Era una canción francesa irónica que en español fue más bien mordaz.
Aquí se llamó “Sin novedad señora baronesa” y la cantó un conjunto euskaldún
que sabía reírse de la censura imperante en los duros años de dictadura. En
ella, los diferentes criados de la señora baronesa le informaban
telefónicamente de las más devastadoras desgracias sin inmutarse lo más mínimo,
como si los desastres descomunales que explicaban fueran cosas intrascendentes.
No pasa nada, nunca pasa nada
mientras la degradación va royendo las raíces del sistema, y mientras la
ciudadanía aguanta pasmada sin saber reaccionar, o sin tener alternativa por la
que valga la pena reaccionar.
Es una sociedad anestesiada, adormecida, pero no desesperada. Cuando
se siente algún raro redoble llamando a la resistencia y a la rebelión, salen
miles de voces responsables y prudentes que gritan que lo que importa no es
rebelarse, sino encarar la situación con una actitud más optimista.
Llaman “actitud más optimista” a afirmar que debemos esperar que próximamente
las cosas vayan mejor, a declarar que probablemente pronto mejorarán, desde
luego en contra de todos los datos económicos, políticos, judiciales, e
institucionales, pero aún en contra de todos los datos, nos dicen que debemos
ser más optimistas.
Y lo malo es que quienes lo dicen y repiten no son sólo astutos o
estúpidos dirigentes políticos, empresariales e institucionales, son igualmente
infinidad de ciudadanos acongojados, en paro o semiparo, en situación económica
precaria, con la sanidad recortada y cada vez más de pago, con situaciones
vitales duras y frecuentemente muy duras, y sin embargo lo dicen a todas horas.
Símbolo de impotencia, no de esperanza.
Nos dicen que seamos optimistas ante unos políticos corruptos,
arbitrarios, ignorantes y corporativos, ante un aparato judicial corrupto,
arbitrario, ignaro, corporativo y burdamente politizado, donde es noticia un
juez, fiscal e incluso un abogado que luche por que se haga justicia, ante una estructura
y unas personas de la jefatura del Estado corruptas, arbitrarias, ignaras, y
notablemente groseras y primitivas, ante una banca, prototipo de la avaricia,
la mala fe, el saqueo de las arcas públicas y de las de los ciudadanos de a pie, y de un
cinismo insultante, y ante unos grandes empresarios y grandes fortunas que
estafan, roban, desfalcan y saquean a su antojo sin más restricciones que la de
que no queden demasiadas huellas y en todo caso, si pasa algo, “que parezca un
accidente”.
Piden demasiado, sobre todo porque las pruebas de los innumerables
delitos cometidos por políticos, jueces, fiscales, banqueros, grandes
empresarios, y miembros de la familia de la jefatura del Estado, están encima
de la mesa, en la prensa, en los tribunales y sobre todo en la mente de cada
ciudadano que se niegue a dejarse embaucar por eso del optimismo, de que pronto
saldremos de la crisis, y lo de que qué importa gato blanco o gato negro si
caza ratones.
Sin ir más lejos, ahora que vemos tales y cuales fotos, sabemos por qué
tras atrapar a todos los implicados, fracasó la operación Nécora y por curiosos
errores procedimentales, un gran capo del narcotráfico gallego salió entonces
libre, sabemos por qué el advenedizo Urdangarín sólo tenía que cumplir de
boquilla lo de apartarse de negocios oscuros en los que la jefa era la hija del
rey, sabemos por qué el exministro y ex todo del PSOE, el tal Blanco, sigue
andando libremente con su amigo el exalcalde de Las Rozas de Madrid del más
rancio PP, por qué un juez mallorquín no consigue poner la mano sobre Camps y
Barberá que tienen amiguísimos en medios judiciales demasiado altos, por qué el
Tribunal de Cuentas no alcanza a analizar la contabilidad de los partidos hasta
que las responsabilidades penales están ya prescritas, y así un innumerable
etcétera, que es demasiado obvio, y sin embargo, como decimos, no pasa nada. O
parece que no pasa nada.
Y lo grave no es que mientan, roben, engañen, estafen y no les pase
nada, si no que lo hagan secundados por una inmensa mayoría que prefiere esto a
la nada, al abismo de la incertidumbre. Porque lo evidente es que nos dirigen
gentes que no sólo hacen todo eso, sino que además lo hacen de manera burda,
grosera, estúpida y sin medir las gravísimas consecuencias que a la larga
traerán esas actitudes.
Ante la extrema ligereza con la que actúan los dirigentes europeos,
españoles, regionales y municipales, sólo cabe suponer tres alternativas: o
estamos dirigidos por estúpidos, o estamos dirigidos por canallas, o estamos
dirigidos por canallas estúpidos. No caben más alternativas.
Y quede claro que optimismo no debe ser nunca afirmar
inanidades sin
contenido real en contra de todos los datos reales de que se disponga.
Optimismo debería ser, más bien, estar seguros personalmente de que a
pesar de
todos esos datos desastrosos, cada uno de nosotros esté dispuesto a
enfrentar la situación
con una actitud lúcida, valiente y digna, hasta imponer esas verdades
como
templos que nos quieren ocultar desde el poder, y con ese arma en las
manos comenzar a enfrentarnos a ese mismo poder, a esos poderes
fácticos, sea cual sea el final, por dignidad, no por cálculo. Esa sí
sería una actitud a la
que podríamos llamar optimista, y certera.
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