Podría parecer que el
escándalo de las esteladas en un partido de fútbol lo ha montado el gobierno en
funciones para comenzar la campaña electoral con una buena campanada.
Seguramente es cierto, pero no del todo. Lo que realmente importaba al gobierno
del desastre era desviar la polémica creada por la gravísima situación
económica y conseguir que frente a un tema tan arduo como el de las cifras contables
entretener a los medios y la población dando carnaza sobre cosas
ultrasimplistras como un conflicto
artificial de banderas nacionalistas.
La situación es tan grave
que cualquier cosa les resulta imprescindible para evitar que se hable con
claridad de economía. Superado el 100 % de deuda pública sobre el PIB, y con un
déficit del 5% no hay salida dentro de los parámetros actuales de Bruselas, el
FMI y Frankfurt. Literalmente no hay salida.
A groso modo quieren decir estas
cifras que el Estado debe más en cada momento de lo que produce cada año a
partir de ese momento, y como lo que debe dentro del ejercicio actual equivale
a casi un tercio del total del presupuesto del Estado, y que como es
imprescindible pagar al menos los gastos generales y este año se ha llegado a
fin de ejercicio dejando a deber para el siguiente un 5% de todos los pagos
pendientes, y considerando además que según la reforma del 135 de la
Constitución es prioritario el pago de los vencimientos de la deuda antes que
cualquier otro pago, simplemente no es posible cumplir ni con todos los pagos
de la deuda, ni con los pagos corrientes, ni acabar el año sin deber dinero
extra más allá del presupuestado para pagos dentro del año. Así de sencillo.
Claro que cada vez que
llegan vencimientos de la deuda en vez de pagarse con lo producido se ha de
recurrir a pedir más dinero prestado a los mismos prestamistas, lo que encarece
continuamente los intereses y cómo no hay con qué pagar, los acreedores pueden
dedicarse con toda tranquilidad a retorcernos el pescuezo cada vez más.
El límite es ese cien por
ciento de deuda pública. A partir de ahí simplemente no hay forma de pagar más
que o produciendo mucho más o debiendo mucho menos. Lo segundo ya es tarde para
poder negociar nada y no es aceptado por nuestros buenos amigos de Bruselas y
el FMI, lo primero es imposible con la política a cortísimo plazo que ha
resultado única política económica que se les ha ocurrido hasta la fecha a
nuestros variados gobernantes. Habría una posibilidad extrema: recaudar más,
pero es obvio que sólo se podría cobrándoselo a los poderosos, no a los
trabajadores ni a los pequeños y microempresarios, y eso simplemente no se
plantea. A la larga hay aún otra alternativa, pero a veinte años vista, no para
resolver estas urgencias y que con urgencias no es posible implementar: cambiar
de sistema productivo, ir a nuevos sectores de alta productividad, innovadores,
apoyar la enseñanza, la alta tecnología y la investigación al máximo, reducir
la edad de jubilación, la semana laboral, cobrar menos pero repartir el
trabajo, apoyarse en legislación fiscal rigurosa, reformar las leyes para
perseguir al defraudador y al especulador más que al robagallinas, cambiar
deuda actual por deuda perpetua, y ese largo etcétera que los poderes fácticos
interiores y exteriores no están dispuestos a permitir sin que se paguen
primero las deudas, que evidentemente no se pueden pagar en la situación
actual, y cada año menos. Por eso decimos que no hay salida.
Y el déficit del 5%
representa que en vez de que cada año se pueda reducir este déficit aún
exprimiendo a los servicios sociales hasta el extremo, cada año se mantenga o
incremente. De hecho se ha incrementado por causa de los costes del rescate
bancario aunque nominalmente parezca
reducirse por los drásticos recortes, y sólo se disimulan las cifras reales por
curiosos trucos de prestidigitación llamados ingeniería financiera pactada con
Bruselas. Se excluyen ciertas partidas que no se contabilizan simplemente
porque así se decide entre las partes, a sabiendas de que si se incluyeran como
correspondería en una contabilidad real y honrada se tendría que declarar la
quiebra.
