Ya hemos
escrito en otros artículos que un país de economía débil no puede tener una
moneda fuerte y resultar competitivo ni industrial ni comercialmente.
Si la
economía es débil es porque no tiene suficiente alta tecnología, ni industrias
básicas, ni de gran maquinaria, ni fuentes de energía suficientes, ni su
financiación proviene de un alto ahorro de los ciudadanos de ese país, y sus
bancos tienen que recurrir a captar fondos del exterior.
En esas
condiciones hay que comprar mucho fuera y cuesta mucho vender a terceros lo
fabricado en ese país. Sólo se puede conseguir competir en precios
internacionales por el insensato procedimiento de mantener sueldos muy bajos y
gastar poco en gasto social.
Al final
es una pescadilla que se muerde la cola: La población tiene pocos medios para
consumir lo producido que le resulta demasiado caro para su nivel de ingresos,
y los empresarios no están dispuestos a asumir riesgos fácilmente. La industria
se limita a naves de montaje de cosas producidas en otros lugares, como por
ejemplo automóviles. En España hay una producción de coches altísima que se
vende fuera en su mayoría, pero en simples naves de montaje que han de servirse
de motores y tecnología producida por las matrices de estas empresas en
Alemania, Francia, USA o el Reino Unido. Un sector laboral muy bueno pero muy
mal pagado es lo que lleva a las empresas matrices a traer aquí el puro
montaje, y reservarse el valor añadido de la tecnología y la maquinaria más
compleja.
El sector
de la cerámica sitúa a España entre los cuatro mayores productores del mundo y
el segundo en diseño y redes comerciales, pero los hornos de cerámica de alta
tecnología, que permiten producir en condiciones óptimas, se fabrican en Italia
y todas las empresas de cerámica españolas dependen de esos hornos, ya que en
España no hay nivel adecuado tecnológico para fabricarlos en condiciones
competitivas. Una vez más el valor añadido, que es lo que realmente es futuro,
se queda en el país matriz y la economía podrá crecer pero nunca progresar.
El sector
de la edición tiene una de las producciones más altas de Europa y sin embargo
la totalidad de las máquinas de imprimir se han de comprar fuera. El sector de
químicas también ha de producir con maquinaria comprada en el exterior, siendo
esa una maquinaria de elevadísima complejidad y precio, y de la misma manera en
la mayoría de los sectores productivos.
En estas
condiciones que se pueden extender a la inmensa mayoría de la industria, los
empresarios que hacen su agosto en España lo hacen con un sector que no
requiere ninguna alta tecnología y para el que la mano de obra es la de más
baja cualificación: la construcción.
Y para
construir mucho hay que vender mucho, para lo que es necesario dar crédito
barato a los posibles clientes ya que el producto final es de un precio muy
alto. Y para dar ese crédito fácil los bancos requieren disponer de mucho
numerario disponible del que, dado el escaso ahorro, carecen, y que por tanto
han de buscar en los mercados internacionales, ya que en España al ser zona
euro no existe Banco Central que pueda
emitir moneda.
Esta es
la visión de desarrollo que han tenido nuestros políticos, ninguna que no sea
ver correr mucho dinero sin crear capital. Una fábrica de algo o una empresa de
servicios, una vez montada puede vender más o menos, pero siempre puede
intentar innovar, producir según exigencias de mercado, competir con
aportaciones tecnológicas significativas, etc., pero una casa una vez
construida, no tiene más valor que el de usarla para vivir, no produce ya nada.
El dinero invertido en ella es lo contrario al ahorro, y si se utiliza, como ha
sido el caso para especular con los precios, se obtiene un resultado aún peor:
se elevan artificialmente los precios de la obra sin representar incremento de
valor económico real alguno, se crea un espejismo que hace creer que se aumenta
el capital cuando en realidad sólo se aumenta la deuda.
Todo esto
proviene de una sucesión de actuaciones políticas escasamente acertadas
llevadas a cabo durante años. La crisis de los 90 nos cogió en situación de
incipiente desarrollo gracias a las enormes inversiones que la entrada en la Comunidad Europea
había traído. Los fondos europeos para los países y regiones que estuvieran por
debajo de la media europea representaron no sólo un salto gigantesco en
infraestructuras y desarrollo tecnológico, sino también en bienestar social:
Antes de esa gigantesca inversión no había en cada pueblo ni centros de salud,
ni institutos, ni polideportivos, ni centros sociales, ni en las ciudades
transportes eficientes, ni servicios culturales, deportivos o sociales
accesibles a la inmensa mayoría de la población.
