientos de miles de seguidores, conforman esa oferta que impide cambios reales,
que frena entusiasmos, que cansinamente obstaculiza debates, ilusiones y
esperanzas para los otros dos tercios de la población.
Y lo malo no es eso,
eso es lo natural, y que sean más o menos la mitad de la población en un país
desarrollado es lo normal, lo malo es que enfrente tienen tan sólo la queja, el
lamento, la protesta casera, un enorme conformismo.
Y en eso llegó
Podemos, llegó el 15M, las mareas en las calles, la protesta activa, viva, los
indignados, miles, cientos de miles en toda la hispana geografía. La calle se
volvía a llenar de vida ciudadana, los barrios, las casas se volvían a poblar
de gentes que discutían, que proponían, que marchaban, que hacían suya personal
e intransferible la protesta ante tanta miseria, física y moral, corrupción,
cinismo, saqueo a manos llenas de lo público, agravios, desprecios,
humillaciones.
Y Podemos se fue
consolidando como un partido en el que cabían todas las protestas ciudadanas,
todos los deseos de cambio, todas las ilusiones hasta entonces perdidas, y
parecía representar a los propios manifestantes, a la propia ciudadanía airada,
y se presentó a las elecciones europeas y ganó bastante, y luego a las
autonómicas y gano mucho, y al fin a las generales y volvió a ganar mucho más.
Pero en su ascenso
irrefrenable iba dejando de lado la calle, las manifestaciones, los debates vivos,
iba organizando aparato, partido, poder real. Y ocurrió lo que tenía que
ocurrir: esa masa de inconformistas que conformó y aupó a Podemos sigue ahí
inconformista, pero los votos imprescindibles para esos triunfos eran muchos
más y eran de otras gentes más bien más conformistas que votaban a Podemos no
para pelear ellos junto a su partido, no para debatir, no para salir a la
calle, sino para que desde el poder que le daban sus votos les resolvieran sus
problemas, lucharan por ellos, discutieran por ellos, eran una vez más votos
enfadados pero conformistas, eran los votos de los que se quejan pero no hacen,
no los de los que hacen y nunca se quejan.
Y en el nuevo partido
lo sabían, sabían muy bien que daban confianza y quitaban preocupaciones a la
gran masa de descontentos poco activos, y a la también gran masa de indignados
activos les habían dejado sin la calle, que era sustituida por los parlamentos,
sin el debate que era sustituido por los platós de tv, sin las iniciativas y
propuestas populares que eran sustituidas por artificiosos programas sectoriales
de partido, sin la savia y la vida que desde el 15M había empujado a miles de
ciudadanos a volver a luchar. Y en eso estamos.
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