domingo, 26 de febrero de 2012

¿QUIÉN ESTÁ DETRÁS DEL CASO URDANGARÍN?


Una gran cantidad de ciudadanos nos alegramos de ver cómo al fin los escándalos de corrupción alcanzan a la cúspide del Estado. Ya que el propio rey no puede ser inculpado de ningún delito, según mandato constitucional, pese a la manifiesta falsedad de la afirmación del presidente del Consejo Supremo del Poder Judicial que se atrevió hace pocos días a declarar solemnemente que en España todos somos iguales ante la ley sabiendo que faltaba de forma grosera a la verdad, al menos en un caso, tendremos al menos la satisfacción de ver como las acusaciones le van rozando peligrosamente en la forma de una hija, presunta, por ahora, encubridora de corruptelas de millones de euros, si no autora ella misma.
Diversos escándalos económicas, como aquel en que se encontraba incluso el diplomático Prado y Colón de Carvajal, junto a un curioso príncipe georgiano y varios personajes más de la noche mallorquina, que alcanzaban demasiado de cerca la  economía privada del propio rey, y hacían referencia a cantidades verdaderamente tremendas y aprovechando turbios negocios de ventas de armas alrededor de la 1ª Guerra de Irak, hubieron de quedarse en las mesas de las redacciones de la prensa por imperativo constitucional. Misterios de la democracia española.
Ahora salta un caso que afecta al yerno del rey gravemente. Desde todos los medios se corea con cierto entusiasmo un supuesto triunfo ciudadano: en medio de la denuncia de corrupción generalizada que inunda la política y la economía española, todas las miradas se vuelven a un supuesto caso paradigmático: si se condena a tan alto personaje parecerá que se empieza a hacer justicia en este país. Buena estrategia ¿Quién la habrá articulado? ¿Para qué fin?
Sin duda hay un elemento casual que se corresponde con el hecho de que el caso resultaba inevitable tras las investigaciones de un juez local de primera instancia que le cayó en reparto una importante investigación sobre las corruptelas del presidente del gobierno balear, pero más allá de eso podría pensarse que de esa carnaza pretenden comer muchos.
Nadie duda de que al rey le están confeccionando, desde hace un par de años al menos, el pijama de madera que le habrá de corresponder un día, ahora sí, como a todo ciudadano. Nadie duda tampoco de la habilidad de perro callejero que sabe hacerse simpático con posibles bienhechores, la astucia zorruna de quien nació con muchos don y pocos din y ha llegado a lo más alto que podía soñar, la curiosa capacidad para hacerse imprescindible y, desde luego, la oscura carambola del 23 F, que parece más bien deberse a una acertada tacada de su señora, escaldada en la piel de su buena familia griega hundida tras apoyar un golpe de estado en su país de origen.
Todo eso conforma una imagen popular diametralmente opuesta a la de su hijo, chico pijo y estirado, con una señora verdaderamente antipática con lustre de oportunismo barato, individuo al que hacen más célebre las revistas rosas con sus sucesivos y muy borbónicos líos de novias y amistades que de estudios, propuestas de interés cívico, científico, cultural o simplemente humanas, y que además no resalta ni por agudeza, ni por inteligencia, ni por curiosidad intelectual.
Es el heredero. La monarquía no ha sido desde hace casi dos siglos de especial interés para las derechas nacionales, han sido siempre oportunistas de tal o cual figura con posibilidad de hacerse con el trono porque en España la República o es de izquierdas, social, progresista y laica, o simplemente no es. No tienen pues más remedio las derechas que o ser monárquicas de fulano o mengano, o ser fascistas de Franco o corporativistas de Primo. Eligieron estos últimos años, en ésta última experiencia democráticamente, al nieto del último rey al que nadie en toda España defendió tras cuarenta años de mandato miserable, y ahora no saben bien que hacer cuando les falte este hombre tan oportuno.
Saben bien que el hijo no podrá nunca ser una solución tan segura como ha sido el padre. Saben que con él las meteduras de pata están garantizadas y que son muy peligrosas desde el punto de vista de los intereses de la derecha.
Quizás alguien ha pensado despacio, y se ha dicho que a lo mejor es preferible bajar de tono la autoridad de la corona, hacerla más marginal y quitarle su posible capacidad de desestabilización cuando esté en manos del heredero.
De esta manera el caso Urdangarín que desprestigia notablemente a la casa real y que debilita más notablemente aún a su segunda generación, puede volverse una hábil arma en manos de la defensa de la estabilidad. Quizás alguien ha pensado que esta carnaza obliga a colocar en lugar menos visible en tiempos de crisis a una ya tan debilitada casa real, y que a la larga, si ésta acaba cayendo en medio de una presión social cada día más fuerte, será menos escandalosa su caída y en todo caso ellos mismos, las derechas de toda la vida, pueden montar una monarquía sin corona, a la que ellos llamarían hipócritamente república. Al fin y al cabo el caso Urdangarín le puede ser muy útil a la casa real y a la derecha, ante el desprestigio creciente de ambas entidades, para eso tan sano de algo que “limpia, fija y da esplendor”. Cosas veredes mío Cid que harán fablar a las piedras.

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