viernes, 12 de agosto de 2011

EL ORO DE BERLÍN

La señora Merkel recomienda al Estado español que ponga en venta sus reservas de oro para hacer frente a sus gigantescas deudas. Obviamente es una solución más cómoda y práctica que la de prestar nuevamente euros frescos al Estado español por parte del alemán. Tiene la ventaja añadida para ellos de que el oro que saliera hoy a la venta, mañana valdrá con toda probabilidad mucho más, y por tanto el comprador –presumiblemente entre otros el propio Estado alemán- obtendría una ganancia cómoda y se ahorraría préstamos de improbable devolución.
Inmediatamente la propuesta ha sido tachada desde aquí como una tontería, ya que se argumenta que la deuda española es de cientos de miles de millones de euros y las reservas de oro son tan sólo de once mil millones. Y ahí parece acabarse la discusión.
En un mundo de finanzas y de paraísos fiscales, de especulación y agiotismo, donde todo lo importante es secreto y lo público es lo marginal, parece curioso que la señora Merkel haya soltado el anzuelo y la señora Salgado haya respondido poniéndose cuidadosamente a la sombra. Nada llamativo, ni una palabra más alta que otra, ni un gesto posterior a las dos declaraciones. Punto.
El pasado día 2 de agosto el autodenominado Reino de España estuvo literalmente al borde de la bancarrota. Según todos los indicios no tenía posibilidad material de hacer frente a los créditos que vencían esos días.
Sólo parecían caber tres soluciones. La primera en estos tiempos era imposible de llevar a cabo sin que provocase un desastre general: dejar de pagar las nóminas de los funcionarios del Estado ese mes, o las pensiones, o la gasolina de coches y aviones del Estado, etc. La segunda era dejar impagados tales vencimientos de deuda, o sea, la quiebra. La tercera era buscar desesperadamente otro prestamista que rescatase las exiguas arcas españolas. La más difícil pero la única no catastrófica de forma inmediata.
Ya sabemos qué pasó esos dos o tres días en los que hasta el presidente hubo de renunciar a sus cortas vacaciones e incluso parece que le pidió ayuda personalmente al propio emperador Obama. Al final Alemania cedió, la señora Merkel echó cuatro improperios en privado, una descomunal bronca a su colega la señora Salgado y permitió que el Banco Central Europeo realizara una operación de mercado financiero que en esencia no es más que, nuevamente, prestar dinero al Reino de España sin ninguna garantía más que la de los países euro, o sea la propia Alemania principalmente.
¿Un triunfo de nuestros hábiles políticos y de nuestro inteligente Ministerio de Hacienda? Vemos a la señora Merkel primero diciendo “Denme algo que me de alguna garantía ya mismo, por ejemplo su oro.”, y luego poniéndose en jarras para decir “¿No me lo dais? A la vuelta de agosto os espero”.
No ha hecho falta esperar un mes. Ya es notorio que no se puede pagar el siguiente vencimiento con nada y que este rescate tan poco encubierto que ha sido el encubierto seudopréstamo del Banco Central Europeo, no ha hecho más que tapar un agujero de un colador por el que todo se escapa.
Resultado: ha cundido el pánico generalizado. Como si se tratara de un rayazo de cocaína, de pronto todos se ha vuelto lúcidos y han comprendido la evidente realidad. Nadie puede pagar todo lo que se debe, y menos el autodenominado Reino de España. Los banqueros y agiotistas le han dado una patada a la señora Merkel pero en el culo del Sr. Sarkosy, que es quien se ha quedado temblando. Y poner unos miles de millones del Banco Central Europeo, o sea del fabricante de euros, en ese saco sin fondo por parte del propio impresor de euros, a la larga se llama inflación y paro. Quizás alguien debía explicar a las señoras Merkel y Salgado lo de la República de Weimar y la impresión desordenada de billetes de billones de marcos de los años 20.

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