jueves, 25 de octubre de 2012

LAS PRIMARIAS AUTONÓMICAS



En el ultrapoderoso partido “Que Hay de lo Mío” ha habido una especie de primarias para elegir o revalidar nueva cúpula. Ha ganado por aplastante mayoría el sector PP que ha perdido muchos menos votos que el sector PSOE, lo que le ha permitido respirar con profundidad y reírse en público de su sector minoritario. Los diferentes líderes han achacado los resultados a las más variadas situaciones y razones pero ninguno ha hecho ni la más mínima mención del tema de la corrupción generalizada que arrasa el país.
El problema de la corrupción en España consiste en que la corrupta es la propia sociedad, no sólo sus banqueros, dirigentes políticos, jueces y policías, sino la propia sociedad.
Ese es nuestro diferencial con Alemania, Holanda o Finlandia, porque allí es muy difícil ser un corrupto pobre, y sólo los muy ricos pueden acceder a esa categoría económica, social y ética, lo que, sin duda,  es muestra de alta calidad social, lo que se dice tener un caché.
Aquí cualquier mindungui puede aspirar a esa alta categoría moral, las oportunidades son ilimitadas y lo peor es que son legión los que lo consiguen aunque sea a una escala mínima.
En Alemania son siete millones los ciudadanos que viven con salarios de 400 € al mes, obviamente hacen chapuzas y cobran en negro otros trabajos, igual que aquí, pero de eso ni se habla en una sociedad cuasi perfecta, y además no se les persigue porque no se considera que el resultado de perseguirles produzca unos ingresos al Estado mayores que el coste de perseguirles.
Los trabajillos extra de este importante sector de la población alemana son obvios, unos alquilan un cuarto de su casa a un colega por cuatro perras y ni se les ocurre declararlo, otros venden cualquier cosa en mercadillos o puestos callejeros perfectamente incontrolables, otros arreglan –igualito que aquí-, una lavadora o cambian un filtro de un coche por una propinilla, etcétera.
De tarde en tarde salta un escándalo financiero, pero tienen la delicadeza de ser escándalos diferentes a los de aquí, son más bien de tipo moral. Por ejemplo ser un político que ha mentido o simplemente ha engañado a sus electores, como esos ministros que han falsificado su curriculum académico o han copiado tesis doctorales, y sólo de vez en cuando salta algún escándalo financiero tal cual, pero obsérvese que casi siempre ligados a empresas extranjeras. Son más finos que al sur, lo sabemos de toda la vida, sobre todo si recordamos las cosas de hace setenta u ochenta años.
Pero en todo caso los hechos son esos, en los países del centro de Europa la moral no condena la chapucilla, pero persigue duramente el fraude siempre que pueda resultar ilícito y además ser descubierto y denunciado, y para eso, la legislación es suficientemente liberal como para que haya pocos pecadores perseguibles en las altas esferas económicas.
Nosotros, más bastos, perseguimos con saña al pillagallinas de turno y saludamos con respeto y admiración al señor, al señorito, y al jefe local y provincial del movimiento, léase los Carlos Fabra o Esperanza Aguirre de turno.

El problema es la corrupción, pero no simplemente la de los políticos, los banqueros, los jueces o la policía, sino la de los innumerables ciudadanos que aspiran a ser parte de ese entramado social. Para ser alcalde hay que saber colocar, sea de asesor o de conserje, a unos cuantos vecinos, que a su vez tienen muchos familiares, que a su vez saben agradecer un puestecillo de trabajo o una pequeña licencia escasamente legal. Además hay muchos vecinos que detentan pequeñísimas empresas que sólo pueden sobrevivir si reciben unas cuantas subcontratas municipales, o alguna extraña subvención.
En España, en un ayuntamiento de cinco mil habitantes, hay entre ciento veinte y ciento cincuenta funcionarios municipales y personal contratado municipal, uno por cada cincuenta habitantes, que representan, a cinco familiares por puesto, unos setecientos votos seguros, lo que implica unos tres concejales, lo que generalmente implica el control estricto del municipio. Luego se le da la limpieza de los locales municipales a fulano o mengano y se les paga con créditos extrajudiciales, y la conservación de los caminos al primo de zutano, que se le paga por crédito extraordinario, y entre unas cosas y otras el poder está garantizado, y con el poder las comisiones que esos mismos pequeñísimos empresarios locales deben religiosamente poner en manos de alcalde y concejales, sin olvidarse de algunos funcionarios que necesitan ser engrasados para funcionar eficientemente. Y luego ya sólo queda saber pactar razonable y adecuadamente con los promotores inmobiliarios y las grandes empresas de energía, comunicación, y otras grandes y benéficas organizaciones.
Repítase el análisis a gran escala en Comunidades Autónomas y sobre todo en el gobierno del Estado.
Eso es lo que llamamos una sociedad corrupta, y un poderoso partido sempiternamente en el poder llamado “Que Hay de lo Mío”, con muchos centenares de miles de entusiastas seguidores y adherentes y una segura y férrea estructura partidaria.
Ahora estaba en duda si este poderoso partido podía ser dirigido por unos o por otros, o como decía El Roto en su famoso comentario, “La democracia consiste en que unas veces mandamos unos y otras veces mandamos otros”. Se ha hecho preciso ir a primarias, y se ha repetido la debacle del anterior sector del partido que había fracasado en las pasadas elecciones generales.  
Viendo estrictamente el caso PSOE, el asunto es muy claro: o seguir por donde van y ver cómo repartirse un pastel cada vez más escaso, o darse de baja.
En el primer caso no se merecen comentarios. Allá penas.
En el segundo el asunto es más fácil aún: militantes irritados e indignados que creen en la vieja herencia socialista de antaño salen en ese partido y exigen su derrumbe, y mágicamente miles de socialistas le apoyan. Exigen la dimisión de la actual y sempiterna cúpula y el nombramiento de una gestora con la sola misión de convocar un proceso reconstituyente: asambleas y congresos locales, provinciales, autonómicos y un congreso estatal. Exigen la redacción de un programa, no antisistema, ni anticapitalista, si no simplemente sensato, en el que si un banco quiebra se le deja quebrar pero se lleva a los tribunales a sus directivos, si una inmobiliaria quiebra, se procede a abrir una investigación desde Hacienda sobre sus directivos y propietarios, si un político es acusado con elementos sensatamente manifiestos de corrupción se le aparta de toda responsabilidad pública y de todo puesto partidario y se aporta a Fiscalía toda la documentación sobre el presunto que obre en poder del propio partido, y así un largo y evidente conjunto de medidas que defiendan libertades, transparencias, honradez.
El resultado sería claro: el partido socialista se dividiría en al menos varios, uno socialdemócrata, minoritario, centrista y de derechas explícitamente, pero probablemente decisivo a la hora de formar futuros gobiernos, un sector se iría al PP o UPD, y un tercero, mayoritario, sería el Partido Socialista Obrero Español, lioso y confuso pero socialista, y arañando muchos, pero muchos votos de la agonizante Izquierda Sempiternamente Peleada, y sin capacidad de gobernar hoy, pero a la cabeza de una expectativa popular todavía receptiva. Todavía, dentro de poco claramente ajena e indiferente a tales posibilidades, vamos, lo de toda la vida de antes de la cochambre del franquismo. A elegir.
Son sueños, evidentemente.

