lunes, 18 de marzo de 2013

MÁS SOBRE CHÁVEZ Y EL CHAVISMO


El espectáculo de las honras fúnebres de Chávez no puede proporcionar sino tristeza. Grandilocuencia huera, movilizaciones masivas cargadas de emotividad a flor de piel, ditirambos y esa mezcla de patriotería y religión que tan ajena es siempre a la dignidad y la libertad.
Venezuela es petróleo. Y casi nada más. Esa es su tragedia. No cuenta ni la ciudadanía, ni el país, ni el futuro, sólo cuenta el ser el país con mayores reservas del mundo.
Ya hemos explicado que a diferencia de casi todos los grandes productores, la Venezuela chavista vende el petróleo a tocateja, y además juega en el pool de los grandes productores a subir los precios de forma artificiosa, lo que a los productores les cuesta al día, pero les da ventaja a medio plazo. Falta por decir que a largo plazo, como toda burbuja, ese cálculo se desinfla ya que no es posible mantener así una burbuja artificial demasiado tiempo.
Así, ahora estamos en precios contenidos, imposibilidad material de subirlos más y bajada general del consumo, excepto en China y La India, que no son productores. Ahora no es posible manipular nuevas subidas, y en principio todo indica que por mucho tiempo.
El chavismo ha intentado abrir alguna otra compuerta, como la del oro y otros sectores de la minería, pero con un coste social alto porque eso le ha exigido un control muy estricto, y desde luego militarizado, de las regiones productoras. El asesinato nunca aclarado de destacados dirigentes indígenas que se oponían al desplazamiento de sus pueblos para explotar esas tierras en beneficio de la minería ha sido uno de los puntos oscuros del chavismo.
No hay más. Y además Chávez combinó la venta directa y a tocateja de petróleo, con concesiones a los grandes monopolios de la extracción de contratos a treinta y cuarenta años, que embargan el futuro y significan una cuerda al cuello de Venezuela, porque los Estados detrás de esas concesionarias no permitirán mañana una nacionalización no compensada a su buen entender. Claro que los chavistas se podrían atrever con Repsol porque la situación española es muy débil, pero no parece que se pudieran enfrentar a las británicas y norteamericanas. Al fin y al cabo el principal cliente del petróleo de Venezuela es precisamente los EEUU.
Es una situación sin solución, ya que la economía no ha organizado salidas y al ser un régimen excesivamente dominado por militares, ha consumido también una buena parte de su presupuesto en gasto militar. Este gasto se ha visto enormemente incrementado, supuestamente para defender la patria, pero habría que pensar que, sobre todo, para tener un acertado control y una buena predisposición hacia la cúpula, por parte de los numerosos componentes de las fuerzas armadas.
Chávez era un militar, y un militar golpista, que supo, luego del fracaso de su pronunciamiento, adaptarse a las normas electorales vigentes, pero no con el mismo rigor a las democráticas. Sabía bien que la participación real en la vida política en Venezuela ha sido tradicionalmente cosa exclusiva de las clases altas dominantes. Jugó una baza poderosa, consiguió llevar a las capas marginales hasta las urnas y con eso ganar elecciones y hasta cambiar la Constitución, pero esas masas no parecen estar verdaderamente politizadas, no parecen tener criterios políticos firmes, heredados de tradiciones de lucha política obrera y campesina, si no criterios más bien cercanos a cierta demagogia de reciente cuño. Con este sector de la  ciudadanía es difícil llegar más allá de a donde se ha llegado: ganar elecciones y crear un ambiente poco ordenado y cívico, con una violencia callejera imposible de soportar demasiado tiempo. Hay demasiadas armas en la calle en manos de gentes a las que no se les podrá contener ni organizar y que hace ya tiempo que campan por cuenta propia enfundados en una supuesta estructura revolucionaria chavista.
Siempre se ha dicho que es fácil militarizar a los civiles, pero casi imposible civilizar a los militares. Un militar es siempre y ante todo un militar, no encaja en su mentalidad la vida civil, las normas de respeto y convivencia democráticas, le resulta difícil comprender que las decisiones del gobierno no sean de obligado cumplimiento por la ciudadanía. Hay incluso militares honrados y dignos que hasta mueren en defensa de la democracia, pero salvo ciertas excepciones dignas del mayor elogio, difícilmente serán realmente demócratas. Como dijo un antiguo etarra reconvertido en diputado democrático “No se puede ser demócrata con una pistola en el bolsillo”. Se puede luchar contra la dictadura con armas, pero raramente esos que llevan esa lucha pretenden sustituir la dictadura por una democracia sino por otro estado autoritario, aunque también es cierto que Latinoamérica en los años 70 y 80, la España de la República y Portugal, nos ha dado muy extraordinarias excepciones, si bien por desgracia esos revolucionarios que lucharon contra regímenes dictatoriales con las armas, cuando pudieron integrarse en la vida civil, fueron casi siempre masacrados por fuerzas oscuras del terrorismo de ultraderecha.
Ese será el segundo problema irresoluble de Venezuela. La economía no puede funcionar a medio plazo, y el desorden ciudadano acabará favoreciendo sólo a la derecha más reaccionaria y a fuerzas militares que se podrán escudar en el chavismo, pero que acabarán sirviendo a la derecha más brutal.
En tiempos de la Revolución Francesa y los prolegómenos de la independencia de las colonias americanas, el gran marino y político Alejandro Malaspina, uno de los teóricos que más hizo por su independencia, había escrito: “Desgraciado del que intenta hacer de la plebe filósofos, no hará más que fanáticos”.

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