El
principal problema inmediato, aparte del retraso tecnológico y de formación,
era la falta de fuentes rentables de energía, el petróleo era caro y se produjo
el primer verdadero milagro español: industriales, científicos e ingenieros
españoles crearon una serie de tecnologías punteras a nivel mundial en el campo
de las energías alternativas. Esto requería un elevado nivel en universidades y
centros de investigación especializados, unos sueldos decentes para ingenieros,
economistas y el resto de personal de alta tecnología que les invitara a no
emigrar a países de más alto nivel, y una inversión económicamente razonable que
permitiera financiar proyectos cuyo resultado sólo se ve a largo plazo.
En el
mismo sentido comenzó una carrera en ciencias de la salud, en ciencias del mar,
y en diversos sectores que requerían investigación de alto nivel, y por tanto
financiación a largo plazo. Prácticamente la totalidad de la inversión para la
investigación dependió del Estado ya que los empresarios resultaban lo
suficientemente burdos como para pensar que entre comprar fuera y vender barato
e invertir en futuro no cabía dudar. Este fue un factor enormemente obstructivo
a ese, incipiente pero fuerte, inicial desarrollo.
Y en esto
llegaron los nuevos magos al poder. Los años de González sirvieron para
meternos de hoz y coz en la Comunidad
Europea destruyendo tejido económico para evitar competir en
tales condiciones de salarios con nuestros vecinos: se perdió la posibilidad de
una estructura agraria competitiva a favor de nuestros favorecedores exteriores
y de los grandes propietarios que recibían jugosas subvenciones por no hacer
nada más que ser grandes propietarios. Se perdió la posibilidad de crear una
red industrial propia adecuada a una producción que generase ahorro pensando
sólo en el consumo. Esto quiere decir que el objetivo era producir para
consumir y no producir para crear industria básica: el dios de nuestros
tatcherianos tiempos se llama consumo, y su demonio al que rechazar a toda
costa se llama ahorro. Esa es la base de
la actual catástrofe.
Pero
aquel periodo acabó en un doble caos: la crisis mundial de los 90 y la crisis
local de la inmensa e imparable corrupción de todas las esferas del poder
político, empresarial y financiero.
Y como
decimos llegaron los nuevos magos: Rato era dios y Aznar su profeta.
Lo que
les importaba no era la economía sino el dinero, no sabían nada de desarrollo
económico, pero mucho de multiplicar los panes y los peces. Claro que a
diferencia de aquel profeta de antaño, sus panes y sus peces eran de cartón
piedra, o más bien de barro. Su única apuesta fue el ladrillo. Mucho dinero
fácil con ninguna creación de capital. Ese fue el desencadenante del desastre.
Pero
tuvieron un problema inesperado: su profeta no destacaba por su visión de
estadista sino que era un simple funcionario de Hacienda transformado por las
urnas en genocida obseso. Además se renovaba una creciente corrupción
generalizada, sobre todo en sus virreinatos interiores en donde se llegaba a
niveles de desorden económico y financiero absolutamente pasmosos, con tramas
como la ahora conocida Gürtel, los casos Camps, Matas, Fabra, etc., la creación
de una deuda en sólo la ciudad de Madrid que representaba la mitad de la deuda
de la totalidad de los municipios españoles, y unas cajas de ahorro utilizadas
para financiar corrupción y desorden hasta extremos difíciles de creer con la entusiasta
colaboración de PSOE, UGT y CCOO que también podían meter la cuchara en tan
burdo potaje, y con ello se conseguía la ilusión de un feliz crecimiento donde
todo se vendía y compraba, pero con dinero ajeno.
Y el
profeta dijo que el dios Rato le había mandado hacer llegar la buena nueva a la
confusa ciudadanía: pidan el dinero a los bancos, que están forrados, y compren
pisos, apartamentos, chalets, adosados, y claro también coches, neveras,
vitrocerámicas y todo lo que deseen. Es gratis, no hay más que ir a un banco,
pedir el dinero, firmar que sus nietos lo pagarán algún día futuro y a consumir
y comprar ladrillo que esto es el paraíso terrenal: España va bien.