 





     









martes, 23 de octubre de 2012

LAS CARTAS SOBRE LA MESA



¿HAY ALGUIEN AHÍ?
Contemplando desde fuera el agujero de la vida social española lo único que se escucha es esta trágica pregunta. Mientras, se discute si gobiernan los cerrados partidos establecidos, los políticos corruptos, los banqueros, unas extrañas criaturas sin cuerpo ni alma llamadas “mercados”, o quienquiera que sea. Es una discusión baldía, a cada momento se hace más clara la durísima realidad. Nadie nos gobierna, simplemente nadie gobierna, simplemente están, ocupan sitio, manejan nuestro dinero, nuestro trabajo, nuestra salud, nuestra educación, nuestra cultura y hasta nuestra más vulgar cotidianidad como dónde fumar o no fumar, cuando viajar a cien o a ciento diez por hora según les parezca, o cuando son las ocho de la mañana o las siete.
Manejan y deciden sobre todo eso pero de ninguna manera gobiernan, no nos dirigen a ningún lado, ni ellos saben siquiera a donde van, simplemente, ya lo decimos, están ahí tomando decisiones sin sentido, sin objetivos, y sobre todo, sin los medios adecuados para que se puedan tan siquiera aplicar sus propias arbitrarias decisiones.  
Algunos creen con inocencia que hay unos personajes llamados con cierta afectación autoridades que hacen cosas en las que creen y que la cuestión es que los pobres tienen escasa preparación y nulo conocimiento, otros con malicia piensan que en realidad son simples polichinelas manejadas desde unos oscuros centros de poder que nadie sabe si tienen cara y nombre, hay también quienes consideran que ciertas mejoras en los sistemas electorales y en la Constitución permitirían eliminar a los actuales políticos corruptos y estúpidos y colocar en su lugar otros dignos y decentes.
Todo eso es vano. El sistema no permite en el ámbito del poder real la existencia de políticos no corruptos, aunque transitoriamente puedan darse curiosas excepciones, y esos políticos ya de por si profundamente corruptos apoyados por jueces profundamente corruptos y policías y guardias civiles tan corruptos como ellos, son además sumamente estúpidos, incapaces, y carecen de la imprescindible preparación para las funciones a las que se dedican. Y además no son simples polichinelas de esos oscuros poderes, son parte de ese mecanismo de poder, si bien en sus últimos escalones.
Creen algunos que esos supuestos malvados mercados se personifican en tales o cuales fulanos, que se reúnen en sitios secretos a decidir el futuro al menos inmediato de la humanidad. Otro error evidente. Tienen nombres y caras y unos pesan más que otros, se llaman banqueros, propietarios de fondos de inversión y agiotistas, y tienen un único objetivo ingresar a cualquier precio, hoy, otro puñado de dólares, euros, yens, o lo que sea, y ya veremos mañana. No tienen ningún plan a mayor alcance que el inmediato y no les preocupa lo más mínimo que el mundo se hunda mañana porque ellos piensan que siempre flotan, que pueden ganar o perder hoy un puñado de dólares, pero mañana pueden recuperarlos, y que en todo caso nunca pierden todo.
Y son individuos, no oscuras organizaciones secretas, clubs Beidelberg, ni Trilaterales, si no tipos en sus despachos comprando y vendiendo cosas abstractas, deudas, futuros, bonos, acciones, seguros, etc., y procurando tan sólo ganar más que el de al lado, que el inmediato competidor para que así mañana se pueda pillar más todavía.
Ese es el mundo en el que vivimos guste o no, que a casi nadie gusta, pero casi nadie lo discute. Y si estando en el fondo del agujero alguien del último escalón de este mundo exterior te echa una manita a cambio de algo sin importancia como firmar tal o cual papel que hunda a miles de ciudadanos en la miseria ¿lo vamos a despreciar? ¿Una oportunidad así la dejaríamos pasar por dignidad y esa cosa extraña llamada ética?
Este es el mundo en el que vivimos. Claro que hay alguien ahí fuera, pero han conseguido que sus rostros y nombres se vayan difuminando según se asciende en su escala angelical. Nuestros angelitos son medianamente visibles, los tronos y dominaciones son difusos, los querubines y arcángeles son sólo sombras lejanas y nebulosas, Dios es intangible, inasible y por desgracia, por ahora, todopoderoso. Esta es la verdadera medida de la profundidad de la crisis.


