Es un principio muy vulgar que ante un problema real en
política no es una buena idea mirar hacia otro lado. Esto está pasando con la
cuestión catalana por parte de casi todos los partidos.
El asunto es algo más sencillo de lo que casi todos
plantean. En primer lugar es muy improbable que un 50 % más uno de los
ciudadanos de Cataluña votasen en un referéndum la independencia, pero caso de
que se hiciera la consulta y fuera así, pocas cosas cambiarían de forma
profunda.
De hecho el principal problema de los partidarios de la
independencia es que no han mostrado ninguna estrategia elaborada para
conseguir tal fin, simplemente han cogido una bandera adecuada en un momento
adecuado, pero eso queda muy lejos de tener una estrategia, es una simple
proclama sin demasiadas explicaciones realistas. No resulta práctico si
realmente se pretende votar. Es jugar a perdedores reales apuntándose el tanto
de ganadores morales sin resultados prácticos.
Partamos de principios estrictamente democráticos. Nada
impide hacer una consulta acerca de si los ciudadanos de Cataluña desean formar
un nuevo estado o no. No es tanto un tema de nacionalismo sentimental sino de
cultura política específica. Quieren votar, y por tanto en un régimen
estrictamente democrático deberían
votar.
Si el cincuenta por ciento más un ciudadano dicen que no,
el gobierno catalán deberá sentarse a negociar con el gobierno del Estado
cuales cambios convienen a la mejora de la convivencia dentro del Estado. No es
aceptable mantener a la sociedad catalana dividida en dos mitades casi iguales
sin buscar acuerdos razonables.
En caso de que la mitad más un solo ciudadano votara la
independencia se abriría un proceso de negociación sobre cuestiones más bien
técnicas pero de grandes repercusiones entre ambas partes. La deuda externa, el
régimen fiscal de las empresas, etc.
Como obviamente la mitad de la población no desearía la
independencia, en un buen acuerdo y dentro de la Comunidad Europea,
no hay ningún problema, y el nuevo Estado Catalán permitiría sin dificultad que
todos aquellos ciudadanos catalanes que desearan seguir manteniendo la
ciudadanía española disfrutaran de la doble nacionalidad. No de las dos
nacionalidades a la vez, si no de la doble nacionalidad, como tenemos con casi
todos los países de la América Hispana.
No se ve cual sería la dificultad para tal acuerdo que implica que los
ciudadanos catalanes con doble nacionalidad se someten a la legislación
catalana pero sólo cuando están en Cataluña, y cuando están en España aceptan
la legislación española. ¿Hay mucho problema en ello?
Sin agresividad, sin violencia, la verdad es que los
ciudadanos catalanes notarían pocos cambios en su vida cotidiana. Seguirían
bajo la legislación superior europea, su legislación foral sería la misma y
simplemente completarían los muy numerosos aspectos de poder político y
económico que están de hecho en el actual estatuto pero el gobierno central se
ha negado de forma bastante grosera a negociar.
Son simplemente los temas de dominio completo sobre puertos
y aeropuertos, las leyes de costas y del suelo, la legislación municipal y
comarcal, las leyes que afectan a la fiscalidad dentro de las normas exigidas
por la Comunidad Europea,
y poco más. ¿Cuál es el problema?
Dado que dentro de la Comunidad Europea
no existen fronteras materiales nada cambiaría en el tránsito entre ambos
Estados, dado que dentro del Espacio Schengen no hay limitaciones de tránsito,
nada cambiaría respecto a la realidad actual.
Probablemente ningún país es más querido en España que
Cuba, ni más querido en Cuba que España. Esa sería la situación entre España y
Cataluña, claro que al cabo de algún tiempo en que los fanáticos de ambos
espacios calmaran su agresividad.
Dejemos hablar a la ciudadanía, pensemos en valores
materiales y reales, también sentimentales, y ajustémonos a los valores más
sencillos de la cultura democrática, aparquemos el fanatismo nacionalista,
español y catalán, y preguntemos a la ciudadanía que desea hacer con sus vidas.
Es sencillo. Todos saldremos ganando y tarde o temprano habrá de hacerse así.
Esto se llama una solución democrática y civilizada ¿o
alguien prefiere una solución a lo balcánico? caso que sin duda arrastraría en
muy poco tiempo a Euskadi y llevaría a los militares a tomar el poder con un
burdo golpe de Estado, y desde luego al caos generalizado.
No nos quedemos en un problema de nacionalismo decimonónico
y pasemos a una cuestión de eficiencia democrática y cívica. Y nadie tenga
miedo de preguntar a la ciudadanía. Un partido que se tenga por cívico y
democrático y que esté enarbolando la bandera de la dignidad ciudadana y la
restauración cívica debería estar haciendo una labor pedagógica con la
ciudadanía española y aceptar perder quizás algunos votos a cambio de una
actitud de máxima pedagogía democrática. Esa era la tradición socialdemócrata
que algunos quieren incorporar como presumibles herederos legítimos. Háganlo.
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