Decíamos ayer que las elecciones las gana el partido ¿Qué hay de lo mío? Y por tanto que toda oferta de proyecto que no vaya destinada a cada hijo de vecino con su pequeño o gran problema particular y que pueda ser articulada por el clásico sistema de clientelismo, correveidile-cacique-concejal-alcalde-diputación provincial-etc. está de principio condenada al fracaso.
Añadíamos que el único partido que se ha dedicado con empeño a organizar esa red es el PP y que eso es una ventaja insuperable para el PSOE.
Claro que faltan pequeños detalles de afinación. En la antigua Roma los señores se ponían un día al mes en una mesa en la puerta de sus casas para recibir ordenadamente a sus clientes políticos, en las aldeas indígenas americanas los caciques recibían a sus clientes tras un acto explícito de sumisión respetuosa, en la Onorata Societa es previo el ósculo al padrino.
En nuestro pedestre sistema electoral que conlleva consecuencias ineludibles al más pedestre aún sistema económico, hay que aportar algo más que esa fría realidad de la mesita a la puerta de la casa cada mes.
En una sociedad infantilizada, alegre con sus princesas del pueblo y sus princesas de alto copete, que ofrece miles de premios a quien desee apostar por bellas causas, lotería contra el hambre, caritativas ofertas de los bancos si haces tal o cual operación con ellos, etc., falta un elemento de alegría que de un poco de color al sistema clientelar.
Y ese gran partido que es el PP está ofreciéndola a borbotones. Imitado un tanto de lejos por el PSOE, que intenta dar también su nota de alegría en medio de la tristeza generalizada.
Esa nota se llama ilusión, confianza, en suma infantil, inocente, sana alegría. Y aunque parezca mentira que ese milagro se esté dando, lo están consiguiendo.
Casi se ve a las claras que hay un sector de la sociedad que está claramente convencido de que el desastre está llamando a las puertas de nuestra economía. Todos los indicadores –TODOS- lo dicen de forma meridiana. Y sin embargo otro gran sector afirma con entusiasmo que esto es cosa de falta de confianza, de falta de carisma de los dirigentes, en suma, para no engañarnos, aunque quede mal decirlo así, de falta de caudillaje auténtico. Y que para eso están ellos: los verdaderos, auténticos, jefes. Este último sector, que sabe que miente, que les mienten, y que no quieren ni oír hablar de que su negocio se esté viniendo abajo, sabe que debe aplaudir hasta con las orejas no tanto para que se produzca el milagro económico generalizado, sino más bien para que sus jefes locales les vean entusiasmados y a cada uno de los entusiastas aplaudidores se les den –uno a uno- las recompensas adecuadas. Es un círculo perfecto, pero lamentablemente un círculo, más que vicioso, profundamente viciado.
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