Y ENTONCES ¿ESTOS TIPOS QUIENES SON?
Probablemente no lo sabe nadie, ni ellos. En el caso español unos tipos aupados a aparatos férreos de partido que colocan sólo a sus fieles y amigos en la totalidad de los puestos de poder del Estado, las Comunidades y los ayuntamientos y que tienen como único objetivo perpetuarse en esos u otros cargos y cobrar buenas pensiones cuando los tengan que dejar. Y si por el camino se puede hacer buena caja no será cosa de hacerle demasiados ascos. Ya quedó para la historia en aquella famosa conversación del impresentable Zaplana, “Yo estoy en política para hacerme rico”.
Ahora se reúnen a discutir las deudas del Estado español, y concluyen que como en la caja del Estado no hay para pagar ni siquiera a los funcionarios el mes que viene es preciso pedir dinero prestado.
¿Y para qué se pide prestado? Pues no para pagar a los funcionarios y mantener las autopistas o los aeropuertos que tengan aviones, sino para devolver otros créditos pedidos previamente.
¿Y porqué se pidieron aquellos créditos anteriores? Porque había gastos que era más cómodo y barato ir pagando con dinero prestado que se podía devolver a lo largo de varios años.
¿Y había con que estar seguros que se podrían pagar esos intereses y ese capital a lo largo de esos años? No tenían ni idea, pero miraban la caja y veían que cada año entraba más dinero fresco, luego la conclusión lógica era que desde luego se podrían pagar esos créditos.
Pues cuando se hacía esto y se miraba la caja bien llena se debía no más del treinta por ciento de lo que se producía cada año, lo que se llama que la deuda externa era menor del 30% del PIB, lo que parecía dar ciertas garantías.
Y sin embargo enloquecidos por esa visión maravillosa, cada año se gastaba más de lo que se ingresaba, que se llama crear déficit. Y si gastas más de lo que produces no es lo mismo que si gastas más de lo que tienes, de lo que materialmente puedes pagar. Si cada vez produces más a la larga se puede vivir del crédito y ajustar las cuentas. Muchos empresarios caen también en esa confusión: Si falta, se pide prestado, y asunto arreglado, todo va quedando para mañana, en que con lo que me prestan y lo que produzco podré ir pagando y aún ganar, y aquí no pasa nada.
Y ya decimos que la pasada década se debía sólo menos del 30 % del PIB anual, y ahora por ese camino tan alegre se ha llegado en tan sólo cinco años al 90% y con lo negociado este año se superará el 100%. Y a la vez el déficit sigue siendo el gran desconocido pero con seguridad muy superior al 6%, lo que crea una ecuación sin solución.
Y el gobierno sigue sin dinero líquido y desde Europa y los EEUU le instan a que se acoja a un gigantesco crédito mancomunado entre el Fondo Monetario y el Banco Central Europeo a devolver a largo plazo pero condicionado a que cada año, cada trimestre, Radames cada día lo que entre en la caja es en primer lugar e indiscutiblemente para devolver ese préstamo y pagar sus intereses, y si queda algo sería lo que el gobierno podría utilizar para sus gastos estatales. ¡Bonito plan! El respaldo de ese microcrédito tan generoso son directamente los bienes nacionales. Nos dicen que si no llegan los ingresos para pagar esa deuda se venden inmediatamente los trenes, las autopistas, los aeropuertos, los puertos y se exprime a los trabajadores hasta el final. Se llama la trampa griega.
Y mientras el presidente de un gobierno que no existe mira hacia otro lado y comenta chascarrillos gallegos por ver si pasa el tiempo, ya lo hacia su paisano el dictador Franco y fue la ruina general. Cada día que pasa sin acogerse a ese plan se ha de pedir más dinero prestado a los bancos y fondos privados a precios más altos que no hacen sino incrementar tanto la deuda como a la larga el déficit. Y si se acoge al macropréstamo llamado rescate el déficit se dispara y la deuda se dispara igualmente y además compromete como prenda la totalidad de los bienes nacionales. Y desde luego, ni piensa en decir un día a los acreedores eso de “Srs. Estamos en quiebra. No podemos pagarles, no les pagamos.”
Y todo esto sin establecer claramente quienes deben el qué. Y quienes deben hasta la ruina son los insaciables bancos, los promotores urbanísticos, las grandes corporaciones industriales, y cientos de miles de particulares que han conformado en esos años del bum del ladrillo y los dineros fáciles la larga cadena de la corrupción en ayuntamientos, regiones y el Estado. Los demás no podemos entender demasiado bien qué es lo que se dice que debemos si nos hemos limitado a trabajar, cobrar nuestro trabajo y gastarlo o ahorrarlo lo mejor posible.
¿Verdad que se nota demasiado que algo no encaja del todo bien? Pues ni nuestros dirigentes políticos, ni nuestros magnates, empresarios, banqueros o mercaderes, ni nuestras más altas lumbreras académicas, nuestros juristas, economistas, grandes cátedros, ni finos analistas de la prensa financiera, aún con ciertas dignísimas excepciones vilipendiadas por casi todos, lo han apreciado. Más aún ni lo han apreciado ni les interesa un rábano, porque mientras corra el parné ¿para qué pensar más o liarse con actitudes derrotistas, apocalípticas o simplemente erradas?
No lo olvidemos: sólo el necio confunde valor y precio.