El
problema inesperado de meternos en guerras ajenas por intereses petrolíferos
sólo para salir en una estúpida foto fumándose un puro con los pies en la mesa
junto al emperador más bruto de toda la historia de los EEUU, llevó al dios
Rato al limbo de los tontos y al profeta a una clínica de reposo para
millonarios. Ministros nefastos como el tal Trillo que estuvo a punto de
meternos en un conflicto gravísimo con nuestro orgulloso vecino del sur, que
envió a la muerte a soldados y oficiales en viejos aviones de saldo para
favorecer la corrupción de la cúpula militar, y que se creía un perfecto epígono
de aquel Alfonso XIII que jugaba a la guerra con carne humana real sacada de
cada pueblo de España, ministros fanáticos con el tema vasco, carentes de la
mínima mano izquierda para moverse en tan gravísimo teatro, y ministros de
cultura, educación, investigación, exteriores y servicios sociales de nivel más
bien pueblerino, acabaron de forjar la desgracia del profeta y de su dios Rato.
Así que
su gran obra pudo ser felizmente aprovechada por otro grupo de mediocridades
dirigida por quien nunca hubiera llegado tan lejos ni tan alto sino fuera por
la casualidad de que en justo ese momento no había nadie en el PSOE capaz de
levantar cabeza tras la tragedia de la corrupción generalizada que era
manifiestamente la herencia de González. Como soplaban tiempos ladrilleros, no
tuvo el nuevo profeta más que coger la bandera caída de Rato y seguir con el
mayor entusiasmo haciendo lo mismo que aquel dios caído le había manifestado.
En premio de consolación le buscaron un buen cobijo en el Fondo Monetario
Internacional, para que jugase a gusto al tío Gilito una temporada.
Pero mientras todos bailaban en palacio tan
contentos sonaron las fatídicas doce de la noche, y el vestido de reinona de
Zapatero se convirtió en harapos, la carroza en calabaza y los BMW en patinetes.
Y así estamos.
Ahora no
hay a donde agarrarse, se deben cantidades tales de dinero por bancos y
promotores inmobiliarios, por ayuntamientos y CCAA, y al final por el
autodenominado Reino de España, que es materialmente imposible pagarlo. El
déficit, o sea, lo que falta cada año para pagar lo que se debe cada año, y la
deuda, o sea lo que se debe a largo plazo sobre el falso supuesto de que en ese
plazo se generarán fondos adecuados para hacer frente a los plazos y cantidades
firmados, son absolutamente inasumibles y nadie presta dinero a quien se sabe
que no va a poder pagarlo en ningún caso. Inocentemente el nuevo presidente,
pleno de realismo, y no como el anterior, dice que claro que podrá pagar en
cuanto haya puesto en valor real los millones de pisos, apartamentos,
promociones fallidas, terrenos urbanizables, y aeropuertos, ciudades míticas
del espanto, megaloidioteces variadas, y otras lindezas productoras de la
corruptela generalizada, que tienen bancos, inmobiliarias, municipios y
Comunidades Autónomas, que es sólo cuestión de averiguar cuanto vale todo eso
en realidad, que somos un país rico con problemas circunstanciales y llama
desesperadamente a los fieles apóstoles del anterior dios y del anterior
profeta para que le resuelvan la situación como si esta crisis fuera tan
sencilla como la de los 90. Ergo estamos totalmente perdidos.
Y
volviendo al tema inicial, no puede haber un país de economía débil con una
moneda fuerte: Ni Grecia, ni Portugal, ni Irlanda, ni España pueden seguir por
mucho tiempo en la zona euro si quieren vender algo en algún lugar. Nos
metieron en el euro alemanes y franceses para vendernos lo suyo y tener unas
colonias donde ensamblar lo que ellos producían teniendo aquí precios y
salarios de saldo, ahora ya no les hacemos falta, pero ya es demasiado tarde,
el dinero que se ha tirado a la basura ladrillera y consumista en España, en
gran parte se lo han prestado al Estado y la banca española sus bancos, si
España quiebra arrastra a su banca y si su banca quiebra arrastra al mundo
entero, incluidos los EEUU y China. En ese punto estamos.
Y el
punto final de este estudio tendrá que esperar al próximo lunes cuando sepamos
qué han decidido los ciudadanos griegos, y cuando haya pasado el inmediato
viernes negro que tenemos a la vuelta de la esquina.
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