sábado, 3 de marzo de 2012

ALGUNOS CONCEPTOS BÁSICOS Y UNA ESTRATEGIA PERVERSA

I.
En estos tiempos nos asaetean cada día con conceptos de dudosa accesibilidad por la ciudadanía no especializada: déficit, deuda pública, prima de riesgo, etc. comencemos por poner en orden cuatro ideas sencillas que casi todo el mundo comprende.
Deuda es dinero que se debe de forma ajustada entre deudor y acreedor. Puede deberse a créditos para la compra de bienes o a préstamos monetarios, y en todo caso tiene claramente definidos los plazos de pago y sus intereses. Esto es, que alguien ha comprado algo o ha cogido un crédito y ha aceptado pagarlo en tales y tales plazos con tales y tales intereses.
Pero déficit es por el contrario la diferencia en un ejercicio presupuestario, normalmente en un año, entre lo que se calcula ingresar y lo que se calcula gastar. En caso de ingresar más de lo que se gasta se llama superhabit.
Quien sea puede tener una gran deuda y sin embargo no tener déficit porque precisamente ha firmado pagar cantidades a ir liquidando en periodos más largos que ese año en que recibe el crédito y en el que piensa seguir ingresando más de lo que ha de pagar. Es un buen negociador de su negocio. Es una empresa que por ejemplo compra una nueva máquina para mejorar su producción y firma pagarla a lo largo de tantos años como pueda calcular que con esa máquina va a ir obteniendo beneficios cada año, tanto como para mantener su empresa, como para pagar los plazos de esa máquina, y además ganar algo de dinero. Claro está, que si eres un cliente solvente del banco que te presta y tu negocio parece estable y seguro, puedes incluso pedir prestado para cubrir un déficit inicial ya que se considerará que ese déficit es puramente coyuntural y se superará cuando se hayan puesto en marcha las nuevas estructuras de producción y venta.
El error lo comete el que firma plazos de pago de sus deudas sin tener una notable seguridad de que en ese periodo de tiempo va a ir haciendo crecer su negocio y por tanto va a seguir pagando sus créditos y además mantener su empresa y ganar algo de dinero.
Pero el error mayor es cuando el que ha obrado así ve que no vende suficiente con su nueva máquina y no puede ni pagar los plazos, ni por tanto mantener la empresa, y sobre todo no ganar nada sino incluso perder. Agobiado, no se le ocurre otra cosa para evitar el embargo o la quiebra que pedir un crédito para pagar los plazos que no puede cubrir. Ha comenzado la carrera hacia el desastre. Pedir prestado para pagar lo que se debe de prestado sin tener un perfecto plan de futuro a corto, medio y largo plazo que ofrezca seguridad y sea realista, es la mayor barbaridad que se puede hacer en cualquier negocio.
Cuando se ha perdido, se ha perdido. Si no funciona esa empresa, lo único que puede hacerse es vender con pérdidas la máquina comprada, reducir la empresa en todos los sentidos e ir preparando un cierre ordenado. Cualquier otra actitud sólo es empeorar las cosas y retrasar, pero por poco tiempo, el desastre.

II.
A mediados de los 90, España producía en números redondos unos quinientos mil millones de euros, debía unos trescientos mil millones, y sus particulares en conjunto, familias, empresas y bancos, debían unos trescientos cincuenta mil millones. Se puede pensar que lo que se producía era mayor de lo que debía el Estado y menor que lo que debían conjuntamente el Estado y los particulares, y se podía ver que ese proceso era continuado y ascendente: la deuda del estado era fija y ni decrecía ni se incrementaba, la producción se incrementaba año tras año ordenadamente y por tanto el Estado podía garantizar con toda claridad que pagaría lo que debía sin mayor problema. Lo que se dice, un país ordenado de economía creciente, donde los particulares tomaban créditos sabiendo que había trabajo creciente y por tanto podrían pagar a medio y largo plazo lo que tomaban prestado.
Sólo había un problema gravísimo: se había llegado a esa situación en medio de una corrupción y un desorden administrativo verdaderamente pasmoso: se denunciaban robos, asesinatos, estafas, y el gobierno tenía como norma mentir metódicamente acerca de todo lo que hacía y ocurría. La economía había crecido en medio de las crisis de finales de siglo, pero el ultraliberalismo tatcheriano de González y su partido había creado un caos incontrolable donde la corrupción era la reina.
Y en eso llegó Aznar.