domingo, 30 de septiembre de 2012

NOTAS SIMPLES Y TRADICIONALES: AHORRO, INVERSIÓN Y DESCAPITALIZACIÓN


 
I.- NOVEDOSAS GRANDES IDEAS

Es curioso ver como las grandes polémicas económicas son en realidad exclusivamente financieras. No se discute sobre ahorro, inversión, producción, sino sobre crédito, consumo o solvencia bancaria. Incluso las más sesudas controversias versan sobre la banca y el crédito, no sobre la producción.
Hace años la discusión era ya de esta guisa. Se discutía, por los pocos que lo hacían, si la economía iba bien o no, sobre cálculos de tasas de interés, consumo, e inversión, no sobre análisis de capitalización de las empresas, empleo, producción o ahorro.
La verdad de cómo se ha llegado a la actual crisis no se podrá encontrar nunca en el estudio de la mecánica financiera que la ha acabado creando. Esa es consecuencia, no causa.
La causa está en que la mecánica financiera –esto es, especulativa- ha ido erosionando la capitalización. Esto quiere decir que el dinero que en manos de la sociedad, lo que se llama el ahorro familiar, proveniente de sus rentas y sus beneficios, no se ha utilizado para ahorro, sino para inversión, y para colmo en inversión no productiva.
El ahorro es capital futuro, la inversión capital presente, a pesar de que los términos pudieran parecer casi lo contrario.
A diferencia de lo que llamaría ahorro un ciudadano que gasta menos de lo que gana, y que lo guarda cuidadosamente para el día de mañana, el ahorro es en realidad el dinero que no siendo preciso para el consumo de la familia, esta lo dedica a algo productivo. Hay tres maneras usualmente: la primera es meterlo en el banco a plazo fijo o con cualquier otra fórmula parecida y guardarlo así con algún ligero incremento por cuenta del banco. Este sistema pone ese dinero en manos de un banco que a su vez lo dará a crédito a un empresario que necesite desarrollar su negocio, o a un particular que desee comprar cualquier cosa que alguien ha producido. A través del banco se supone que este dinero pasa a la economía productiva y además no sólo se conserva en manos del ahorrador, sino que se incrementa.
Un segundo sistema para utilizar ese dinero es guardarlo de esa u otra forma pero para invertirlo en un negocio propio, en utensilios capaces de permitir al ahorrador producir cosas que luego pueda vender. Este sistema está bastante pasado de moda, ya que el crédito desde hace mucho tiempo puede resultar más barato que el incremento de los precios, y por tanto parece mejor que el que desea montar o ampliar una empresa, lo haga con capital prestado por el banco. La realidad no se ajusta con precisión a esta cuestión y no necesariamente es más barato el crédito que el ahorro propio, la tendencia es a comprar o producir con dinero prestado más que con dinero ahorrado.
La tercera es la más simple: se utiliza ese sobrante par la más importante inversión que puede tener un ciudadano: la mejor y más acabada formación de sus hijos, la elevación supuesta en el rango social.
La señora Tatcher lanzó la alternativa en los años setenta, y entre otras muchas medidas propuso a las familias derivar sus excedentes hacia la banca para hacer lo que ella llamaba nada menos que capitalismo popular. El excedente pasaría a convertirse en acciones de grandes compañías, algo directamente, pero la mayoría a través de fondos de inversión y bancos.
En consecuencia los bancos y los fondos comenzaron a engordar con negocios financieros que cada vez se iban alejando más de ese esquema primitivo y que cada vez eran más complejos y más incomprensibles hasta para los que los manejaban desde los propios bancos y fondos. Esos agentes sólo sabían que compraban y vendían paquetes de cosas que en realidad no habían sido analizadas por nadie y que incluían, ahorros, hipotecas, bonos públicos, y numerosos instrumentos financieros de más que difícil explicación lógica.
Como es sabido hubo desde aquellos comienzos de la señora Tatcher varias importantes crisis, unas provocadas por el incremento del consumo de petróleo, otras por desequilibrios políticos de grandes dimensiones como la caída del muro de Berlín o la reunificación alemana, incluso otras por los cambios tecnológicos y su consiguiente necesidad de nuevos materiales de difícil obtención. Una parte de las crisis han estado ligadas desde siempre a las carreras armamentísticas utilizadas habitualmente como fácil remedio para mantener la economía sin problemas ya que en última instancia quien paga es el Estado, que no tiene más que fabricar billetes de banco para pagar a los proveedores de armas y además mantiene un alto nivel de empleo más una buena inversión en investigación y desarrollo, lo único importante es gastar ese material adecuadamente y evitar que la producción de billetes de banco por parte del Estado produzca una inflación incontenible. En realidad nada demasiado complicado. Las guerras son de lo más útil en economía, sólo que sólo para unos pocos poderosos países. Mientras que Vietnam no arruinó a los EEUU, Afganistán a la corta y Cuba a la larga si que contribuyeron decisivamente a hundir a la URSS.
De estas crisis los grandes analistas y los próceres políticos sacaron unas enseñanzas francamente parvularias: las crisis son cosa de poca monta que se resuelven con apaños en cuatro o cinco años, y a seguir engordando indefinidamente. Se había perdido ya el sentido inicial de los mecanismos de la economía real. En su lugar difusos artificios financieros parecían ser la verdadera clave, el meollo de la economía, se produjeran o no los bienes que se produjeran.
Y así fue tomando forma la llamada sociedad del consumo. Lo importante no era producir sino consumir. No se producía lo que se consumía sino que se consumía lo que se producía. Se inventaban todo tipo de mecanismos para inducir el consumo en unas sociedades que tuvieran excedentes familiares adecuados, y más allá de ese ahorro que se convertía ahora en inversión no productiva, en objetos de consumo, se ponía por los bancos a disposición del más humilde vecino crédito para consumir con costes cada vez más bajos. Era la mejor medicina contra la inflación: si se consume de todo con o sin excedentes familiares la producción crece y crece, y la economía marcha sin mayor necesidad de aportar más billetes de banco que valor de objetos producidos, ya que todo objeto producido se acaba vendiendo gracias al crédito. Esa fue la gran novedad de los años 80, 90 y del nuevo siglo.
¿Cómo pudo ser que algo tan simple e inmantenible no fuera visto como algo claramente incongruente por todos los sesudos economistas del mundo y los asesores de gobiernos? Pues es muy simple, porque funcionaba, y si funciona y anda para que preguntarse con qué se le está alimentando. Todos, gobernantes, economistas, banqueros, empresarios y sindicatos, veían que se le echa al motor lo que hay en el bidón y la máquina anda, de tal manera que resulta estúpido preguntarse qué es lo que hay en el bidón.
Y entonces llegó la idea genial: la inversión ceroproductiva: el ladrillo.

