En el ultrapoderoso
partido “Que Hay de lo Mío” ha habido una especie de primarias para elegir o
revalidar nueva cúpula. Ha ganado por aplastante mayoría el sector PP que ha
perdido muchos menos votos que el sector PSOE, lo que le ha permitido respirar
con profundidad y reírse en público de su sector minoritario. Los diferentes
líderes han achacado los resultados a las más variadas situaciones y razones
pero ninguno ha hecho ni la más mínima mención del tema de la corrupción generalizada
que arrasa el país.
El problema de la
corrupción en España consiste en que la corrupta es la propia sociedad, no sólo
sus banqueros, dirigentes políticos, jueces y policías, sino la propia
sociedad.
Ese es nuestro diferencial
con Alemania, Holanda o Finlandia, porque allí es muy difícil ser un corrupto
pobre, y sólo los muy ricos pueden acceder a esa categoría económica, social y
ética, lo que, sin duda, es muestra de
alta calidad social, lo que se dice tener un caché.
Aquí cualquier mindungui
puede aspirar a esa alta categoría moral, las oportunidades son ilimitadas y lo
peor es que son legión los que lo consiguen aunque sea a una escala mínima.
En Alemania son siete
millones los ciudadanos que viven con salarios de 400 € al mes, obviamente
hacen chapuzas y cobran en negro otros trabajos, igual que aquí, pero de eso ni
se habla en una sociedad cuasi perfecta, y además no se les persigue porque no
se considera que el resultado de perseguirles produzca unos ingresos al Estado
mayores que el coste de perseguirles.
Los trabajillos extra de
este importante sector de la población alemana son obvios, unos alquilan un
cuarto de su casa a un colega por cuatro perras y ni se les ocurre declararlo,
otros venden cualquier cosa en mercadillos o puestos callejeros perfectamente
incontrolables, otros arreglan –igualito que aquí-, una lavadora o cambian un
filtro de un coche por una propinilla, etcétera.
De tarde en tarde salta un
escándalo financiero, pero tienen la delicadeza de ser escándalos diferentes a
los de aquí, son más bien de tipo moral. Por ejemplo ser un político que ha
mentido o simplemente ha engañado a sus electores, como esos ministros que han
falsificado su curriculum académico o han copiado tesis doctorales, y sólo de
vez en cuando salta algún escándalo financiero tal cual, pero obsérvese que
casi siempre ligados a empresas extranjeras. Son más finos que al sur, lo
sabemos de toda la vida, sobre todo si recordamos las cosas de hace setenta u
ochenta años.
Pero en todo caso los
hechos son esos, en los países del centro de Europa la moral no condena la
chapucilla, pero persigue duramente el fraude siempre que pueda resultar
ilícito y además ser descubierto y denunciado, y para eso, la legislación es
suficientemente liberal como para que haya pocos pecadores perseguibles en las
altas esferas económicas.
Nosotros, más bastos,
perseguimos con saña al pillagallinas de turno y saludamos con respeto y
admiración al señor, al señorito, y al jefe local y provincial del movimiento,
léase los Carlos Fabra o Esperanza Aguirre de turno.
El problema es la
corrupción, pero no simplemente la de los políticos, los banqueros, los jueces
o la policía, sino la de los innumerables ciudadanos que aspiran a ser parte de
ese entramado social. Para ser alcalde hay que saber colocar, sea de asesor o
de conserje, a unos cuantos vecinos, que a su vez tienen muchos familiares, que
a su vez saben agradecer un puestecillo de trabajo o una pequeña licencia
escasamente legal. Además hay muchos vecinos que detentan pequeñísimas empresas
que sólo pueden sobrevivir si reciben unas cuantas subcontratas municipales, o
alguna extraña subvención.
En España, en un
ayuntamiento de cinco mil habitantes, hay entre ciento veinte y ciento
cincuenta funcionarios municipales y personal contratado municipal, uno por
cada cincuenta habitantes, que representan, a cinco familiares por puesto, unos
setecientos votos seguros, lo que implica unos tres concejales, lo que
generalmente implica el control estricto del municipio. Luego se le da la
limpieza de los locales municipales a fulano o mengano y se les paga con
créditos extrajudiciales, y la conservación de los caminos al primo de zutano,
que se le paga por crédito extraordinario, y entre unas cosas y otras el poder
está garantizado, y con el poder las comisiones que esos mismos pequeñísimos empresarios
locales deben religiosamente poner en manos de alcalde y concejales, sin
olvidarse de algunos funcionarios que necesitan ser engrasados para funcionar
eficientemente. Y luego ya sólo queda saber pactar razonable y adecuadamente
con los promotores inmobiliarios y las grandes empresas de energía,
comunicación, y otras grandes y benéficas organizaciones.
Repítase el análisis a
gran escala en Comunidades Autónomas y sobre todo en el gobierno del Estado.
Eso es lo que llamamos una
sociedad corrupta, y un poderoso partido sempiternamente en el poder llamado
“Que Hay de lo Mío”, con muchos centenares de miles de entusiastas seguidores y
adherentes y una segura y férrea estructura partidaria.
Ahora estaba en duda si
este poderoso partido podía ser dirigido por unos o por otros, o como decía El
Roto en su famoso comentario, “La democracia consiste en que unas veces
mandamos unos y otras veces mandamos otros”. Se ha hecho preciso ir a
primarias, y se ha repetido la debacle del anterior sector del partido que
había fracasado en las pasadas elecciones generales.
Viendo estrictamente el
caso PSOE, el asunto es muy claro: o seguir por donde van y ver cómo repartirse
un pastel cada vez más escaso, o darse de baja.
En el primer caso no se
merecen comentarios. Allá penas.
En el segundo el asunto es
más fácil aún: militantes irritados e indignados que creen en la vieja herencia
socialista de antaño salen en ese partido y exigen su derrumbe, y mágicamente
miles de socialistas le apoyan. Exigen la dimisión de la actual y sempiterna
cúpula y el nombramiento de una gestora con la sola misión de convocar un
proceso reconstituyente: asambleas y congresos locales, provinciales,
autonómicos y un congreso estatal. Exigen la redacción de un programa, no
antisistema, ni anticapitalista, si no simplemente sensato, en el que si un
banco quiebra se le deja quebrar pero se lleva a los tribunales a sus
directivos, si una inmobiliaria quiebra, se procede a abrir una investigación
desde Hacienda sobre sus directivos y propietarios, si un político es acusado
con elementos sensatamente manifiestos de corrupción se le aparta de toda
responsabilidad pública y de todo puesto partidario y se aporta a Fiscalía toda
la documentación sobre el presunto que obre en poder del propio partido, y así
un largo y evidente conjunto de medidas que defiendan libertades,
transparencias, honradez.
El resultado sería claro:
el partido socialista se dividiría en al menos varios, uno socialdemócrata,
minoritario, centrista y de derechas explícitamente, pero probablemente
decisivo a la hora de formar futuros gobiernos, un sector se iría al PP o UPD,
y un tercero, mayoritario, sería el Partido Socialista Obrero Español, lioso y
confuso pero socialista, y arañando muchos, pero muchos votos de la agonizante
Izquierda Sempiternamente Peleada, y sin capacidad de gobernar hoy, pero a la
cabeza de una expectativa popular todavía receptiva. Todavía, dentro de poco
claramente ajena e indiferente a tales posibilidades, vamos, lo de toda la vida
de antes de la cochambre del franquismo. A elegir.
Son sueños, evidentemente.
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