III.
En el nuevo periodo feliz la deuda pública se mantuvo estable, la producción seguía creciendo lenta pero seguramente, e incluso más aceleradamente, y llegó con Aznar el milagro: el ladrillo.
El crecimiento de la producción se medía en un nuevo patrón más valioso que el oro: el patrón ladrillo, crecía y crecía una producción que no era verdadero ahorro, sino algo improductivo, pero fuertemente especulativo: se levantaban bloques horrorosos no para habitarlos sino para revenderlos en una ingeniosa espiral de pura especulación que disparaba el precio del ladrillo, sin aumentar en nada el valor real de la economía. Eso es especulación pura y dura.
Pero había un detalle insignificante sólo previsto por los más listos: había que vender esos apartamentos y pisos. Los más listos lo sabían bien y para eso estaban los bancos: crédito fácil y abundante poniendo sólo como garantía los propios apartamentos en continuo ascenso de precio de mercado.

Se disparó la locura. En vez de una economía donde se invirtiera en estudios, investigación o simplemente en empresas que produjeran cosas comercializables para el consumo y sobre todo para maquinaria e infraestructuras, y que en caso de no venderse adecuadamente pueden cambiar de diseños, tecnología, etc., se producía sólo algo que o se habita o no vale para nada más y se deteriora cada día sin poderse ya alterar.
Como consecuencia se disparó el valor nominal de la producción nacional, el Producto Interior Bruto, pero en valor fantasma, en valor puramente especulativo, y arrastró lo peor: se disparó de forma descabellada la deuda privada, la de promotoras y constructoras y la de particulares, y para dar esos imprescindibles créditos, se endeudaba, sin nada con que respaldarlo más que las propias garantías hipotecarias de sus clientes, la misma banca.
Al acabar el periodo Aznar en 2004, la suma de la deuda pública y la privada duplicaba el Producto Interior Bruto.
Y entonces llegó Zapatero. Jauja. Más de lo mismo y más basto todavía. Abierta la puerta, todos para adentro.
En 2008 el Producto Interior Bruto comenzó a descender ya que sólo se invertía en ladrillos improductivos y caía en picado la industria  que llamaríamos productiva y los jóvenes dejaban de estudiar para colocarse en la venta de apartamentos, y la investigación se bloqueaba, y a la vez como evidente consecuencia la deuda pública se disparó para cubrir lo que la producción nacional no permitía pagar por su caída, y la deuda privada más que duplicaba a la producción nacional. El desastre.

IV.
Ahora estamos en una situación curiosa. Un gigantesco stock de pisos que se deterioran día a día, y de los que demasiados propietarios, sobre todo bancos y promotoras, ni pagan el IBI a sus ayuntamientos, ni pueden vender, una industria productiva de escasa calidad y de baja productividad y de estructuras cada día más anticuadas, demasiadas al borde de la quiebra por no poder vender a una población que no tiene dinero para comprar, y que no pueden exportar adecuadamente porque su coste de producción es mucho más alto que el de muchos de sus competidores, especialmente China y otros productores baratos, una generación sin estudios, sin formación y sin entusiasmo liquidada por diez años dedicados a la buena vida del vendedor de apartamentos, las ropas de marca y los coches llamativos, una investigación de vanguardia buena pero sin medios para seguir trabajando, y un paro descomunal que no podrá colocarse en muchos años porque aquí no hay futuro.
Como no se pueden pagar los dineros que se deben por el Estado y cada vez la producción nacional es menor, hay que pedir crédito para pagar deudas vencidas. Lo peor que se puede hacer: pedir crédito para pagar créditos vencidos, pero no hay ninguna otra posibilidad y la deuda pública retenida prudentemente tantos años se dispara y se aproxima día a día al valor del producto Interior Bruto, con lo que cuando la deuda supere a la producción, la quiebra está garantizada, no por que no se pueda renegociar deuda y alargarla hasta salir del bache, si no porque cada vez por ese camino se produce menos y se debe más, y como se pide prestado para pagar deudas que nunca se podrán pagar, se produce un déficit creciente e inasumible, que a su vez hace que quienes prestan dinero lo presten cada vez con mayor desconfianza y por tanto con intereses más altos, amenazando en caso de no aceptarse esos intereses crecientes con cerrar el grifo, que es lo que se llamaría indefectiblemente quiebra.
Y la guinda es la deuda privada, ya más que dúplice del Producto Interior Bruto, y más de cuatro veces la deuda del Estado.
El resultado es claro: no se podrá nunca pagar lo que se debe ni por los particulares, ni por los bancos, ni por las promotoras, ni por el Estado.
Y entonces vienen los palos de ciego, los mismos que daba Zapatero en su situación de grogui vencido: seguir tapando un agujerito aquí, otro allá, poner una venda para parar la gangrena, despistar, no querer pensar más que en el plazo de unas semanas o unos meses, y seguir como corderos en rebaño hacia el matadero.
Y mientras el dinero de la especulación en las Islas Caimán. Los ricos cada vez menos y cada vez más ricos, y los pobres cada vez más y cada vez más pobres. Para algunos, muy pocos, el éxito es descomunal, para la ciudadanía en general la ruina. ¿Alguien cree que esto ha sido casual? ¿O alguien había ideado desde el principio una estrategia perversa?

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