Y DIJERON LOS CIUDADANOS A
SUS BANQUEROS, ALCALDES, PROMOTORES, PRÓCERES GOBERNANTES, Y ESPECULADORES: “¿PERO
DONDE OS HABÉIS GUARDADO NUESTRO DINERO?”
Así que,
volviendo al tema inicial, nos preguntaremos nuevamente dónde está el dinero
que esa especulación ha generado incansablemente durante tantos años. La
respuesta es muy simple: en una gran parte ni existe ahora ni ha existido
nunca. Con una salvedad: la del dinero negro, que reposa dulcemente en manos de
esos promotores, banqueros, políticos corruptos, especuladores locales e internacionales
y las más diversas sociedades opacas mundiales, pero siempre en lugares aún más
opacos que esas mismas sociedades. Gracias a ese dinero negro que sí existe, se
pueden entonces financiar muy variadas actividades y guerras que las leyes
civilizadas no permitirían con dinero legal. Ese dinero negro, esas finanzas en negro, son las verdaderas, las del libre capitalismo, las del capitalismo en sí, las otras, las del dinero que se declara a las haciendas, el que paga impuestos, el que los gobiernos manejan oficialmente, ese es una simple excrecencia inevitable del sistema, el otro, el negro, ese es la verdad del sistema.
Pero mientras, la espiral de la especulación
debe dar todavía algunas vueltas. Un organismo que se autodenomina Banco
Central Europeo actúa como motor eficiente de esa espiral: aunque se llame
banco y central, ni es banco ni es central, es simplemente un centro operativo
de la gran banca mundial, como lo es el Fondo Monetario Internacional, y el
Banco Mundial, cuyas funciones se reducen a forzar a los Estados endeudados a
endeudarse indefinidamente hasta arruinarse, siempre con el fin de que los
grandes bancos y fondos especulativos puedan tener mayor y mejor acceso a los
bienes nacionales de los países a los que consiguen imponer sus normas. La
única diferencia es que el Banco Central Europeo emite moneda con independencia
de las necesidades o exigencias de los Estados europeos y por decisión
dependiente casi en exclusiva de la banca europea. Los tres organismos carecen
naturalmente de cualquier tipo de control parlamentario y sus cálculos y
cuentas son sumamente opacos.
En todo
caso el mecanismo consiste en los tres casos en decidir en qué condiciones la
banca internacional o ellos mismos actuando como si fueran bancos, le dan
crédito a Estados empobrecidos previamente por la acción de minorías locales,
de tal manera que queden endeudados cada vez de forma más irresoluble con la
gran banca. Sus condiciones son que se dará crédito internacional y a veces
directo a esos Estados si se obtiene de ellos el compromiso de prioridad
absoluta en la devolución de esos créditos, en el pago de esas deudas antes
incluso que en el pago del gasto corriente nacional, como sería por ejemplo el
pago a los funcionarios o el mantenimiento de infraestructuras esenciales.
Y, por
fin, volvamos a nuestro caso.
La
banca española decíamos prestó dinero que no tenía a las promotoras y en el
caso de las cajas fundamentalmente utilizó dinero que no tenía para unas obras
civiles absolutamente innecesarias, grandiosamente escandalosas y cuya
realización incluía el pago de gigantescas comisiones que mantenían tanto al
aparato político oficial de poder como a los innumerables políticos corruptos y
sus imprescindibles e inevitables amigos de la construcción y la obra pública.
Una vez
vaciadas las cajas y en grave peligro los bancos, que si se mantienen es más
bien por sus descomunales cifras de negocio en América Latina y en otros países
incluso de Europa, el dinero negro de las comisiones y los beneficios son
llevados a paraísos fiscales por las promotoras y los políticos corruptos,
quedándose en sus cuentas oficiales los créditos concedidos y presumiblemente
cobrables o manifiestamente incobrables, y en esos paraísos fiscales, en muchos
casos, acaba ese dinero negro engrosando el capital de los fondos especulativos
multinacionales, y una vez cerrado el ciclo y tras el estallido de la burbuja
inmobiliaria, los promotores desaparecen, los políticos corruptos ni saben ni
contestan y las cajas se declaran en inminente quiebra.
Pero la
quiebra de las grandes cajas, y aún de las pequeñas es una catástrofe nacional
ya que mantienen los activos de millones de ciudadanos que pueden declararse
más bien disgustados si ven que pierden todo su dinero, sus pisos, sus
pensiones y sus ahorros, y entonces interviene el Banco Central Europeo, que
les gestiona o les deja directamente el dinero necesario para evitar la
quiebra.
