Sigue el debate público sobre los recortes en sanidad y educación, procurando eludir en todo momento el núcleo de la cuestión. Parece como que los recortes que se considerasen imprescindibles para salir de la crisis consistiesen en ver cómo abaratar la sanidad pública y la educación pública, y por tanto, considerar ese abaratamiento como inexorablemente inevitable.
En realidad si todo se resolviera yendo a por lo más barato, estaríamos discutiendo una cuestión banal. Nadie compra lo más barato, sino lo que se ajusta mejor a su particular bolsillo en la relación entre calidad y precio. La ciudadanía no debemos permitir que desde el poder se pretenda imponer a la sociedad la sanidad o la educación pública más barata posible, salvo que se acepte que quienes detentan ahora el poder político tengan el plan de eliminarlas.
El problema en la educación se discute sobre los sueldos y horarios de los profesores de primaria y secundaria, que aunque son la inmensa mayoría del mundo de la enseñanza no son en sentido estricto el mayor gasto en educación. Lo realmente caro es una buena universidad, con investigación de vanguardia, con decenas de miles de profesionales nuevos cada año, con centros de investigación, hospitales, contratos con empresas de tecnología avanzada, miles de profesionales manteniendo esas complejas estructuras, edificios, materiales, maquinaria, y servicios, eso es el coste más importante, aunque los institutos de secundaria sean la base imprescindible para mantener cierto prudente nivel. El actual gobierno tuvo la astucia de separar artificialmente la investigación de la educación, manteniendo una posición mercantilista en la que se debía suponer que la investigación era cosa fundamentalmente de la empresa privada, cuando es absolutamente imposible separar la investigación de la universidad.
Por otra parte el problema del coste de la sanidad pública se discute sobre el número de camas y de quirófanos abiertos y los salarios de los profesionales.
Todo eso esconde realidades que se pretende que no entren en la polémica.
Si bien la enseñanza media y universitaria españolas son menos que mediocres, no es menos cierto que la investigación y las tecnologías son de una calidad notable. En algunos aspectos son de primera fila, en otros son las mismas que en el resto de la Europa de nuestro entorno, y en otras son inferiores, pero nunca excesivamente inferiores. Cierto que los ámbitos en los que son de primera fila son pocos, pero la media es la misma de nuestro entorno europeo.
Lo que no da la talla es el tipo de empresarios que las pudieran utilizar. Salvo muy dignas excepciones la clase empresarial es mezquina, estrecha y enormemente miope en cuanto a la búsqueda de desarrollo a medio y largo plazo. Son empresarios para los que, en general, lo que no sea ganar dinero hoy mismo carece del mínimo interés. Es razonable que prefieran comprar lo que inventan o fabrican otros que pagar ellos investigación y tecnología avanzada, pero han de saber que con hacer siempre eso, lo único que consiguen a la larga es quedarse atrás mientras otros avanzan. Esos empresarios se niegan a darle valor añadido a lo que producen, sino que se limitan a ser simples intermediarios de lo que realmente producen otros fuera.
El ejemplo típico es el de la fabricación de automóviles. Se dice con cierta soltura que en España se producen tantos miles de coches al año, y se miente con ello. En España se montan esos miles de coches que vienen ya fabricados en piezas de otros países y se montan aquí por ser el país de mejor mano de obra al peor salario posible. Sólo por eso hay en España tantas plantas de montaje, que no de fabricación.
Y el ejemplo contrario es el de las energías alternativas, campo en el que los ingenieros y científicos que trabajan para las fábricas españolas consiguen continuamente pequeñas mejoras que provocan enorme valor añadido a los productos que en ellas se fabrican.
Igualmente en la sanidad, lo importante económicamente no es el coste de los salarios de médicos, enfermeros asistentes, etc., sino la afortunada conjunción de formación de profesionales y alta tecnología.
Si es bien cierto que la sanidad pública española es francamente buena, lo es no por aspectos comerciales, sino porque los profesionales están bien formados en todos lo niveles, y porque la tecnología, es decir, la maquinaria y farmacopea con la que se cuenta, es de primera fila.
Nadie duda de que no hay tratamiento que pueda darse en España en la sanidad pública contra cualquier enfermedad, que sea inferior al que pueda darse en cualquiera de los países considerados más avanzados en el mundo, tanto en el trato, por cierto mucho más humano en España que en otros países considerados muy avanzados, como en el tratamiento y la técnica a utilizar.
Luego, pretender ahorrar en el sueldo de los médicos, sanitarios, asistentes, etc., es ridículo cuando lo que realmente es costoso es mantener ese importante panel de maquinaria, hospitales y en la complejísima formación clínica de profesionales.
Más aún, reducir el número de profesionales, reducir sus sueldos, no precisamente notoriamente altos, y reducir las camas, es tirar a la basura ese inmenso capital en maquinaria médica, centros avanzados, profesionales bien formados, y tecnología punta de que están actualmente dotados nuestros centros de salud. Si se reduce el número de profesionales, se reducen las camas hospitalarias y los quirófanos se conseguirá tener una tecnología y unos profesionales excelentes subutilizados, desperdiciados, lo que evidentemente resulta a la larga mucho más caro que utilizarlos adecuadamente.
¿Qué se pretende entonces al querer cargarse precisamente a los profesionales ignorando dónde está el verdadero meollo de la cuestión?
Probablemente haya que aparcar el hecho de tener un número excesivo de políticos y gestores públicos verdaderamente estúpidos, y pensar que los pocos que no lo son, saben muy bien lo que hacen y pretenden.
Quizás pretenden precisamente que se evalúe la sanidad y la educación como una cuestión puramente mercantil, como un problema de costes a palo seco, no de calidad en relación con su coste, no de su necesaria rentabilidad dada la buena formación y la buena tecnología con la que ya se cuenta. Quizás pretenden convencer a la sociedad de que eso de lo público es siempre muy malo y lo privado es maravilloso, como siempre, como pasaba con Franco.
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