El espectáculo de las honras
fúnebres de Chávez no puede proporcionar sino tristeza. Grandilocuencia huera,
movilizaciones masivas cargadas de emotividad a flor de piel, ditirambos y esa
mezcla de patriotería y religión que tan ajena es siempre a la dignidad y la
libertad.
Venezuela es petróleo. Y casi nada
más. Esa es su tragedia. No cuenta ni la ciudadanía, ni el país, ni el futuro,
sólo cuenta el ser el país con mayores reservas del mundo.
Ya hemos explicado que a diferencia
de casi todos los grandes productores, la Venezuela chavista vende el petróleo a tocateja,
y además juega en el pool de los grandes productores a subir los precios de
forma artificiosa, lo que a los productores les cuesta al día, pero les da
ventaja a medio plazo. Falta por decir que a largo plazo, como toda burbuja,
ese cálculo se desinfla ya que no es posible mantener así una burbuja
artificial demasiado tiempo.
Así, ahora estamos en precios
contenidos, imposibilidad material de subirlos más y bajada general del
consumo, excepto en China y La
India, que no son productores. Ahora no es posible manipular
nuevas subidas, y en principio todo indica que por mucho tiempo.
El chavismo ha intentado abrir
alguna otra compuerta, como la del oro y otros sectores de la minería, pero con
un coste social alto porque eso le ha exigido un control muy estricto, y desde
luego militarizado, de las regiones productoras. El asesinato nunca aclarado de
destacados dirigentes indígenas que se oponían al desplazamiento de sus pueblos
para explotar esas tierras en beneficio de la minería ha sido uno de los puntos
oscuros del chavismo.
No hay más. Y además Chávez combinó
la venta directa y a tocateja de petróleo, con concesiones a los grandes
monopolios de la extracción de contratos a treinta y cuarenta años, que
embargan el futuro y significan una cuerda al cuello de Venezuela, porque los
Estados detrás de esas concesionarias no permitirán mañana una nacionalización
no compensada a su buen entender. Claro que los chavistas se podrían atrever
con Repsol porque la situación española es muy débil, pero no parece que se
pudieran enfrentar a las británicas y norteamericanas. Al fin y al cabo el
principal cliente del petróleo de Venezuela es precisamente los EEUU.
Es una situación sin solución, ya
que la economía no ha organizado salidas y al ser un régimen excesivamente
dominado por militares, ha consumido también una buena parte de su presupuesto
en gasto militar. Este gasto se ha visto enormemente incrementado, supuestamente
para defender la patria, pero habría que pensar que, sobre todo, para tener un
acertado control y una buena predisposición hacia la cúpula, por parte de los
numerosos componentes de las fuerzas armadas.
Chávez era un militar, y un militar
golpista, que supo, luego del fracaso de su pronunciamiento, adaptarse a las
normas electorales vigentes, pero no con el mismo rigor a las democráticas.
Sabía bien que la participación real en la vida política en Venezuela ha sido
tradicionalmente cosa exclusiva de las clases altas dominantes. Jugó una baza
poderosa, consiguió llevar a las capas marginales hasta las urnas y con eso
ganar elecciones y hasta cambiar la Constitución, pero esas masas no parecen estar
verdaderamente politizadas, no parecen tener criterios políticos firmes,
heredados de tradiciones de lucha política obrera y campesina, si no criterios
más bien cercanos a cierta demagogia de reciente cuño. Con este sector de la ciudadanía es difícil llegar más allá de a
donde se ha llegado: ganar elecciones y crear un ambiente poco ordenado y
cívico, con una violencia callejera imposible de soportar demasiado tiempo. Hay
demasiadas armas en la calle en manos de gentes a las que no se les podrá
contener ni organizar y que hace ya tiempo que campan por cuenta propia
enfundados en una supuesta estructura revolucionaria chavista.
Siempre se ha dicho que es fácil
militarizar a los civiles, pero casi imposible civilizar a los militares. Un
militar es siempre y ante todo un militar, no encaja en su mentalidad la vida
civil, las normas de respeto y convivencia democráticas, le resulta difícil
comprender que las decisiones del gobierno no sean de obligado cumplimiento por
la ciudadanía. Hay incluso militares honrados y dignos que hasta mueren en
defensa de la democracia, pero salvo ciertas excepciones dignas del mayor
elogio, difícilmente serán realmente demócratas. Como dijo un antiguo etarra
reconvertido en diputado democrático “No se puede ser demócrata con una pistola
en el bolsillo”. Se puede luchar contra la dictadura con armas, pero raramente
esos que llevan esa lucha pretenden sustituir la dictadura por una democracia
sino por otro estado autoritario, aunque también es cierto que Latinoamérica en
los años 70 y 80, la España
de la República y Portugal, nos ha dado muy extraordinarias excepciones, si
bien por desgracia esos revolucionarios que lucharon contra regímenes
dictatoriales con las armas, cuando pudieron integrarse en la vida civil,
fueron casi siempre masacrados por fuerzas oscuras del terrorismo de
ultraderecha.
Ese será el segundo problema
irresoluble de Venezuela. La economía no puede funcionar a medio plazo, y el
desorden ciudadano acabará favoreciendo sólo a la derecha más reaccionaria y a
fuerzas militares que se podrán escudar en el chavismo, pero que acabarán sirviendo
a la derecha más brutal.
En tiempos de la Revolución Francesa
y los prolegómenos de la independencia de las colonias americanas, el gran marino
y político Alejandro Malaspina, uno de los teóricos que más hizo por su
independencia, había escrito: “Desgraciado del que intenta hacer de la plebe
filósofos, no hará más que fanáticos”.
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