Por fin resulta imposible seguir defendiendo una buena imagen
de la presente jefatura del Estado. En consecuencia aparecen en segundo plano
las figuras a las que se quiere presentar como sensatas, dignas y no inclusas
en la corrupción generalizada: la reina y su hijo.
La operación no parece resultar fácil. La reina tiene una
figura de prudencia y un notable saber pasar. Según se ha contado repetidas
veces, el salvador de la democracia lo hizo en última instancia porque cuando
estaba a punto de apoyar el golpe de Estado del 23F, acordado con ciertos altos
militares muy próximos a él al que inopinadamente se sumaron unos cuantos
gorilas aguafiestas, su consorte le recordó que exactamente eso mismo le costó
el trono y toda su fortuna personal a su hermano cuando los coroneles dieron el
golpe en Grecia hace cuarenta años y al hermano de la reina no se le ocurrió
mejor idea que ponerse detrás de ellos en vez de manifestarse enfrente.
Su objetivo es conseguir que su hijo Felipe consiga la corona
antes de que sea demasiado tarde. Son pasiones de madre perfectamente
comprensibles, pero en esto, como en tantas otras cosas, no cuenta con el menor
entusiasmo, ni de lejos con el más mínimo apoyo, de quien todavía la detenta.
Pero no es la única interesada, incluso es la interesada en
la abdicación del actual jefe del Estado de menor importancia. Todo el arco
político muñidor de la transición de los años 70 y 80, PP y PSOE, y hasta
partidos como CiU, y otras fuerzas muy poderosas y escasamente públicas en sus
declaraciones, ven un claro peligro para la estabilidad y la continuidad, en la
pertinaz y desbordante capacidad del rey para hundir la imagen de la monarquía.
Y es que el coctel de penosas aventuras sentimentales de
típica impronta borbónica, gastos suntuarios, barbaridades de manifiesta
impresentable ética como dedicarse a cacerías de especies en peligro de
extinción pagando por ello además cantidades que representan el salario de
muchos años de un trabajador medio, la estulticia de las salidas de pata de
banco en reuniones internacionales, la manifiesta imprudencia al hacer gala de
una vida ostentosa, junto a los susurrados escándalos de comisiones, cobros
anómalos, dineros públicos utilizados para placeres privados, la ligazón
profunda y estable a déspotas medievales como los grandes jeques del petróleo
árabe, o los más corruptos titulillos aristocráticos de Europa y América,
conforman una situación cada vez más impresentable para la figura del actual
jefe del Estado.
Ya hace años salió a relucir el escándalo de las comisiones
repartidas entre varias personas de su círculo íntimo y él mismo por una venta millonaria
de armas a Arabia Saudí aprovechando la guerra del Golfo. La broma se tapó a
tiempo, antes de que estallara en toda su dimensión, pero a su testaferro Diego
Prado y Colón de Carvajal le costo la huida ignominiosa y su refugio en la
dorada Suiza por el resto de su vida. Gran servicio a la corona, tapar las
vergüenzas del rey siempre ha sido una labor considerada importante y noble, y
además bien remunerada.
¿Es un gran servicio a la patria conseguir que a unas
empresas controladas por grandes empresarios españoles les den un contrato de
miles de millones por hacer un AVE increíble para llevar una vez al año
peregrinos musulmanes entre Medina y La
Meca? ¿Es más bien un buen negocio para unos pocos, muy, muy
pocos y un nicho de gigantescas comisiones para unos menos, exclusivamente para
ellos? Desde los tiempos de González el negocio del AVE siempre ha olido
francamente muy mal.
Y así en tantas otras maniobras oscuras que se presentan como
grandes operaciones financieras y diplomáticas que se dice en los más altos
círculos del poder que requieren de una necesaria prudencia y de la más todavía
necesaria opacidad.
Así que la situación va resultando cada día más compleja, más
arriesgada, y sobre todo más inútil. Prácticamente nadie defiende la monarquía
en sí, excepto la reina y su hijo, claro que por razones demasiado interesadas.
La derecha y el socialismo reformado y conformado del PSOE, defienden la
estabilidad y temen a la República porque en España la República es sinónimo de
profundas reformas sociales, éticas, cívicas, educativas, culturales. Además la
República es la única forma de enfrentarse democráticamente al tema hiriente de
la estructura del Estado y la autonomía real y sólida de las nacionalidades
históricas. La República en España es federal y social, o no es, y a eso le
tienen demasiado miedo los grandes partidos, poco amigos ni de lo realmente
federal, ni mucho menos de profundos y radicales ajustes políticosociales.
Todos quisieran ver abdicar a un rey ya poco presentable, a
un personaje al que todos los poderes fácticos consideran amortizado, y por
tanto con fecha de caducidad o cumplida o próxima a cumplirse, sólo les falta convencerle
a él mismo, ya que al ser una auténtica monarquía no hay más método para
quitarle de en medio que, o su voluntaria abdicación, o su eliminación
material.
Pero este señor tiene otra preocupación añadida. Según reza la Constitución del 78
en su artículo 56 “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a
responsabilidad”. Lo que se traduce en que la Constitución
establece que el rey no puede ser llevado a los tribunales de justicia haga lo
que haga, y ¡hay que ver lo que ha hecho, que en otras personas estaría ya en
los tribunales!
Si abdica deja automáticamente de ser inviolable y pasa a
estar sujeto a las leyes penales ordinarias, como lo está ahora su protegido
yerno y estará pronto probablemente su propia hija, y como lo estuvo hace unos
meses por un tema casi anodino, -utilizar armas sin el debido permiso y
dárselas a usar a un menor- el exmarido de su otra hija.
En todo caso no parece querer arriesgarse lo más mínimo y ha
declarado que no piensa abdicar de ninguna de las maneras. Y que su supuesto
heredero aprenda a seguir esperando lo que él como monarca tenga a bien
decidir.
Y las presiones son cada vez mayores, aunque no sea fácil
saber de donde vienen con mayor fuerza, y sobre todo, con mayor capacidad de
acción real.
Seguimos sin saber a ciencia cierta quienes mandan e incluso
gobiernan en España, pero alguien parece tener claro que esos poderes fácticos
no están dispuestos a admitir bromas. Si el rey no quiere abdicar y para esos
poderes esto es ya una exigencia improrrogable, se le da un aviso. Explota un depósito
de bombonas de oxígeno en el hospital en el que se encuentra recuperándose de
su enésima operación, sin muertos ni heridos, pero con gran alharaca, humo,
miedo, desalojos, etc., haciendo notar que la mano de los poderes fácticos, reales,
están tan cerca del rey como quieran.
Nos acercamos a la abdicación, y eso quizás nos parece
acercar también a la República. O
al caos, que son demasiados los que lo prefieren a la República, y además son
aguas donde los pescadores en aguas revueltas sacan más provecho.
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