domingo, 21 de agosto de 2011

DIPUTACIONES-AMPUTACIONES


El Sr. González abrió hace unos meses el debate imprescindible de la supresión de las Diputaciones provinciales. Al Sr. González le entusiasma abrir puertas y dejarlas abiertas. Sin duda es un método duro pero necesario para que se hable de verdadera política.

En cadena se han ido haciendo vaguísimas propuestas en los más variados sentidos y se han debatido por tertulianos, unos más lúcidos, los menos, otros, la inmensa mayoría, que mostraban pasmosa ignorancia de la administración local española, ofreciéndose propuestas de lo más variopinto, la inmensa mayoría nuevas vaguedades.

Muchos hacían referencia a los artículos de la Constitución del 78 que tratan de provincias, diputaciones y municipios, con notable desconocimiento de lo que dicen con exactitud esos artículos, otros proponían soluciones no ajustadas al marco constitucional sin mayor preocupación.

Aclaremos que aquella Constitución resulta extremadamente vaga en toda esta serie de conceptos, ya que se redactó bajo la larga sombra del franquismo y su más conspicuo representante, Manuel Fraga, sólo cedió a la espera de ver en que quedaría todo.

Así digamos que la Constitución abrió las puertas a la autonomía regional y nacional dentro del Estado, afirmó la existencia de la división territorial en las tradicionales provincias sin establecer ningún vínculo estructural entre estas y las Comunidades Autónomas, y añadió que las provincias habrán de ser gobernadas “a Diputaciones u otras corporaciones de carácter representativo” (Art. 141).

Más adelante, el Art. 155 declara en franca contradicción con toda la estructura articulada anteriormente que “Un Delegado nombrado por el Gobierno dirigirá la Administración del Estado en el territorio de la Comunidad Autónoma y la coordinará, cuando proceda, con la administración propia de la Comunidad.”

Se puede concluir que en el reparto del articulado los artículos correspondientes a las Comunidades nacen del pacto Peces Barba-Fraga, los de las provincias y Diputaciones son producto de elaboración fragofranquista light, y el de los Delegados de Gobierno es resultado de un envite fragofranquista modelo cardenal Cisneros y estos son mis poderes.

Más de treinta años después y ante el pánico a abrir el sagrado melón constitucional, nos encontramos con una Constitución que no refleja ya adecuadamente la realidad estructural del Estado.

Aceptemos que no se quiera entrar a abrir ese melón por parte de quienes deciden sobre nuestras vidas y haciendas. Veamos pues cómo articular suaves alteraciones de la estructura que encajen aunque sea de mala manera con la periclitada Constitución.

Es evidente que tal como se expresan los artículos citados no hay obligatoriedad constitucional de mantener las Diputaciones, ya que explícitamente no lo exige ésta, simplemente cabe estructurar un pequeño gobierno provincial que difícilmente podría discutirse su dependencia de los gobiernos autonómicos correspondientes, o sea que se comerían a las actuales Delegaciones de los Gobiernos autonómicos, ya que una abstracción difusa cómo la obligación constitucional de que tengan “carácter representativo” lo garantizaría suficientemente el hecho de que el gobierno autonómico lo tiene de forma indiscutible.

Pero en lo que nadie quiere entrar es en la incongruencia del doble poder que tienen las Diputaciones y las Delegaciones del Gobierno.

¿Qué es hoy el Delegado del Gobierno? Un simple agente del partido de gobierno que se entremete en donde no debería constitucionalmente con opiniones y negociaciones que no pueden nunca hacerse demasiado públicas, y que marginalmente tiene además a su cargo la policía y la guardia civil donde no está delegada la administración de orden público.

Resulta claro que mejor que un político delegado del partido de gobierno, lo único que tiene valor real es un jefe local de policía, seguridad y grandes catástrofes, ya que ciertos problemas no reconocen fronteras entre Comunidades y sí que generan problemas de orden estatal. Nada más.

Debería entonces debatirse la supresión no sólo Diputaciones sino también Delegaciones de Gobierno, aunque con los trucos de cambiar el nombre a las Diputaciones y convertirlas en órganos administrativos de los gobiernos autonómicos, y las Delegaciones de Gobierno, pero conservando capciosamente tan curioso nombre, aunque se reduzca su contenido a jefe local de la policía estatal.

Si se hiciera así se obtendría efectivamente una racionalización de la estructura administrativa, y un notable ahorro económico.