NOTAS SIMPLES Y TRADICIONALES: AHORRO, INVERSIÓN Y DESCAPITALIZACIÓN


II.- IRREPARABLES GRANDES DESASTRES 

Es radicalmente falso que en España haya una eterna tradición de vivienda en propiedad, por el contrario, la propiedad de la vivienda familiar era tradicionalmente cosa de los pueblos, y en las ciudades la tradición desde mediados del siglo XIX hasta los años sesenta, era el alquiler. Esto es así y cualquier persona mayor o cualquier antropólogo o estudioso social lo puede constatar con números y papeles. La compra comenzó a ser atractiva a partir del vaciamiento masivo del campo de los años sesenta. Unos se construían chabolas en los aledaños de las urbes y otros se iban comprando pisitos en ellas según conseguían reunir cuatro perras o volvían de Alemania, Francia o Suiza con unos ahorrillos en el caso de no querer ya volver al pueblo. Luego vino la imagen de que el alquiler era una tontería porque sólo la propiedad de la vivienda permite demostrar que se tiene seguridad, solvencia y buena situación social.
Y por fin los gobiernos de unos cuantos países se lanzaron a la carrera del ladrillo. Destacaron los Estados Unidos, Japón, el Reino Unido, Irlanda, España y algunos más de menos importancia, luego vendría la fiebre china y de otros llamados emergentes. Se dieron cuenta de pronto que el problema era la estrechez que las leyes provocaban en la economía del ladrillo. Había que atender dos claves: el crédito fácil, y las leyes del suelo y de la promoción inmobiliaria.
Lo del crédito fácil lo resolvían los propios bancos con sistemas extraños y excesivamente sospechosos, de tal manera que lo único que se exigía de los gobiernos es que no mirasen demasiado, o incluso que mirasen para otro lado, que si no metían las narices en el negocio bancario y en los fondos de inversión tendrían las arcas nacionales repletas de dinero a cuenta de IVAs, IBIs, IRPs e Impuestos de Sociedades. Así se hizo. Prácticamente desaparecieron todo tipo de instrumentos de control de la banca y de los fondos. Era la alegría general de la Reserva Federal USA, del FMI, del Banco Mundial, de los bancos centrales europeos, y sobre todo de todos los gobiernos bienpensantes que no podían ni poner en duda la seriedad de gentes tan importantes como los presidentes de esos bancos y fondos.
Lo de las leyes era aún más fácil. Por ley todo suelo se declara edificable salvo lo expresamente prohibido, y como indispensable complemento se obliga también por ley a todo propietario para que aporte sus pequeñas parcelas para que todo se urbanice correctamente. Lo bueno es una casa moderna en un barrio moderno de una ciudad moderna, no las casuchas del campo o de los suburbios. Sr. pequeño propietario: entregue su terrenito al promotor que este le dará a cambio mucho más dinero del que usted creía que valía ese terruño y un buen piso, ¿no es buen negocio? Encaja casi idealmente con la noción de neoliberalismo destructor puro y duro.
Y así se hizo. EEUU, Irlanda, Gran Bretaña, España fueron magistrales, otros países quizás se asustaron un poco y aunque lo del control de sus bancos les daba también mucha risa, lo de las leyes salvajes de propiedad inmueble les producía algún respeto, ya que demasiados ciudadanos algo más lúcidos que otros podían declararse irritados más que agradecidos a la bondad de los promotores inmobiliarios.
Y claro esa espiral daba lugar a una subida continua del precio ya que con crédito no ya barato sino manifiestamente insolvente, cualquiera se lanza a comprar, y cualquiera a entregar sus tierras al benefactor promotor a cambio de esos dineritos y esos nuevos pisos civilizados.
