En estos tiempos ha sido preciso para millones de ciudadanos aprender al menos fundamentos y elementos de economía. En muy poco tiempo nos han inundado de términos hasta ahora poco conocidos por la ciudadanía, y desde luego por la inmensa mayoría de los políticos.
Con ese ropaje es más fácil esconder realidades que descubrirlas. Así, políticos y banqueros afirman sin movérseles ni una ceja, que con el despido libre descenderá el paro. Es obvio que nadie que no sea un cínico puede decir semejante tontería, pero lo dicen, y afirman con aires de profunda convicción que esa es la única e imprescindible solución para poner fin al paro.
Afirman también los políticos de los grandes partidos gobernantes, que dando dinero a los banqueros estos procederán inmediatamente a prestárselo a los empresarios que se lo pidan y que así volverá a funcionar a fondo la economía productiva. Es obvio que lo último que se le puede ocurrir a un banquero es prestar dinero a una empresa que no vende nada, que no produce, que debe cantidades inmensas de dinero y que carece de gestión alguna de futuro. La conclusión parece obvia: se les da el dinero a los bancos para que simplemente no les corten el grifo a los grandes partidos políticos en sus próximas campañas electorales.
Cierto que se puede afirmar, sin que tampoco se les mueva ni una ceja ni les entre la risa tonta, que ese dinero que se les va a dar es en forma de préstamos, y que los bancos lo devolverán un día –incierto- con sus correspondientes intereses. ¿Con qué garantías? ¿Cómo piensan exigir la devolución y hasta los intereses? ¿Veremos al fin cómo los gobiernos del PP, del PSOE, o de CiU, envían a la guardia civil y a los moços de escuadra a embargar las propiedades de los bancos y de los banqueros, cunado estos incumplan –lo que es inexorablemente cierto que ocurrirá- los compromisos de devolución? ¿Existen incluso esos tales compromisos, o todo se resuelve en un sencillo apretón de manos como en tiempos de gentes honradas?
Y otra vulgar manipulación: La empresa privada es más barata y eficiente que la pública. Todos sus entusiastas defensores lo afirman sin ofrecer ninguna prueba ni ningún estudio concreto que lo pueda justificar. Más aún, sabemos perfectamente que privatizar encarece y es menos eficiente.
Es evidente que mientras la empresa pública tiene como objetivo dar el mayor apoyo social a la ciudadanía, la privada tiene como objetivo el máximo beneficio para sus propietarios. La conclusión es también obvia: la empresa privatizada eliminará todo lo que no proporcione a sus dueños el máximo beneficio, todo lo que la ciudadanía precisa de forma no continua e intensa, todos esos servicios que son precisamente los que permiten hacer sobrevivir a quienes tienen problemas y se encuentran en riesgo de exclusión o marginación: enfermos crónicos, ancianos, niños con dificultades de adaptación e integración social, gentes con problemas de movilidad, etc. ¿Qué dará más beneficios al propietario, hacer transportes públicos accesibles, o que los que van en silla de ruedas cojan un taxi si pueden o se queden en sus casas? ¿Qué es más rentable para los propietarios, que se organicen clases de refuerzo para niños emigrantes de otras lenguas o que se queden sin estudiar y sin integrarse? ¿Qué es más rentable para el propietario de trenes o servicios de bus, revisar los frenos y la dirección continuamente o mantener un seguro y revisarlos sólo de vez en cuando?
En realidad el problema en discusión es muy otro: ¿Cómo enfrentarnos al poder de los bancos, los agiotistas internacionales y los grandes conglomerados empresariales?
De los banqueros sabemos algo importante: nadie puede llegar a ser presidente de un gran banco si no está dispuesto sin pestañear a asesinar a su padre y meter a su madre en un prostíbulo, dado que si dudase un solo instante ante tales circunstancias, hay a su lado veinte buenos colegas que no dudarán en hacer tales cosas y desplazar inmediatamente a un estúpido presidente tan lleno de dudas inaceptables que no hacen más que poner en peligro la solvencia de la empresa.
De los agiotistas internacionales sabemos que se esconden detrás de grandes complejos societarios que no pueden ser investigados por nadie, que manejan las finanzas del mundo con decisiones tomadas sin más consideración que apropiarse del dinero de los demás a cualquier precio, y que cuando compran o venden por esas cantidades incalculables de euros o dólares que aparecen en la prensa, en realidad no sólo no tienen ese dinero, sino que se ríen mucho de que alguien se crea que lo tienen. Es puro aire, humo, son papeles donde pone tantos y tantos miles de millones, pero nada de valor hay realmente detrás de esos papeles. Por absurdo que pueda parecer.
De los grandes grupos empresariales internacionales sabemos que su mirada de futuro abarca en el mejor de los casos a unas semanas o hasta unos pocos meses, que destruyen el planeta, hunden en la miseria a millones de trabajadores de países de enorme pobreza y arruinan a los desarrollados. Más allá lo ignoran todo.
Eso es lo que hay, de eso tendríamos que estar hablando, y de cómo esos grupos y gentes compran partidos, sindicatos, asociaciones cívicas, y oenegés.
La conclusión es clara: sólo desde fuera de esas estructuras se podrá comenzar la larga tarea de organizase contra esos poderes. Y sabiendo que en esa ceremonia de la confusión, esos mismos grupos de poder se alegrarán mucho de ver surgir supuestamente de forma espontánea, organizaciones fascistas que en su tradicional demagogia les insulten a ellos demasiado estruendosamente para que sea más difícil este esfuerzo popular y social.
La conclusión es todavía más clara: el camino es muy largo, quedan muchos años de crisis por delante, dado que por ahora nadie se enfrenta realmente a ella y a sus causas y causantes, y cuando dentro de quince o veinte años toda esta guerra se acabe, nadie sabe hoy cómo será el mundo que habrá de surgir.
Por eso es preciso levantar la voz sin pensar en el futuro, pensando sólo en que lo más importante es que nunca falten voces indignadas levantándose contra esta insostenible situación.
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