Parecería fácil, pero entiéndase donde está el truco. Cualquier debate sobre la reforma de la administración local es en realidad un duro debate sobre si debe reformarse ésta hacia una mayor descentralización, esto es, federalización, o hacia una mayor estatificación. Los partidarios de una u otra tendencia son prácticamente irreductibles, y la virulencia de algunas posiciones y partidos es verdaderamente peligrosísima.

¿Queremos una mayor centralización? Pues, más provincias, más Diputaciones y más Delegaciones de Gobierno, y desde luego mucha menos autonomía a las Comunidades. ¿Queremos una mayor federalización? Suprímanse Diputaciones, Delegaciones de Gobierno y rebájese la importancia de las provincias, y desde luego, consecuentemente, más peso a las Comunidades Autónomas.

Entiéndase entonces porque la derecha es renuente a ir en la dirección en la que forzaría las cosas una reforma de la administración local que suprimiese Diputaciones, y ni el PP ni el PSOE quieren de ninguna manera -por ahora- entrar a debatir el absurdo papel de los Delegados de Gobierno.

La reforma que liberase a la Administración de esos pesos muertos, instrumentos de enchufismos y presiones políticas de gobiernos centrales y locales, aliviaría un enorme gasto verdaderamente inútil para la administración, y de camino, e inevitablemente, provocaría algo inaceptable para la derecha de toda la vida: un paso adelante más en la federalización, un incremento del poder real de los gobiernos autonómicos, ya que no le quedaría al Estado más que un resto de poca importancia en la administración local, y no habría órganos de gobierno provinciales de color diferente al de su gobierno autonómico. Más aún, el concepto de provincia se tendería a difuminar a favor del de Comunidad Autónoma. Como decimos, más federalización.

Ese es el debate que realmente importa, en el que no quieren entrar ni unos ni otros de esos que, repetimos, deciden sobre nuestras vidas y haciendas. Y todo eso sin tocar la ya prehistórica Constitución del 78. Así que asistimos a una discusión de escaparate, y las reformas, que esperen, como es habitual en nuestro país. ¿O de verdad hay voluntad política de los grandes partidos estatales de reformar una administración tan útil para sus fines de aparato político local? ¿Se harán esas urgentes y necesarias reformas? A que no.

viernes, 12 de agosto de 2011

EL ORO DE BERLÍN

La señora Merkel recomienda al Estado español que ponga en venta sus reservas de oro para hacer frente a sus gigantescas deudas. Obviamente es una solución más cómoda y práctica que la de prestar nuevamente euros frescos al Estado español por parte del alemán. Tiene la ventaja añadida para ellos de que el oro que saliera hoy a la venta, mañana valdrá con toda probabilidad mucho más, y por tanto el comprador –presumiblemente entre otros el propio Estado alemán- obtendría una ganancia cómoda y se ahorraría préstamos de improbable devolución.
Inmediatamente la propuesta ha sido tachada desde aquí como una tontería, ya que se argumenta que la deuda española es de cientos de miles de millones de euros y las reservas de oro son tan sólo de once mil millones. Y ahí parece acabarse la discusión.
En un mundo de finanzas y de paraísos fiscales, de especulación y agiotismo, donde todo lo importante es secreto y lo público es lo marginal, parece curioso que la señora Merkel haya soltado el anzuelo y la señora Salgado haya respondido poniéndose cuidadosamente a la sombra. Nada llamativo, ni una palabra más alta que otra, ni un gesto posterior a las dos declaraciones. Punto.
El pasado día 2 de agosto el autodenominado Reino de España estuvo literalmente al borde de la bancarrota. Según todos los indicios no tenía posibilidad material de hacer frente a los créditos que vencían esos días.
Sólo parecían caber tres soluciones. La primera en estos tiempos era imposible de llevar a cabo sin que provocase un desastre general: dejar de pagar las nóminas de los funcionarios del Estado ese mes, o las pensiones, o la gasolina de coches y aviones del Estado, etc. La segunda era dejar impagados tales vencimientos de deuda, o sea, la quiebra. La tercera era buscar desesperadamente otro prestamista que rescatase las exiguas arcas españolas. La más difícil pero la única no catastrófica de forma inmediata.
Ya sabemos qué pasó esos dos o tres días en los que hasta el presidente hubo de renunciar a sus cortas vacaciones e incluso parece que le pidió ayuda personalmente al propio emperador Obama. Al final Alemania cedió, la señora Merkel echó cuatro improperios en privado, una descomunal bronca a su colega la señora Salgado y permitió que el Banco Central Europeo realizara una operación de mercado financiero que en esencia no es más que, nuevamente, prestar dinero al Reino de España sin ninguna garantía más que la de los países euro, o sea la propia Alemania principalmente.
¿Un triunfo de nuestros hábiles políticos y de nuestro inteligente Ministerio de Hacienda? Vemos a la señora Merkel primero diciendo “Denme algo que me de alguna garantía ya mismo, por ejemplo su oro.”, y luego poniéndose en jarras para decir “¿No me lo dais? A la vuelta de agosto os espero”.
No ha hecho falta esperar un mes. Ya es notorio que no se puede pagar el siguiente vencimiento con nada y que este rescate tan poco encubierto que ha sido el encubierto seudopréstamo del Banco Central Europeo, no ha hecho más que tapar un agujero de un colador por el que todo se escapa.
Resultado: ha cundido el pánico generalizado. Como si se tratara de un rayazo de cocaína, de pronto todos se ha vuelto lúcidos y han comprendido la evidente realidad. Nadie puede pagar todo lo que se debe, y menos el autodenominado Reino de España. Los banqueros y agiotistas le han dado una patada a la señora Merkel pero en el culo del Sr. Sarkosy, que es quien se ha quedado temblando. Y poner unos miles de millones del Banco Central Europeo, o sea del fabricante de euros, en ese saco sin fondo por parte del propio impresor de euros, a la larga se llama inflación y paro. Quizás alguien debía explicar a las señoras Merkel y Salgado lo de la República de Weimar y la impresión desordenada de billetes de billones de marcos de los años 20.

