En la gran comedia política en la que el PP y el PSOE se han metido como grandes estrellas, hay algo de cartón piedra que no deja de llamar la atención incluso al más despistado de los espectadores.
Sin embargo poco importa que se vea el montaje y el cartón piedra. Primero porque los espectadores no podemos elegir entre ver esta función o ver otra cualquiera. Es función única de entrada obligatoria. Segundo porque es preciso reconocer que los actores son buenos, son muy profesionales, y son incluso capaces de convencer de que no están representando ninguna obra sino que ese espectáculo es la realidad misma. Tercero, porque la cultura política y social de una gran masa de espectadores es de enorme simpleza. Durante años se ha ido procurando infantilizar a la población y efectivamente ahora hay demasiados incautos que creen a pies juntillas que si sale en la tele es porque debe ser verdad. Son esos que cuando dan una supuesta información y les pregunta alguien, extrañado y crítico, que de donde la han sacado, le dicen convencidos “No se, lo “han” dicho por la tele”. Palabra de fe.
Ahora que estamos en pleno periodo de continuas elecciones porque el guionista ha considerado que conviene darle un poco de emoción a la peli, se echan en cara unos a otros que las cuentas que mantienen en tal o cual Comunidad o ayuntamiento están falseadas.
Curioso, ya que ambos actores saben perfectamente que todas las cuentas públicas están ingeniosamente falseadas.
O mejor dicho, manipuladas. Los números pueden ser más o menos reales, su ubicación en el Plan Contable más o menos adecuada, pero su valor como reflejo de la realidad financiera y económica es nulo.
Igual hacen los bancos, las promotoras inmobiliarias, las cajas y los especuladores financieros, pero ese secreto a voces cuesta mucho de ser desvelado ya que nadie tiene verdadero acceso independiente a esas contabilidades.
Y nadie crea que se han roto demasiado la cabeza para crear estos artificios: simplemente, en el caso de las administraciones públicas, se limitan a no pagar facturas no perentorias durante meses e incluso años, más aún, ni siquiera contabilizan en demasiadas ocasiones la factura del sufrido proveedor. Así llegan siempre o casi siempre a fin de año, que es el cierre de ejercicio, con una caja bien llena de dinerito. Al margen, tienen tal o cual déficit, tal o cual saldo negativo, pero pueden presentarse ante los interventores y el inocente público diciendo esa simpleza de que “les sobra dinero”.
A partir del 1 de enero comienzan a pagar facturas del año anterior y a no pagar las del año en curso. Incluso algunas del pasado las dejan nuevamente sin pagar. Ajustan ingresos y pagos sin considerar los insoportables impagos que hunden a los proveedores, y estos se encuentran en la disyuntiva de pelearse con tal o cual ayuntamiento o Comunidad y no volver a ser llamados jamás para ningún trabajo ni cobrar posiblemente nunca, o aceptar el peloteo de sus facturas indefinidamente. Es bastante simple, incluso está prohibido explícitamente por la ley, pero eso les parece a nuestros altos dirigentes algo de muy escasa importancia.
Ahora los del PP le echan en cara a los del PSOE haber hecho eso en Castilla La Mancha, y los del PSOE consideran que es mejor no responderles que es exactamente lo mismo que hacen los otros. Se llama un órdago. Los del PP parecen haber tenido más vista y haber hecho el envite pensando, como así ha sido, que los del PSOE no se atreverían a mantenerlo. Uno a cero.
Y lo de los bancos y otros criminales es peor, tienen en sus balances unos terrenos y unos apartamentos escriturados en unos valores de cuando se hipotecaron en el tiempo de las vacas gordas, pero todos sabemos que no valen ni la mitad de esos valores contables. Se hacen las pruebas de esfuerzo de la Eurozona, y claro está que los balances dicen que no están en quiebra, que sus activos pueden soportar aún mucha más caída del Producto Interior Bruto y mucho más aumento del paro, pero todo es un cuento impresentable, un truco de trileros que oculta que esos balances son ilusorios y que si mañana un número muy alto de depositarios retirasen sus depósitos, o si alguien se atreviese a romper la cadena de engaños, el tinglado se vendría abajo en pocos días. El corralito está a la vuelta de la esquina, si no, resultará en poco tiempo imposible mantener la farsa, al menos la de los bancos, que son sagrados y merecen todo nuestro –nuestro- apoyo si queremos que no pase nada.
¿Y por qué íbamos a querer indefinidamente que no pase nada? Algún día habrá demasiados espectadores que cuando vean asombrados en el escenario el castillo de Kingslor y le den con los nudillos a sus pétreas murallas, comprobarán que la mano se hunde en el burdo cartón piedra, y entonces enfurecidos por el engaño, exijan que les devuelvan el dinero, olvidando que la entrada no sólo era gratuita sino incluso obligatoria. Notable frustración.
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