Pero el problema es el del promotor. Mienten descaradamente los que afirman día tras día que el problema del crédito inmobiliario está en las hipotecas de los particulares que firmaban a lo loco. Eso no representa ni la décima parte del desastre inmobiliario. La gran debacle está en los descomunales créditos de los promotores. No sólo de los grandes y los gigantes, también de los miles de promotores locales que conseguían crédito fácil para sus promociones y que iban pagando o no según iban vendiendo.
Se llama burbuja, ya que es evidente que en algún momento la inversión es de tales proporciones y la escalada de precios es de tal magnitud que es manifiestamente impagable, y en ese momento el crédito se acaba. En eso estamos. Otro día desarrollamos los aspectos más cutres de esta mecánica, imposible de desarrollar sin unos mecanismos legales que potencien la corrupción.
Volvamos pues al principio. Si un ciudadano tiene un dinero excedentario y lo utiliza para invertirlo productivamente, o sea en ahorro real, un taller de algo, un comercio, una aportación a una empresa fabril, un proyecto de investigación, una empresa de servicios, una simple compra de impedimenta que vuelva más productiva su actividad económica, siempre podrá perder o ganar pero con esa maquinaria, esos locales, esas experiencias profesionales podrá actuar con cierta holgura en los circuitos productivos. Si fabrica mesas y se venden mal, producirá sillas y quizás se vendan mejor, y sobre todo, si es capaz de innovar, investigar, estandarizar la producción más que hasta ese momento, o competir con un circuito de ventas más creativo y eficiente, saldrá en general adelante y la economía del país tendrá cada vez un PIB más eficiente y rico. Si por el contrario usted dedica su excedente a comprar un montón de ladrillos adecuadamente ordenados, sólo podrá hacer con ello dos cosas: o habitarlo y ahí se entierran sus ahorros, o venderlo, si puede ser sin perder dinero, lo que siempre es seguro que algún día deja de ocurrir.
Multipliquemos ese efecto gracias a que usted no ha invertido sus ahorros, su dinero excedentario, sino un dinero que le ha cogido prestado a un banco a cincuenta años al 4% variable. Está usted en medio del desastre económico. Más aún: es usted el eslabón más débil de ese desastre. 
Y en el caso de la economía entera del país no hay salida, porque es preciso que cada vez se haya prestado más dinero del que pueda equivaler a lo que produce ese país. Incluso sabemos que a estas alturas se han firmado créditos en el mundo que seguramente cuadriplican el valor monetario de toda la producción mundial. Perfecto. Consecuentemente sabemos, queramos o no, que no se pagarán nunca la totalidad de esas deudas, y sólo sobrevivirán los más fuertes, los muchísimo más fuertes.
El resultado final es la descapitalización de los países de la economía del ladrillo, y dado su enorme peso en algunos casos, en general, del mundo, la caída en ahorro productivo, el triunfo de la economía no productiva, con su acompañante inevitable, la economía del despilfarro y su amado hijo, la economía de la corrupción política. La inmensa mayor parte de ese dinero utilizado para ladrillos se ha desperdiciado. En lugar de producir cosas necesarias más económicas y más eficientes y fiables se ha acumulado en algo estrictamente no productivo, y en consecuencia se ha perdido una cantidad incalculable de investigación, inventiva, saber social y privado y de valor material realmente productivo. Eso ya nunca se podrá recuperar, está contenido en los ladrillos de los miles de apartamentos vacíos y en esos terrenos sobrevaloradísimos que ya hoy nada valen.
Y eso sabiendo que el camino que queda por recorrer es de años y que en medio está la burbuja inmobiliaria china, el descalabro ecológico, los gravísimos problemas de la energía y la miseria de medio mundo que exige a gritos justicia.  