miércoles, 3 de agosto de 2011

CONVENCIDOS PERO NO CONVINCENTES

Decíamos ayer que las elecciones las gana el partido ¿Qué hay de lo mío? Y por tanto que toda oferta de proyecto que no vaya destinada a cada hijo de vecino con su pequeño o gran problema particular y que pueda ser articulada por el clásico sistema de clientelismo, correveidile-cacique-concejal-alcalde-diputación provincial-etc. está de principio condenada al fracaso.
Añadíamos que el único partido que se ha dedicado con empeño a organizar esa red es el PP y que eso es una ventaja insuperable para el PSOE.
Claro que faltan pequeños detalles de afinación. En la antigua Roma los señores se ponían un día al mes en una mesa en la puerta de sus casas para recibir ordenadamente a sus clientes políticos, en las aldeas indígenas americanas los caciques recibían a sus clientes tras un acto explícito de sumisión respetuosa, en la Onorata Societa es previo el ósculo al padrino.  
En nuestro pedestre sistema electoral que conlleva consecuencias ineludibles al más pedestre aún sistema económico, hay que aportar algo más que esa fría realidad de la mesita a la puerta de la casa cada mes.
En una sociedad infantilizada, alegre con sus princesas del pueblo y sus princesas de alto copete, que ofrece miles de premios a quien desee apostar por bellas causas, lotería contra el hambre, caritativas ofertas de los bancos si haces tal o cual operación con ellos, etc., falta un elemento de alegría que de un poco de color al sistema clientelar.
Y ese gran partido que es el PP está ofreciéndola a borbotones. Imitado un tanto de lejos por el PSOE, que intenta dar también su nota de alegría en medio de la tristeza generalizada.
Esa nota se llama ilusión, confianza, en suma infantil, inocente, sana alegría. Y aunque parezca mentira que ese milagro se esté dando, lo están consiguiendo.
Casi se ve a las claras que hay un sector de la sociedad que está claramente convencido de que el desastre está llamando a las puertas de nuestra economía. Todos los indicadores –TODOS- lo dicen de forma meridiana. Y sin embargo otro gran sector afirma con entusiasmo que esto es cosa de falta de confianza, de falta de carisma de los dirigentes, en suma, para no engañarnos, aunque quede mal decirlo así, de falta de caudillaje auténtico. Y que para eso están ellos: los verdaderos, auténticos, jefes. Este último sector, que sabe que miente, que les mienten, y que no quieren ni oír hablar de que su negocio se esté viniendo abajo, sabe que debe aplaudir hasta con las orejas no tanto para que se produzca el milagro económico generalizado, sino más bien para que sus jefes locales les vean entusiasmados y a cada uno de los entusiastas aplaudidores se les den –uno a uno- las recompensas adecuadas. Es un círculo perfecto, pero lamentablemente un círculo, más que vicioso, profundamente viciado.