Además hay que tener en
cuenta que el PIB se calcula desde hace unos pocos años incluyendo dos partidas
arbitrarias de dudosa productividad: la prostitución y el tráfico de drogas.
Fue una resolución in extremis del anterior gobierno que contó con el visto
bueno de todo el mundo y el consabido silencio de los corderos. Una hipocresía
para dar un cierto balón de oxígeno a unas cuentas ya a la deriva entonces.
¿Qué nuevo parche buscará
el nuevo gobierno a pactar disimuladamente con Bruselas? Sean los que sean, los
tiempos se acortan cada vez más deprisa y, como bajo un efecto Dopler, el
chirrido se convertirá de pronto en un aullido de máxima frecuencia,
insoportable, desastroso. En ese momento sólo cabe un gobierno autoritario, una
quiebra que arrastraría a toda Europa, o una situación civil insoportable. Es
cosa de poco tiempo, dos o tres años, pero lo que ahora sabemos y el gobierno
pretende ocultar es que a partir de ahora ya no hay marcha atrás. Por eso hacen
falta guerras de banderas, más fútbol, y toneladas de plasma para evitar verse
cara a cara con los ciudadanos, con la dura e inexorable realidad.
Económicamente no hay ya futuro, al menos un futuro con cierto orden y decencia.
Esta crisis es muy larga,
decisiva, como la del pasado siglo, porque es imposible mantener las tasas de
beneficios de los capitales y porque los capitales financieros, especulativos,
corren por el mundo como pollos sin cabeza cargados de dinamita, mientras a los
capitales productivos les resulta inútil el dinero barato de los financieros y
les falta el beneficio, y sin incremento de las tasas de beneficio el
capitalismo no funciona. Recordemos una vez más cuánto duró la crisis del 29.
Comenzó en el 29 y acabó en el 46 con la implementación de los acuerdos de
Bretton Woods, y por el camino se dejó millones de muertos, guerras, fascismos,
y un largo etcétera criminal. Sólo tras eso se resolvió la crisis, a ese altísimo
precio. Ahora nadie quiere decir la verdad y enfrentar la dura realidad actual,
sólo estamos a menos de la mitad del camino de la salida de la crisis, y ya los
síntomas son nefastos en Europa y Norteamérica.
Sólo queda la calle. Pero
la calle no es nada si no se consigue el gobierno, y a su vez el gobierno no
sirve para nada si no se tiene la calle. Calle sin gobierno o gobierno sin
calle sólo dan un resultado: los tanques. Calle y gobierno pueden contener los
tanques, pero siempre que la mecha prenda a la vez en otros puntos de Europa, y
aún así, calle y gobierno, pero sin ir demasiado lejos. Difíciles equilibrios,
improbables.
Y gobierno no quiere ya
decir partido de corte clásico, partido sólido de vanguardia, o sea partido
alejado de la ciudadanía, por el contrario quiere decir movimiento que se
concreta en entente de partidos y movimientos civiles capaces de estar a la
altura de tales circunstancias con suficiente lealtad o al menos sentido de la realidad,
la conveniencia y la oportunidad. Y quiere decir descentralización, poder de
las ciudades y las regiones, poder, en definitiva, de lo pequeño frente a lo
grande, de lo débil frente a lo poderoso, lo débil se dobla pero no se quiebra fácilmente,
lo fuerte se quiebra al no poder doblarse fácilmente.
Y todo esto en tan poco
tiempo, tres o cuatro años para empezar y el doble o poco más para implementar.
Demasiado difícil, probablemente sigamos muchos años con fútbol, banderas y
mucho plasma, y desde luego con sólidas leyes mordaza, sólidas instituciones
europeas y mucha miseria mientras se camina al precipicio internacional.
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