Se armó la gran escandalera ante
hechos que todo el mundo sabía. Claro está que no es lo mismo que todos sepamos
que estamos en un sistema profundamente corrupto y que nos gobiernan personajes
de nula moralidad, e incluso que les votemos metódicamente y precisamente por
eso nos gobiernan, y precisamente por eso están profundamente corrompidos, que
el que estemos dispuestos a indignarnos colectivamente por ello y cambiarlo.
Miremos hacia atrás. Hace un
cuarto de siglo las acusaciones de corrupción caían sobre el PSOE y se dirigían
directamente sobre el presidente de gobierno. El escándalo había estallado
sobre descomunales comisiones en la contratación del primer AVE. Se afirmaba
públicamente que la trama estaba basada sobre una fundación alemana llamada
Flick.
En medio del escándalo el Sr.
González salió indignado y dijo aquello de “Ni flick, ni flock” y daba por
acabado el escándalo. Los tiempos aquellos tampoco eran tiempos de gran
abundancia, aunque la crisis era una crisis de la señorita Pepis comparada con
lo que tenemos ahora.
Y no pasó nada. Todo el mundo
calló y se acabó el escándalo, se montó el hipercostoso AVE y todos tan
contentos.
No nos engañemos, lo que pasó es
que González puso en marcha el mecanismo de una bomba de relojería. A él le
estalló pocos años después de la mano del célebre salteador de caminos Roldán,
habiendo dejado en el camino al simpático catador de cafetitos Juan Guerra y su
clan, y tras haber abierto tal cantidad de agujeros en la vida pública que era
ya imposible contener el naufragio.
Pero era sólo el naufragio del
PSOE. Tras el ¡Váyase Sr. González! del prócer Aznar, llegó exactamente más de
lo mismo pero un tanto más carca.
O no exactamente. El PP había
aprendido bien la lección, y la había aprendido bien porque tenía una magnífica
preparación elemental.
Veamos. Ante la urgencia de crecer
en riqueza nacional, internacional y casi universal, se puso en práctica el
Plan Pons riqueza en quince días. Y decimos Pons, como podíamos decir Camps, o Zaplana
o Aguirre o Matas o Güemes o Álvarez Cascos o los hermanitos Costa, o el capo
Rato, o tantísimos otros.
Y el plan era muy sencillo: se
ponía en funcionamiento una legislación urbanística que produjera
necesariamente masas ingentes de dinero circulante, una legislación que por
arte de birlibirloque convirtiera un patatal de escaso valor en un solar urbano
de enorme precio. Había un problemilla un tanto chocante, ese dinero que
parecía surgido de la nada tenía que venir necesariamente de algún sitio hasta
entonces ignorado por todos, o al menos por casi todos. Y en apoyo del
desarrollo de la nación hispana llegaron los bancos, siempre dispuestos a hacer
por el bien de todos, que ello saben bien que es al final su propio bien.
El único punto negro era que era
precisamente siempre y necesariamente dinero negro. ¿O no era un punto oscuro?
Había la más razonable de las
justificaciones, por cierto imposibles de dar en público. El plan no había
previsto crear una industria de bienes de equipo, ni una fuerte base de investigación
científica y tecnológica, ni tampoco fuertes estructuras industriales
competitivas, sino tan sólo dos cosas: ladrillos y venta de puros bienes de
consumo: teles, coches, viajes de placer, teléfonos, ropa, etc.
En esas condiciones lo importante
es que el dinero creado de la nada sólo pudiera ser utilizado en puro consumo,
y el de la banca en ladrillos. Y la única forma de garantizarse que el dinero
sea utilizado en puro consumo al detall es que no pueda ser utilizado en otra
cosa porque Hacienda lo localizaría y habría que pagar impuestos con él. De
esta manera era razonable que se creara un sistema desarrollista en el que por
necesidad una gran parte del dinero circulante fuera dinero negro, aunque tan
astuto y generoso tema no pudiera ser explicado públicamente por ser
manifiestamente ilegal. ¡Cosas de la vida!
Buen truco, si no fuera porque no
era más que un truco para enriquecer a unos pocos y arruinar a todos los demás
a medio plazo. Ese sí que es un buen plan, por cierto probablemente previsto desde
el principio, aunque los detalles no acabasen de estar claros cuando se decidió
implementarlo por los Fraga, Aznar, Acebes, Zaplana, Cascos, Rato, Guindos,
Montoro, Bárcenas, etc.
Volvamos ahora a nuestro pequeño
análisis de la corrupción en los partidos de poder. ¿Cuándo llegó el tal Bárcenas
a manejar el corazón de las finanzas del PP? Pues ahora sabemos que cuando le
nombró quien sabía demasiado de corruptelas: el gran padrino, el que detentaba
por él mismo y por herencia derechos de autor de la vieja política franquista: Fraga.
Luego, costó unos pocos años todavía implementar lo del dinero negro del
urbanismo y las comisiones, pero hábiles gerentes desde oscuros despachos de
Génova lo fueron poniendo en pie. La pieza urbanística Rato-Aznar no pudo ponerse
en pie hasta que se pudo quitar de en medio al PSOE, que por aquellos tiempos
estaba a punto de conseguir exactamente el mismo objetivo, y que fue el primer
partido que elaboró la primera de las leyes urbanísticas de la corrupción: la LRAU valenciana, elaborada
por socialistas y desgraciadamente para ellos puesta en marcha por sus
sucesores del PP. No tenían la vieja escuela que los viejos putrefactos
franquistas dominaban a la perfección y que sirvió para hacer la buena escuela
del PP.
Y volvamos más a nuestro pequeño
análisis. ¿Cuánta gente hace falta para que este sistema funcione
correctamente? Pues millones de pequeños agradecidos que sepan someterse bien a
su concejal, alcalde, consejero, presidente de comunidad autónoma, secretario
de estado, ministro, etc. y que a cambio de ese sometimiento reciben desde una
pequeña prebenda en forma de colocación de un hijo de conserje en el
ayuntamiento, hasta la concesión de una recalificación de doscientos mil metros
cuadrados. Los de la recalificación son muchos, en cada pueblo, ciudad, etc.,
pero los de la pequeña prebenda son innumerables, millones. A éste la licencia
de obras que es manifiestamente ilegal, al otro la colocación en la brigadilla
de obras municipal, al de más allá el no ver que ha abierto un taller sin
cumplir las mínimas condiciones de seguridad, al otro que le han dado la
contrata de mantenimiento y limpieza del colegio sin concurso, y así un
descomunal etcétera. Etcétera pero siempre a cambio de dos cosillas
insignificantes: que el favorecido pague su pequeña o no tan pequeña comisión
en la consabida bolsa de plástico o en el consabido sobre, y que siga votando
él y todos sus familiares a su interesante favorecedor. Y así hasta hoy.
Y éste es el resultado por ahora.
Miles de indignados y arruinados, estafados, y trabajadores en paro protestan
en las calles ¿contra quien?
Pues contra esos podridos partidos
de poder. Equivocadamente. No saben que esos partidos son corruptos porque son
simplemente el producto natural de una sociedad corrupta, hija legítima de la
dictadura franquista, ahora bien vestida con trajes de prudentes libertades
civiles. Luchar contra los poderosos partidos corruptos carece de sentido
mientras nadie decida enfrentarse a los millones de españoles que componen y
apoyan toda una sociedad corrupta, una sociedad vieja, franquista, sucia. Esa
es España.
La cuestión no es que los grandes
partidos estén llenos de corruptos, sino que lo están porque son el producto
natural de una sociedad profundamente corrupta.
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