La oleada de casos judiciales escandalosos parece no provocar ya más que cierta indignada indiferencia, como si fuera algo determinado por los dioses y no pudiéramos más que resignarnos a inesperada maldición divina.
Garzón por los crímenes de la dictadura franquista, Camps y Costa por cohecho, Fabra por cohecho, prevaricación, delitos fiscales y tráfico de influencias, Matas por prevaricación y cohecho, Urdangarín y su esposa por tráfico de influencias y utilización de fondos públicos para enriquecimiento propio ilegal, Correa y su banda que incluye al tesorero del PP, por corrupción, Blanco por prevaricación, los eres de la Junta de Andalucía, Marbella, Plan de urbanismo de Alicante, depuradora de Valencia, y un enorme etcétera al que por imperativo legal añadiremos que por ahora son presuntos delitos, presuntos delincuentes, excepto en el caso Fabra en el que la denuncia de Hacienda, por fraude fiscal millonario, tiene el mismo valor que la denuncia de la guardia civil de carreteras con foto incluida en que simplemente se discute la pena no el delito.
Además, si no basta saber que la justicia es un cachondeo, según afirmación ya juzgada de un notable dirigente político, siempre queda el truco de los indultos. Automático para el vicepresidente del Banco Santander con condena firme por delitos gravísimos que afectan a miles de ciudadanos, al que todos los grandes partidos deben muchísimo dinero imprescindible para sus campañas electorales, y desesperadamente lenta para un sencillo ciudadano, preso por delitos comunes en Granada, que ya ha cumplido más de media vida en prisión.
En un ambiente como el que sufrimos en el Estado de malestar español, digamos, con Jack el Destripador, que para entendernos bien será mejor ir por partes.
Juzguen a Garzón por interferir conversaciones entre detenidos y sus abogados, lo que es manifiestamente contrario a cualquier ordenamiento jurídico serio, y por pedir y conseguir dinero de un banquero al que luego juzga y deja limpio y transparente de forma al menos chocante, inaugurando la oportunísima doctrina Botín, que más bien parecería que se aplicó según quien.
Pero todo eso nada tiene que ver con el ridículo mundial que rodea al autodenominado Reino de España al juzgarle por la investigación de los crímenes del franquismo. Su instrucción pudo no ajustarse procesalmente a la norma, pero es notorio que en ese caso bastaba con separarle del caso y reiniciar la instrucción, y salta demasiado a la vista que el juicio es una simple tapadera para presentarle como un inútil judicial y así liquidar su carrera antes de que le de por abrir otro caso que afecte a demasiados políticos de dudosa moralidad y ascendencia demasiado notoria.
Pero hagan ya lo que hagan, sepan que nadie les va a tomar en serio, que como siempre en nuestro viejo país, todo vecino sabe bien que la justicia es cosa de tener amigos y dinero, que no hay dos varas de medir, sino tantas como amigos y dinero tengas disponibles, que nada hay peor en España que ser pobre y necesitar justicia, que nadie cree ya en el sistema judicial y que todos sabemos bien que con nuestro inveterado sistema “ellos” nunca irán a la cárcel, y “nosotros” somos tan sólo carne de presidio a voluntad de quienes cortan el bacalao, o sea “ellos”.
Son nuestros dos más pesados legados de la Dictadura: la justicia y la educación. Dos gigantescos legados asumidos y aceptados muy lúcidamente por los autodenominados padres de la Constitución, autores y fieles ejecutores de la transición. No hubo ruptura, no hubo revisión profunda del sistema judicial, y sobre todo no hubo la menor limpieza de su pútrido aparato, así como no hubo profunda reflexión sobre el sistema educativo. Al final, todo se ha reducido a un sistema de libertades real, pero sometido al imperio de la arbitrariedad judicial y burdamente domeñado gracias a una desastrosa escuela y a una lamentable y monetorizada universidad. De ahí nuestra nueva cultura popular: no ver, no oír, no hablar, y procurar pillar. ¿La generación mejor preparada? ¿para qué cosas?
Sepamos a donde hay que apuntar, y déjese camelar por manipulaciones de trileros quien prefiera no pensar demasiado. Son muchos, muchísimos. La mayoría militan como simples votantes y simpatizantes en ese partido que hemos denunciado en otros artículos de este blog, partido poderoso e inmensamente extendido por todo el reino cuyas siglas se corresponden con el anagrama ¿QHDLM?
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