miércoles, 23 de enero de 2013

LA VIEJA ESCUELA


Se armó la gran escandalera ante hechos que todo el mundo sabía. Claro está que no es lo mismo que todos sepamos que estamos en un sistema profundamente corrupto y que nos gobiernan personajes de nula moralidad, e incluso que les votemos metódicamente y precisamente por eso nos gobiernan, y precisamente por eso están profundamente corrompidos, que el que estemos dispuestos a indignarnos colectivamente por ello y cambiarlo.
Miremos hacia atrás. Hace un cuarto de siglo las acusaciones de corrupción caían sobre el PSOE y se dirigían directamente sobre el presidente de gobierno. El escándalo había estallado sobre descomunales comisiones en la contratación del primer AVE. Se afirmaba públicamente que la trama estaba basada sobre una fundación alemana llamada Flick.
En medio del escándalo el Sr. González salió indignado y dijo aquello de “Ni flick, ni flock” y daba por acabado el escándalo. Los tiempos aquellos tampoco eran tiempos de gran abundancia, aunque la crisis era una crisis de la señorita Pepis comparada con lo que tenemos ahora.
Y no pasó nada. Todo el mundo calló y se acabó el escándalo, se montó el hipercostoso AVE y todos tan contentos.
No nos engañemos, lo que pasó es que González puso en marcha el mecanismo de una bomba de relojería. A él le estalló pocos años después de la mano del célebre salteador de caminos Roldán, habiendo dejado en el camino al simpático catador de cafetitos Juan Guerra y su clan, y tras haber abierto tal cantidad de agujeros en la vida pública que era ya imposible contener el naufragio.
Pero era sólo el naufragio del PSOE. Tras el ¡Váyase Sr. González! del prócer Aznar, llegó exactamente más de lo mismo pero un tanto más carca.
O no exactamente. El PP había aprendido bien la lección, y la había aprendido bien porque tenía una magnífica preparación elemental.
Veamos. Ante la urgencia de crecer en riqueza nacional, internacional y casi universal, se puso en práctica el Plan Pons riqueza en quince días. Y decimos Pons, como podíamos decir Camps, o Zaplana o Aguirre o Matas o Güemes o Álvarez Cascos o los hermanitos Costa, o el capo Rato, o tantísimos otros.
Y el plan era muy sencillo: se ponía en funcionamiento una legislación urbanística que produjera necesariamente masas ingentes de dinero circulante, una legislación que por arte de birlibirloque convirtiera un patatal de escaso valor en un solar urbano de enorme precio. Había un problemilla un tanto chocante, ese dinero que parecía surgido de la nada tenía que venir necesariamente de algún sitio hasta entonces ignorado por todos, o al menos por casi todos. Y en apoyo del desarrollo de la nación hispana llegaron los bancos, siempre dispuestos a hacer por el bien de todos, que ello saben bien que es al final su propio bien.
El único punto negro era que era precisamente siempre y necesariamente dinero negro. ¿O no era un punto oscuro?
Había la más razonable de las justificaciones, por cierto imposibles de dar en público. El plan no había previsto crear una industria de bienes de equipo, ni una fuerte base de investigación científica y tecnológica, ni tampoco fuertes estructuras industriales competitivas, sino tan sólo dos cosas: ladrillos y venta de puros bienes de consumo: teles, coches, viajes de placer, teléfonos, ropa, etc.
En esas condiciones lo importante es que el dinero creado de la nada sólo pudiera ser utilizado en puro consumo, y el de la banca en ladrillos. Y la única forma de garantizarse que el dinero sea utilizado en puro consumo al detall es que no pueda ser utilizado en otra cosa porque Hacienda lo localizaría y habría que pagar impuestos con él. De esta manera era razonable que se creara un sistema desarrollista en el que por necesidad una gran parte del dinero circulante fuera dinero negro, aunque tan astuto y generoso tema no pudiera ser explicado públicamente por ser manifiestamente ilegal. ¡Cosas de la vida!
Buen truco, si no fuera porque no era más que un truco para enriquecer a unos pocos y arruinar a todos los demás a medio plazo. Ese sí que es un buen plan, por cierto probablemente previsto desde el principio, aunque los detalles no acabasen de estar claros cuando se decidió implementarlo por los Fraga, Aznar, Acebes, Zaplana, Cascos, Rato, Guindos, Montoro, Bárcenas, etc.
Volvamos ahora a nuestro pequeño análisis de la corrupción en los partidos de poder. ¿Cuándo llegó el tal Bárcenas a manejar el corazón de las finanzas del PP? Pues ahora sabemos que cuando le nombró quien sabía demasiado de corruptelas: el gran padrino, el que detentaba por él mismo y por herencia derechos de autor de la vieja política franquista: Fraga. Luego, costó unos pocos años todavía implementar lo del dinero negro del urbanismo y las comisiones, pero hábiles gerentes desde oscuros despachos de Génova lo fueron poniendo en pie. La pieza urbanística Rato-Aznar no pudo ponerse en pie hasta que se pudo quitar de en medio al PSOE, que por aquellos tiempos estaba a punto de conseguir exactamente el mismo objetivo, y que fue el primer partido que elaboró la primera de las leyes urbanísticas de la corrupción: la LRAU valenciana, elaborada por socialistas y desgraciadamente para ellos puesta en marcha por sus sucesores del PP. No tenían la vieja escuela que los viejos putrefactos franquistas dominaban a la perfección y que sirvió para hacer la buena escuela del PP.
Y volvamos más a nuestro pequeño análisis. ¿Cuánta gente hace falta para que este sistema funcione correctamente? Pues millones de pequeños agradecidos que sepan someterse bien a su concejal, alcalde, consejero, presidente de comunidad autónoma, secretario de estado, ministro, etc. y que a cambio de ese sometimiento reciben desde una pequeña prebenda en forma de colocación de un hijo de conserje en el ayuntamiento, hasta la concesión de una recalificación de doscientos mil metros cuadrados. Los de la recalificación son muchos, en cada pueblo, ciudad, etc., pero los de la pequeña prebenda son innumerables, millones. A éste la licencia de obras que es manifiestamente ilegal, al otro la colocación en la brigadilla de obras municipal, al de más allá el no ver que ha abierto un taller sin cumplir las mínimas condiciones de seguridad, al otro que le han dado la contrata de mantenimiento y limpieza del colegio sin concurso, y así un descomunal etcétera. Etcétera pero siempre a cambio de dos cosillas insignificantes: que el favorecido pague su pequeña o no tan pequeña comisión en la consabida bolsa de plástico o en el consabido sobre, y que siga votando él y todos sus familiares a su interesante favorecedor. Y así hasta hoy.
Y éste es el resultado por ahora. Miles de indignados y arruinados, estafados, y trabajadores en paro protestan en las calles ¿contra quien?
Pues contra esos podridos partidos de poder. Equivocadamente. No saben que esos partidos son corruptos porque son simplemente el producto natural de una sociedad corrupta, hija legítima de la dictadura franquista, ahora bien vestida con trajes de prudentes libertades civiles. Luchar contra los poderosos partidos corruptos carece de sentido mientras nadie decida enfrentarse a los millones de españoles que componen y apoyan toda una sociedad corrupta, una sociedad vieja, franquista, sucia. Esa es España.
La cuestión no es que los grandes partidos estén llenos de corruptos, sino que lo están porque son el producto natural de una sociedad profundamente corrupta.

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