jueves, 27 de septiembre de 2012

LA IMAGEN QUE SE VE, LA QUE SE QUIERE VER, Y LA QUE NO SE PUEDE VER

La imagen muestra y oculta a la vez. Enseña, demuestra, transforma, revela, y también esconde, disimula, pero no engaña.
La primera imagen es la de las extraordinarias fotografías de Samuel Aranda para el NY Times. Veinte imágenes que no pueden dejar indiferente a nadie. Tristeza, dolor, cansancio,  hambre, abandono, rebeldía, ira, protesta, ordenada y cívica, pero determinada, segura, decidida.  Han dado la vuelta al mundo. El reportaje decía que esa era la imagen de la España de hoy.
Cierto que esas mismas fotos podían haber sido tomadas en casi cualquier país del mundo, que serían habituales en los Estados Unidos, que no faltan en Alemania, o en Mozambique, pero en ese periódico se han dado como la imagen de España y todo el que las ve sabe que son ciertas, ciertísimas, que esa es imagen de España hoy.
Samuel Aranda, catalán internacional, premio Wordpress del pasado año, freelance que publica imágenes en la más importante prensa del mundo, realizó este reportaje recientemente y quien quiera verlo completo, lo tiene sin más que pedirlo en internet por el NY Times o por su propio nombre.
La segunda imagen es la de la carga policial del 25S en el Congreso de los Diputados. Sangre, violencia, y otra vez manifestantes resueltos, determinados, vencidos pero decididos a seguir, enfrentados a monstruos oscuros, cuyo rostro se oculta, cuya imagen recuerda a las enigmáticas tropas oscuras de aquella guerra de las galaxias.
Pero la imagen se quiebra, al menos dos vídeos muestran que entre los manifestantes que actúan en primera fila y se enfrentan violentamente a la policía para provocar la carga, hay unos cuantos maderos infiltrados, cubiertos de pasamontañas, armados de palos. Son de ellos. Demasiado cutre ha quedado el montaje. La imagen ahora revela, es imagen de ida y vuelta.
Pero la imagen, doble, y explosiva, ha dado también la vuelta al mundo, es nuevamente la nueva imagen de la España de hoy. Así nos ven porque así nos vemos, guste a unos más y a otros menos.
La tercera imagen es la del presidente de gobierno paseando en NY frente a Radio City con un buen veguero echando buen humo, tranquilo, anodino. Esa es también la imagen de España que todos reconocen: nadie dirige la vida del país, un vago individuo que pasea indiferente por el centro de NY fumándose un puro, ajeno a la realidad, a la vida. Esa es también la imagen de España hoy.
Y una cuarta imagen más antigua: aquella en que los presidentes de la patronal y de la mediana y pequeña empresa aparecen juntos riéndose a carcajadas el día que se anuncia la brutal reforma laboral que al poco de llegar al poder decretó el gobierno de ese anodino fumador de habanos.
Y la imagen del pobre toro Ratón al que su amo lleva por los pueblos valencianos y que se ha hecho famoso por haber matado ya a varios valientes locales que enloquecen medio borrachos lanzándose a la calle para que o les mate o les vean otros no tan valientes con estúpida admiración.
Y por qué no hablar de la penosa imagen de un señor que gasta varios cientos de miles de euros del erario público para fotografiarse entre un elefante al que ha asesinado, una amante millonaria y un traficante de armas y de comisiones.
Recapitulemos: La familia de Carlos IV, Los fusilamientos del 3 de mayo, Los disparates, las tauromaquias, Los desastres de la guerra, El miedo, El aquelarre. Naturalmente que nuestros lectores saben bien de lo que estamos hablando: de la España eterna.

Y las imágenes no explícitas: ¿Desde Bruselas o Alemania se nos ve como un desastre seudofederal en el que todas las administraciones se triplican gracias a haber creado 17 miniestados que se llenan de inútiles funcionarios a los que no habrá más remedio que despedir? No, nadie más que nuestros gobernantes nos ven así. En realidad todos ven lo mismo salvo ellos y sus interesados seguidores del partido ultraespañol llamado “Jefe, ¿Qué hay de lo mío?”. No hay 17 seudominiestados, hay 17 cuevas de Alí Baba donde se refugian, ríen y acumulan sus robos y desfalcos, miles de políticos, jueces, banqueros y empresarios corruptos. El problema no está en la estructura sino en la corrupción de quienes la manejan a su antojo sin posible control de la ciudadanía. De lo que está harta la ciudadanía no es de su autonomía, sino de sus corruptos autonómicos. Curiosamente, salvo en Euskadi, donde la corrupción es mínima y similar a la de cualquier país civilizado del norte de Europa, y Cataluña donde están ya más que hartos de los diferentes gobiernos centrales, de la insidia de los partidos estatales, de las decisiones políticas de los tribunales estatales, de que les insulten desde media España, de que les ridiculicen desde esa misma media España y de que les sigan diciendo demasiados exaltados eso de “Hable español, ¡imbécil!”.
Y además quedan las imágenes ocultas, las que nadie ha podido ver. Un verano de sequía produce cientos de miles de hectáreas incendiadas. ¿Lo produce el verano? Cientos de profesionales afirman que la inmensa mayoría eran provocados. Nadie duda que lo son. ¿Está el país lleno de locos incendiarios? ¿O hay alguien interesado en crear el caos? ¿No suena un poco raro tanto incendio provocado en medio de esta crisis? ¿Quiénes están detrás de tantas cosas de tal manera que no salen en las fotos?
Recomendamos a nuestros lectores aprovechar su ordenador para entrar en páginas de la ultraderecha. Hay cientos de ellas, algunas violentísimas, muchas de pasma, maderos, picoletos, gorilas, guindillas y seguratas, unas cuantas proponiendo entrenamiento militar o seudomarcial, muchas con insultos claramente dolosos hacia personas y entidades públicas y privadas. Quizás uno de los numerosos errores de la izquierda es el de limitarse a mirar en internet sólo páginas de izquierda.












