martes, 12 de marzo de 2013

LAS REGLAS DEL JUEGO


Por fin resulta imposible seguir defendiendo una buena imagen de la presente jefatura del Estado. En consecuencia aparecen en segundo plano las figuras a las que se quiere presentar como sensatas, dignas y no inclusas en la corrupción generalizada: la reina y su hijo.
La operación no parece resultar fácil. La reina tiene una figura de prudencia y un notable saber pasar. Según se ha contado repetidas veces, el salvador de la democracia lo hizo en última instancia porque cuando estaba a punto de apoyar el golpe de Estado del 23F, acordado con ciertos altos militares muy próximos a él al que inopinadamente se sumaron unos cuantos gorilas aguafiestas, su consorte le recordó que exactamente eso mismo le costó el trono y toda su fortuna personal a su hermano cuando los coroneles dieron el golpe en Grecia hace cuarenta años y al hermano de la reina no se le ocurrió mejor idea que ponerse detrás de ellos en vez de manifestarse enfrente.
Su objetivo es conseguir que su hijo Felipe consiga la corona antes de que sea demasiado tarde. Son pasiones de madre perfectamente comprensibles, pero en esto, como en tantas otras cosas, no cuenta con el menor entusiasmo, ni de lejos con el más mínimo apoyo, de quien todavía la detenta.
Pero no es la única interesada, incluso es la interesada en la abdicación del actual jefe del Estado de menor importancia. Todo el arco político muñidor de la transición de los años 70 y 80, PP y PSOE, y hasta partidos como CiU, y otras fuerzas muy poderosas y escasamente públicas en sus declaraciones, ven un claro peligro para la estabilidad y la continuidad, en la pertinaz y desbordante capacidad del rey para hundir la imagen de la monarquía.
Y es que el coctel de penosas aventuras sentimentales de típica impronta borbónica, gastos suntuarios, barbaridades de manifiesta impresentable ética como dedicarse a cacerías de especies en peligro de extinción pagando por ello además cantidades que representan el salario de muchos años de un trabajador medio, la estulticia de las salidas de pata de banco en reuniones internacionales, la manifiesta imprudencia al hacer gala de una vida ostentosa, junto a los susurrados escándalos de comisiones, cobros anómalos, dineros públicos utilizados para placeres privados, la ligazón profunda y estable a déspotas medievales como los grandes jeques del petróleo árabe, o los más corruptos titulillos aristocráticos de Europa y América, conforman una situación cada vez más impresentable para la figura del actual jefe del Estado.
Ya hace años salió a relucir el escándalo de las comisiones repartidas entre varias personas de su círculo íntimo y él mismo por una venta millonaria de armas a Arabia Saudí aprovechando la guerra del Golfo. La broma se tapó a tiempo, antes de que estallara en toda su dimensión, pero a su testaferro Diego Prado y Colón de Carvajal le costo la huida ignominiosa y su refugio en la dorada Suiza por el resto de su vida. Gran servicio a la corona, tapar las vergüenzas del rey siempre ha sido una labor considerada importante y noble, y además bien remunerada.
¿Es un gran servicio a la patria conseguir que a unas empresas controladas por grandes empresarios españoles les den un contrato de miles de millones por hacer un AVE increíble para llevar una vez al año peregrinos musulmanes entre Medina y La Meca? ¿Es más bien un buen negocio para unos pocos, muy, muy pocos y un nicho de gigantescas comisiones para unos menos, exclusivamente para ellos? Desde los tiempos de González el negocio del AVE siempre ha olido francamente muy mal.
Y así en tantas otras maniobras oscuras que se presentan como grandes operaciones financieras y diplomáticas que se dice en los más altos círculos del poder que requieren de una necesaria prudencia y de la más todavía necesaria opacidad.
Así que la situación va resultando cada día más compleja, más arriesgada, y sobre todo más inútil. Prácticamente nadie defiende la monarquía en sí, excepto la reina y su hijo, claro que por razones demasiado interesadas. La derecha y el socialismo reformado y conformado del PSOE, defienden la estabilidad y temen a la República porque en España la República es sinónimo de profundas reformas sociales, éticas, cívicas, educativas, culturales. Además la República es la única forma de enfrentarse democráticamente al tema hiriente de la estructura del Estado y la autonomía real y sólida de las nacionalidades históricas. La República en España es federal y social, o no es, y a eso le tienen demasiado miedo los grandes partidos, poco amigos ni de lo realmente federal, ni mucho menos de profundos y radicales ajustes políticosociales.
Todos quisieran ver abdicar a un rey ya poco presentable, a un personaje al que todos los poderes fácticos consideran amortizado, y por tanto con fecha de caducidad o cumplida o próxima a cumplirse, sólo les falta convencerle a él mismo, ya que al ser una auténtica monarquía no hay más método para quitarle de en medio que, o su voluntaria abdicación, o su eliminación material.
Pero este señor tiene otra preocupación añadida. Según reza la Constitución del 78 en su artículo 56 “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Lo que se traduce en que la Constitución establece que el rey no puede ser llevado a los tribunales de justicia haga lo que haga, y ¡hay que ver lo que ha hecho, que en otras personas estaría ya en los tribunales!
Si abdica deja automáticamente de ser inviolable y pasa a estar sujeto a las leyes penales ordinarias, como lo está ahora su protegido yerno y estará pronto probablemente su propia hija, y como lo estuvo hace unos meses por un tema casi anodino, -utilizar armas sin el debido permiso y dárselas a usar a un menor- el exmarido de su otra hija.
En todo caso no parece querer arriesgarse lo más mínimo y ha declarado que no piensa abdicar de ninguna de las maneras. Y que su supuesto heredero aprenda a seguir esperando lo que él como monarca tenga a bien decidir.
Y las presiones son cada vez mayores, aunque no sea fácil saber de donde vienen con mayor fuerza, y sobre todo, con mayor capacidad de acción real.
Seguimos sin saber a ciencia cierta quienes mandan e incluso gobiernan en España, pero alguien parece tener claro que esos poderes fácticos no están dispuestos a admitir bromas. Si el rey no quiere abdicar y para esos poderes esto es ya una exigencia improrrogable, se le da un aviso. Explota un depósito de bombonas de oxígeno en el hospital en el que se encuentra recuperándose de su enésima operación, sin muertos ni heridos, pero con gran alharaca, humo, miedo, desalojos, etc., haciendo notar que la mano de los poderes fácticos, reales, están tan cerca del rey como quieran.
Nos acercamos a la abdicación, y eso quizás nos parece acercar también a la República. O al caos, que son demasiados los que lo prefieren a la República, y además son aguas donde los pescadores en aguas revueltas sacan más provecho.

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