domingo, 27 de enero de 2013

LOS BENÉFICOS PROFETAS


Nada es peor, para quien nada tiene, que la esperanza. La esperanza es la cuna de toda ambición personal, de las miradas de reojo sobre quienes hasta cierto día han sido compañeros, a la larga es la cuna de una profunda ruindad moral.
Los numerosos problemas de nuestra sociedad tienen a su vez numerosos críticos que estudian y desarrollan sus análisis sobre estos problemas. A la larga son muchos los críticos que estudian problemas parciales, pero sólo algunos consiguen análisis amplios, profundos, coherentes y sólidos. Estos últimos tampoco son análisis acabados que permitan comprender en su totalidad las cosas que están pasando, pero generalmente a partir de tal o cual aspecto permiten una comprensión general de nuestra sociedad, una aproximación cabal de los sucesos que se pretenden analizar.
 Generalmente desde este pequeño grupo de analistas y críticos surgen numerosas propuestas que pretenden aportar luz sobre cómo solucionar los problemas planteados y salir de las numerosas situaciones de crisis en las que estamos sumidos. Siempre es interesante conocer estas críticas y estas propuestas. Siempre añaden elementos que nos hacen pensar, que nos permiten elaborar nuestro propio pensamiento acerca de los problemas que nos preocupan.
Lo malo es la tendencia al oficio de profeta que no sólo tienen muchos buenos críticos, sino sobre todo que pretenden de estos críticos casi todos sus lectores. Una cosa es señalar los males de nuestro entorno, nuestro mundo, nuestro país, y otra, saber cómo se deberían solucionar en la realidad, en la práctica. Una cosa es dar claves para encontrar soluciones y otra vivir en mundos de fantasía que en nada se relacionan con nuestra realidad. Nunca será solución de ningún problema el afirmar por medio de formas potenciales o condicionales, sino tan sólo por formas indicativas, nunca valdrán de nada los “si fuera”, “podría”, “quisiéramos”, sino sólo el “queremos” “haremos”, en última instancia el imprescindible “haré”. Es célebre que nuestros buenos legisladores de 1812 encabezaron la Constitución con aquella frase en que decían que los españoles serán justos y benéficos, y así andamos todavía.
En última instancia la solución no está en fórmulas mágicas, ni en fórmulas benéficas, sino en cambios profundos que habrán de afectar a toda la sociedad, cambios que por tanto afectan a cada ciudadano, a cada conciencia.
Ocurrirán, pero nada ni nadie garantizan ahora en qué dirección ocurrirán. Esa es la gran ventaja de la realidad sobre la fantasía, que nada de lo que todavía no ha ocurrido está decidido, está por el contrario en nuestras manos, en las de todos, o si se prefiere en las de grandes movimientos sociales que impulsen unas u otras salidas.
Claro que todos esos movimientos tienden a empezar por minorías, o por desgracia también, por aparatos muy minoritarios y clandestinos que cuentan con inmensas fuerzas materiales, pero aún esos oscuros poderes reales, pueden ser derrotados o al menos tienen a veces que pactar con sus contrarios sociales. Esos son los desafíos reales, no otros.
Por todo esto, es la esperanza la peor consejera. No hay futuro, no hay más que el hoy, el ahora, y lo que haya que hacer lo determinamos uno a uno, entre todos, pero uno a uno.
Por eso es preciso saber que siempre que se lucha por alcanzar tales o cuales objetivos desde el mundo de los que soportan cualquier forma de esclavitud, de humillación, de marginación, como al final siempre resultan ser esos altos ideales de que mañana el mundo sea más justo, sea más digno, sea, en última instancia, un mundo benéfico como querían nuestros padres de 1812, es luchar para perder. No ocurrirá, no será un mundo más benéfico, lo único que es seguro es que será distinto.
Todo cambia, fluye, nada es un objetivo para siempre, todo es mejorable y empeorable, y además el progreso no es ni lineal ni uniforme. Se puede progresar en unas cosas a la vez que se retrocede en otras. Nada está escrito, esa es, ya lo decimos, una ventaja de la realidad sobre la fantasía y el deseo abstracto.
Y a la hora de enfrentarnos al enorme desastre generalizado actual sería bueno que tuviéramos presente que lo importante no es ofrecer salidas, sino destruir este presente brutal, artificioso, falso, criminal. Nuestro objetivo cada día no es más que el de destruir el poder establecido. Y el poder establecido a todos los niveles, pero también en las conciencias de los que se oponen a él, de donde tantas veces salen precisamente quienes mañana podrían, abanderando su lucha contra ese poder, crear más o menos lo mismo pero con ellos al frente.  
 Es tal la tarea de destruir los cimientos de nuestro actual sistema de poder y de vida, que parece un juego trivial dedicar el tiempo a ofrecer utopias creíbles a plazos indefinidos.
Sólo la rebelión hace vivir al mundo, sólo la rebelión mueve y remueve realmente los sistemas y los poderes. Luego vendrá o no tiempo para revoluciones, pero nada valen revoluciones, violentas o pacíficas, si no las hacen ciudadanos que se rebelan sin estar pensando en lo que habrán de conseguir, si no tan sólo en lo que no están dispuestos a seguir soportando, a seguir manteniendo, a que este sistema siga existiendo, siendo la ley.
Algunos quisiéramos no ver más profetas, si no ver más rebeldes. Con eso basta para hoy.

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