Aunque casi nadie se esté enterando por lo marginal que resulta cualquier información sobre el tema en los medios de comunicación generalistas, se está celebrando en Durban, Sudáfrica, la vigésimo primera conferencia mundial sobre el medio ambiente.
Una vez más se ponen encima de la mesa el calentamiento global, la emisión de gases de efecto invernadero, la destrucción masiva de los bosques, la desaparición y extinción de especies animales y vegetales, el precio de la contaminación, etc.
Nadie está ahora demasiado preocupado por poner en primera fila esta cuestión ante la urgencia de una crisis económica que en gran parte se ha producido precisamente por eso.
Ahora que se hunde la gran producción industrial del llamado primer mundo, va a resultar que la culpa de la destrucción del medio ambiente la tienen China, La India y Brasil. La verdad es que resulta bastante cómodo pensar así para evitar discutir el fondo de la cuestión.
Ningún país tiene la culpa de esta destrucción, los países son lo que son, lugares, espacios ocupados por gentes de todo tipo, la destrucción la provocan exclusivamente dos factores: la imparable avaricia de los dueños de las empresas contaminantes y arrasadoras del espacio natural, que ante la posibilidad de recortar un solo céntimo su cuenta de resultados de hoy les resulta hasta incluso de mucha risa destruir el mañana (inmediato), y el desinterés ciudadano por vivir más prudentemente, menos consumísticamente, más cuidadosamente. Según el discurso oficial ya no somos ciudadanos, somos simple y llanamente consumidores.
De lo primero, es preciso dejar de mentir con abstracciones impresentables: el Estado chino, dirigido por el autodenominado Partido Capitalista Chino, podrá estar más o menos preocupado con el supuesto bienestar material de sus ciudadanos, pero lo que sí que es seguro es que está preocupadísimo por el incremento de beneficios de los nuevos millonarios chinos, cuyas empresas compiten en todo el mundo con todo el mundo. No dudamos que la primera preocupación de los gobernantes brasileños sea la pobreza, pero parece que lo de la conservación del Amazonas, y los transgénicos, está claramente supeditado a la cuenta de resultados que las empresas, sean brasileñas o multinacionales, pueden presentar de su gestión en Brasil. Etc., etc., etc.
Y tampoco parece que en medio de la crisis importe a muchos millones de habitantes del planeta si su coche es más o menos destructivo, sino si sigue siendo más espectacular que el del vecino.
La destrucción no es ocasionada por países, sino por empresas y personas concretas, lo que se discute estos días en Durban son las consecuencias, no las causas, el problema es, evidentemente, el sistema, no los acuerdos o desacuerdos sobre el 3 % de disminución o incremento de los gases de efecto invernadero, porque sin discutirse el sistema, esos malditos gases, esos malditos transgénicos, ese salvaje consumo mundial de gasolina, esa defoliación generalizada, sólo puede incrementarse año tras año, como es el hecho. Y sobre el sistema si que hay un acuerdo entre todos los gobiernos y poderes reales del mundo: No se toca.
Y conste que discutir el sistema no tiene nada que ver con aquel desastroso antiguo mecanismo de gobierno soportado por numerosos países durante muchos años del pasado siglo, llamado socialismo real o comunismo, que suponía que la naturaleza era algo a domeñar a cualquier precio. Ahora lo estamos pagando, y desde luego bastante caro. Discutir el sistema es algo que nunca debe permitirse la licencia de disculpar la destrucción masiva e indiscriminada de nuestro entorno natural, somos parte de él y hoy por hoy, somos unas víctimas más de nuestra estulticia al destruir nuestro propio mundo, pero hay unos culpables al cien por ciento por criminales insaciables, otros muchos, más o menos culpables, por estúpidos, y una inmensa mayoría de puras víctimas cuya hambre y miseria tienen responsables con una larga lista de nombres y apellidos muy concretos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario