La partida se juega en dos
niveles casi inmiscibles. El primero ese que vemos a diario en televisiones,
prensa, tertulias y en la misma calle, en el que parece discutirse cómo formar
un gobierno entre varios partidos que necesitarían coaligarse de diversas
formas, con unos dirigentes que negocian diversas piezas de ensamble, y que
conformarían diversas minorías dominantes.
Pero el que quizás importe
más es ese otro en el que los que mueven las piezas, y las piezas son en
realidad esos políticos, partidos y combinaciones que hemos citado, deciden los
verdaderos acuerdos, los verdaderos gobiernos, las verdaderas minorías
silenciosas o mayorías estridentes que habrán de gobernar el país los próximos
años. Son poderes que se mueven sin tertulias, teles, muy poca prensa,
poquísima calle, pero grandes despachos y fortísimos aparatos mediáticos,
financieros y hasta coercitivos por la fuerza.
Parecen jugar en otro
planeta, y sus movimientos son difíciles de seguir. De momento han movido una
gran pieza. El pulgar de Aznar señala hacia abajo ante la interpérrita figura
de D. Tancredo vestido de Rajoy. Falta saber cuántos días son precisos para ver
caer el filo agudo de la guillotina política. A su vera esos mismos jugadores
desplazan lenta pero sólidamente la silla en la que tontamente se sienta un tal
Sánchez, a quien pusieron para salir de un apuro, pero no para más altos
vuelos. ¿Cuánto tardará en caer?
Al lado de estos figuras
vemos al pequeño nuevo hombre prudente de la gran derecha avanzar sin prisa,
quizás sepa que aún no es llegada su hora y parece no importarle, sabe a dónde
va y lo hace con prudencia, si no es para ahora será para mañana, es eso que
llamaríamos una sólida promesa de futuro.
Y también a la voz de lo
que tradicionalmente hemos llamado la ciudadanía, el pueblo, los trabajadores y
que ahora tímidamente hemos de llamar con un tonto anglicismo: la gente. Y esa
voz tiene nombres y varias caras, y todas o casi todas también con aire de
futuro pero no de triunfo, lamentablemente.
Desde arriba el objetivo
primero y más importante es quitarse de en medio a estos portavoces de la
llamada gente, o sea de la ciudadanía, del pueblo, de los trabajadores, y para
ello valen todas las armas, sobre todo esas armas mediáticas de las insidias,
las calumnias y el levantar sospechas aunque sean tan poco creíbles que haga
falta un esfuerzo de voluntad y mala fe para que corran de boca en boca.
El segundo objetivo es
formar ese serio, riguroso y eficiente gobierno de la gran coalición formado por
los partidos serios y patrióticos, no por chalados, excéntricos, separatistas y
comunistas. Los dos grandes: PP y PSOE, y su hermano menor Ciudadanos.
¿Y a quien poner a su
frente que sea aceptable aunque lo sea a regañadientes de la ciudadanía pero con
imagen de independiente, sólido en sus conocimientos, ajeno a la polítiquilla
partidaria, y sobre todo bien visto por ellos, o sea uno de ellos?
¿Será de Guindos como
algunos ya insinúan para hacer pandan con la vecina Italia?
Si lo que en otros tableros
de juego ya está decidido, fuera así, habremos de ver las siguientes jugadas:
Caída y desaparición de D. Tancredo, revulsión generalizada en el PP y toma de
las riendas por los caritas buenas de nueva hornada. Pulso a muerte en el PSOE
con la caída y desaparición de D. Simplicio y su sustitución por la muy segura
y eficiente Dª. Susanita ante el pasmo y la incredulidad de las numerosas
mafaldas de base. Fabricación de escándalo morrocotudo sin pruebas ni
argumentos que abra vías de agua incontrolables en Podemos. Desintegración
definitiva de IU o desunida o ya más bien desintegrada.
Y un cuarto de hora antes
del fatídico 2 de mayo, veríamos a los más esforzados patriotas de turno
levantarse contra la invasión no tanto de los franceses sino más bien de nosotros
mismos, aunque el fin último sea nuevamente como hace doscientos años traer
nuevamente al poder al felón Fernando VII, llámese ahora como se le quiera
llamar: FMI, Bruselas, Maastricht, Frankfurt …
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