martes, 22 de marzo de 2016

UN MUNDO QUE AGONIZA



Como en un juego macabro las televisiones y los diarios saltan de un día para otro con las imágenes de destrucción y muerte en Bruselas, Homs o Alepo. Es sólo una pequeña parte de esta guerra en la que los europeos somos causa directa y activos combatientes. No es posible exculpar a otros intereses más oscuros, como los de Israel o Arabia Saudí, ni olvidar de pronto los acuerdos Sykes-Picot de 1916, los inicios de la guerra en Irak hace ya casi veinte años, o el asesinato de Yasir Arafat.
Nada nuevo al fin, guerra, masacres, miles de muertos inocentes y muy escasos muertos verdaderamente criminales, culpables.
Todos esos muertos, heridos, desplazados, refugiados, inocentes, gentes que querían vivir en paz, trabajar, tener familias, vivir al fin, tanto allí, como aquí, todos ellos son nuestros muertos, los muertos que exigen némesis, memoria, venganza. Exigen que los supervivientes de estas largas masacres les venguemos, vayamos a por los culpables, los criminales, los profesionales de la guerra, el petróleo, la banca, los que se reparten el mundo, pero no se reparten los muertos porque no son de los suyos, son de los nuestros.
Némesis es aceptar cargar con todos esos muertos nuestros y no dejarles atrás, sean blancos, negros, judíos, cristianos, musulmanes, honrados o un tanto indecentes, buenos o menos buenos, pero que no querían la guerra, no querían matar, ni mucho menos morir, no querían más que vivir cada día con sus gentes, sus amigos, sus familias, su trabajo y sus entretenimientos. Y que nadie se quiera engañar, todos estos muertos inocentes de uno y otro lado son sin embargo del mismo bando, del de los sempiternos perdedores, del pueblo, de los nuestros, decimos. Eran, son, somos cada uno de nosotros, que por razones inescrutables vivimos en un mundo que no parece ser el de los verdaderos criminales, los culpables del terror, los ajenos, los que nunca podrían ser de los nuestros.
Y esos son los muertos, ya irreversibles, pero esas imágenes de los huidos de la guerra, de los bombardeos franceses, británicos, norteamericanos, rusos, de las ejecuciones sumarias saudíes, israelíes, terroristas de aquí y de allá, con uniforme o de paisano, infiltrados o groseramente manifiestos, de esos servicios oscuros, secretos, en los que personajes criminales llegan a ni siquiera saber exactamente para quienes trabajan, mercenarios que por dinero mueven la tramoya de los verdaderos asesinos, de los que en Londres, Paris, Bruselas, Moscú, Nueva York , Riad o Jerusalén deciden sin saber siquiera qué deciden, qué mueven, qué provocan, porque sólo miran su cuenta de resultados del último cuarto de hora, y tan sólo con ese dato mueven fichas llamadas muerte, sangre, refugiados, más muerte y más sangre y más refugiados.
¿Qué le pueden importar a las Merkel, los Hollande, Juncker, Dijsselbloem, y sus muchos colegas, unos con caros trajes de buenas marcas italianas, otros con elegantes blancas y largas vestimentas, los gritos de los niños que se ahogan en el Egeo, los llantos de los ancianos que ven morir bajo las bombas a sus hijos y nietos? Les importan cosas verdaderamente importantes, la cotización del euro, la del dólar, el precio del crudo, lo que diga Frankfurt o la Reserva Federal, la City, las encuestas de intención de voto. Cosas que mueven el mundo, cosas que son realmente importantes, porque muertos hay muchos y siempre los ha habido, y eso no puede contabilizarse, mientras que esas cosas verdaderamente importantes sí que merecen contabilizarse.
¿Lloramos? ¿Lloramos al ver el dolor y la destrucción, los niños ahogados en las playas de Europa, los esqueletos de esos edificios en ruinas en Alepo o los trenes destripados en Bruselas o Madrid?
Es un mundo que agoniza. Y agoniza porque estamos dormidos, medio muertos todavía, para ser buenos muertitos mañana mismo, porque el reparto está ya hecho, hoy toca aquí, y también allí, o allá, o en cualquier parte donde estamos los santos inocentes, pasivos, espantados, llorosos, pero parados, casi indiferentes, candidatos a la muerte por no saber llevar a nuestros muertos con nosotros, por no saber levantar con nuestra voz airada, la voz de todos los nuestros que ya no pueden levantarla. Al final, hay que reconocerlo, hay unos criminales y son muy pocos pero hay muchísimos cooperantes necesarios, todos nosotros mientras no decidamos levantar la voz y el imprescindible puño.

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