Tras la derrota del PSOE se ha abierto un gran debate interno del que no es ajeno el público en general. Es imprescindible aclarar si quien dirija el partido tras la debacle debe ser joven o mayor, hombre o mujer, catalán o no, cosas todas decisivas para salir de la situación de desastre en que se encuentran tanto el partido como el país.
A su vez los seguidores y opositores del Partido Popular, pleno triunfador electoral, debaten con intensidad si quien dirija la economía debería saberse públicamente ya o si es mejor esperar unos días.
Es exactamente la medida de la vida política de un país, que con razón manifiesta una desafección bastante generalizada de estos dos partidos.
A poco que se quiera indagar en los programas de ambos, se descubre que el PP carece de cualquier cosa parecida a un programa, y que el PSOE carece de cualquier cosa parecida a un programa.
Este es el perfecto camino para el cesarismo populista, el papel del líder, no el papel del partido, de sus ideas, de sus políticas sociales, económicas o de cualquier tipo.
En Alemania sabemos que la señora Merkel propone como alternativa a la crisis generalizada en la que ella tiene un papel clave el complacer a sus electores lo más posible para que no ganen los del partido contrario. En Francia sabemos que el señor Sarkozy centra su acción política en mostrar suficiente autoridad y grandeur como para que no le pisen el terreno los socialistas.
Sin duda el primer debate urgente que precisa nuestra sociedad es el del tiempo de la crisis: ¿seguimos mintiendo y afirmando que esto es algo pasajero y que despidiendo trabajadores, regalándole dinero a la banca y liberalizando el suelo para la construcción, se saldrá pronto, y todo volverá a ser como antes, o decimos por fin la verdades y aceptamos que esto va para muy largo, muy doloroso y muy destructivo?
Sólo cuando la sociedad entera incorpore a su pensamiento cotidiano que la crisis es tan profunda que no tiene solución en muchos años, que la solución vendrá por caminos salvajes, y que cuando se acabe, seguramente en diez o quince años más, el mundo no será ni siquiera parecido al que hemos conocido, podremos empezar a actuar con coherencia.
En segundo lugar lo que se debate es quien paga y a quien se va a cobrar lo mucho robado, estafado y malgastado durante estos pasados años. Esto requiere aclarar unas cuentas que hoy por hoy son absolutamente oscuras y que hacen referencia no a los valores reales de las cosas sino a los apuntes en papeles donde alguien ha escrito tantos y cuantos miles de millones sin que pudiera demostrar jamás que disponía de ellos realmente.
En tercer lugar hay que dejar de mentir también en la definición de la economía real. Probablemente cerca de la mitad de la economía real es la economía en negro, y no sólo del comercio de la droga, que tan útil resulta para tantísima gente, sino más bien de la banca, la construcción, el petróleo, las armas, y unos cuantos negocios más que están perfectamente permitidos por las leyes, y de cuyas gigantescas comisiones entregadas en puro negro por debajo de la mesa, dependen las principales inversiones financieras y especulativas del mundo.
En cuarto lugar habrá que hablar algún día en España de Europa en serio. Europa es un simple club de negocios y como tal funciona, bien o mal, pero siempre y sólo como club de negocios, no como federación política, ni mucho menos social. Y esos bancos, esas multinacionales, esas financieras especuladoras que han construido la Europa comunitaria y que viven de ella, han hecho el negocio del siglo a costa de muchos factores, en buena parte por incluir a países de economía débil en el aparato de países de economía fuerte con la misma moneda, y eso siempre funcionará para beneficio de los primeros y no de los segundos, hasta que se agotan las posibilidades de los de economía débil y los poderosos les echen o se vean arrastrados también, que es exactamente lo que está pasando y lo que están discutiendo los fuertes.
Quedará unido a estos debates un tema ideológico de fondo referido a la profunda transformación económica que hace treinta años montaron tipos como la Sra. Tatcher, el Sr. Reagan, y sus acólitos del mundo entero. Ellos impusieron lo de esta economía ficticia y han provocado el desastre actual, con instrumentos de acción violenta como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, y si hacía falta, con ejércitos y servicios de espionaje que dejaron a media América, a casi toda África y a buena parte del medio oriente y el Asía central perfectamente arrasados, como así seguimos haciendo.
Y por último parecería sensato debatir de una vez a qué objetivos queremos dirigir la economía de un país como el nuestro que ha dedicado durante sus mejores años su dinero a algo tan improductivo como el ladrillo, dejando de lado las tecnologías, la investigación, la formación profesional cualificada, etc. Y la cuestión es decidir qué se pretende que sea este país dentro de veinte años, no la semana que viene.
¿Alguien se muestra interesado en abrir esos debates? Nos tememos que ni los grandes partidos, ni los pequeños, ni la patronal, ni los sindicatos dominantes, ni desde luego los financieros y banqueros, están por la labor.
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