La
condición es que esa caja se divida en un banco con activos reales y fiables y
otro con activos putrefactos. En el primero se dejan intereses en empresas de
balance riguroso, deuda pública y los dineros de los cientos de miles de
ciudadanos que tienen sus cuentas en esa caja inicial. Al segundo se llevan los
terrenos y apartamentos que han pasado a ser propiedad de la caja por impago de
las grandes y pequeñas promotoras inmobiliarias, pero valorados esos pisos y
terrenos por decreto gubernamental, los primeros al 40% de su valor contable
inicial y los segundos al 15% del mismo.
Esos
activos han sido adquiridos por esas cajas en negociación con los promotores
que en vez de pagar sus deudas con ellas con su dinero proveniente de los
paraísos fiscales, lo hacen entregando a precio de mercado de antes del
estallido de la burbuja, o sea al precio en que se tasaron cuando se obtuvo el
crédito, a cambio de los títulos de deuda. Como la operación es absurda ya que
esos terrenos y pisos tras el estallido no tienen valor de mercado alguno o muy
bajo, la negociación entre promotores y administradores de las cajas no es más
que otra burda falsificación. El promotor, tanto el grande, el gigante, como el
pequeño trapisondista local, han de llegar a un doble acuerdo: el oficial con
los administradores formales y el real con los administradores reales, nombrados
por los políticos locales y dependientes de los partidos locales de poder.
Nuevamente corren comisiones millonarias que permiten saldar créditos
impagables con terrenos y apartamentos
invendibles. El resultado es que la pieza clave del asunto, los promotores y
sus amigos de la política local, quedan exentos de responsabilidad y no quedan
pruebas del desfalco.
Entonces
se le presta por el Estado al nuevo banco malo creado a partir de la caja, pero
no al banco bueno, el dinero que a su vez el Banco Central Europeo y el Fondo
Monetario Internacional han prestado a ese Estado para su rescate, para que al
nuevo precio devaluado compre todos esos activos a la caja inicial y pueda
constituirse con esos activos devaluados pero reales y una deuda al Estado
equivalente a esos activos.
El
crédito del Banco Central Europeo al Estado Español se hace a un interés
bajísimo y un largo plazo con una buena carencia inicial. El crédito del Estado
al nuevo banco, más que malo, pútrido, se le hace con un interés mucho más alto
a un plazo largo y con una carencia inicial media. Así los gobernantes pueden
darse el lujo de afirmar que al tener ese nuevo banco pútrido unos activos que
saldar de cualquier manera y un plazo de varios años para ir vendiéndolos, poco
a poco irá fortaleciéndose y acabará siendo un banco rentable, y de camino
servirá para equilibrar el mercado inmobiliario al forzar la bajada
generalizada de precios.
Luego,
sólo hay que esperar que pasen los años y ver cómo curiosamente ese banco
pútrido no consigue levantar cabeza a la vez que el endeudamiento del Estado ha
conseguido arruinar a miles de particulares y pequeños empresarios y la
economía se vuelve cada vez más improductiva y se acerca poco a poco a la pura
supervivencia. Entonces viene, como pasa en Irlanda o Grecia, la cantinela de
que no ha pasado todavía suficiente tiempo y no se han tomado medidas
suficientemente rigurosas.
En
realidad todos los dirigentes financieros y políticos saben perfectamente que
esos dineros prestados a las cajas o a los bancos locos, no se va a devolver
jamás, y que igual pasará con el prestado a los Estados empobrecidos, pero
obsérvese que al final esos dineros han acabado en manos de los viejos y nuevos
bancos reales y poderosos y que de camino se les ha literalmente robado sus
ahorros a quienes tenían la absurda creencia de que el director de su caja en
su barrio o en su pueblo era el mejor amigo del jubilado o del vecino
trabajador normal.
Esas inmensas
deudas de la gran banca y los Estados serán condonadas dentro de diez o quince
años en un escenario de pánico generalizado y de ascenso imparable de poderes
excesivamente autoritarios. Lo único que importa mientras es que esté
garantizada la fidelidad de la policía y la amable sumisión interesada de los
grandes sindicatos oficiales. Y punto final de esta nueva etapa del sistema.
Cuando acabe la crisis dentro de quince o veinte años, el mundo no se parecerá
gran cosa al que hemos conocido antes.
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