domingo, 23 de septiembre de 2012

UN BUEN APRETÓN DE MANOS. LO MISMITO DE SIEMPRE

Malos actores, mediocres directores de escena y pésimos guionistas, han montado el espectáculo de la fallida entrevista entre los presidentes Rajoy y Mas. Ambos con caras de circunstancias declaran que no hay buen entendimiento, uno dice que le dejan pocas puertas abiertas, el otro que hay lo que hay y que no hay más que hablar.
En realidad a ambos les ha ido muy bien la entrevista. Rajoy tiene ahora un buen muñeco de trapo para soliviantar a los buenos españoles, españolistas y vivaspañolistas de raza, un respiro para sus ahogadas circunstancias económicas.
El otro tiene una espléndida baza por delante gracias al portazo de la España rancia de Rajoy: convocará elecciones y barrerá a los desorientados, desordenados y faltos de programa y de ideas, del Partit dels Socialistes Catalans, por otra banda podrá dejarles el discurso independentista a los republicanos sin miedo a que le quiten un solo voto catalanista, y podrá dar una bonita opción ni fu ni fa pero decididamente alternativa, posibilista, algo quimérica, un poco entusiasta, algo futurista y ramplonamente populista.
Ambos ganan, ambos salen cariacontecidos pero sabiendo que el intercambio de cromos les ha favorecido a ambos. En suma, una fructífera entrevista. Lástima que una cadena de tv al informar del recibimiento de Rajoy a Mas puso a trabajar a eso que está tan de moda de los léctores de labios. Según esa lectura el uno le dijo al otro “Vivo en un lío”, y el otro le respondió algo así como “para lío el que tengo yo”.

Hace tres siglos y medio pasaban cosas que en algo recuerdan lo que ahora pasa. Europa ardía en guerras. Una guerra tremenda que cambió la historia de Occidente. Treinta años de desolación y hambre para engrandecimiento de los poderosos de entonces. Miseria de unos a cambio de grandes riquezas para pocos. Nació la Europa moderna de aquel periodo de guerras. Nació eso que ahora llamamos Europa y que desde entonces tiene una cierta conciencia de sí.
Y aquí en España había un rey mucho menos que mediocre, que presumía de haber engendrado y reconocido como hijos suyos a nada menos que treinta y nueve nuevos súbditos de la corona que desde luego llevaban al nacer un buen pan debajo del brazo. Lástima que el único que podía heredar era simplemente un mamarracho marginal, ultracatólico obsesionado con la religión y que había sido criado entre mujeres exclusivamente para ver si no caía en el obsesivo afán sexual de su padre. Y no cayó, si no que resultó impotente.  
Y había un primer ministro de nula estatura moral, de ninguna estatura política aunque él ignoraba que no tenía ni idea de qué hacer excepto mandar, y gobernando libérrimamente ya que carecía de cualquier oposición en las camarillas reales. Había sabido ayudar a enriquecerse con la miseria de las gentes a cientos y quizás miles de amigos que no pensaban ya en quitarle de en medio sino en hacerse cada vez más ricos expoliando a los súbditos de esta graciosa pareja.
Y con eso resultó que llegó lo que era obvio que habría de llegar y de lo que nadie quería hablar hasta que llegó: la crisis.
Cierto que era una profundísima crisis europea, pero su componente hispánica era específica y descomunal. Y la crisis crecía cada día en medio del caos internacional, pero más aquí, donde nadie había querido ordenar las cosas antes de que explotaran.
Y como en lo de la economía nada se resolvía, pero los menos se enriquecían gracias a su fidelidad al poder coronado y su ministro subcoronado, la corona acabó desintegrándose.
En sólo cinco años declararon la independencia las tres cuartas partes de la corona: Portugal, los Países Bajos, Cataluña, que se ofreció para unirse a Francia en vez de a España, y hasta Andalucía. La economía se desplomaba por días y todos querían irse a formar sus propias estructuras ya que desde la Corte la única respuesta era un portazo detrás de otro y la mano militar.
Todos tenían razones de peso. Si la Corte no nos quiere más que para sacarnos nuestro dinero, nos lo organizamos nosotros y total, la gente trabajadora casi va a preferirlo. Seguro que nos apoyan y además saben que siempre será mejor que te explote uno de los tuyos que un lejano desconocido que además te insulta todos los días de una forma bastante grosera y displicente.
Como era de esperar el país acabó en la ruina más absoluta, luego vino una guerra para ver quien se quedaba los restos, y al fin más represión, más miseria, más barbarie. Era la España ideal: férreamente unida y férreamente brutal. Así se la encontró Goya unos años después, así la retrató con aquella amarga mano maestra que nos hace meditar sobre nuestras sanas costumbres y creencias.
Y así estamos.


jueves, 20 de septiembre de 2012

DE LISTOS, TONTOS, TRIUNFADORES Y FRACASADOS

Durante los pasados años la derecha estaba exultante porque su discurso triunfaba de forma aplastante y además no encontraba oposición alguna desde la izquierda. La izquierda tradicional se encontraba desorientada, fracasada y en buena parte había tomado la decisión de declararse conversa por si la derecha tenía piedad y le permitía seguir conviviendo en una sociedad claramente vencida.
No hablamos de casos como el del Sr. Blair, que quizás era efectivamente un tipo a sueldo montado por los servicios secretos de los EEUU, como se le ocurrió dejar caer al director de “El escritor fantasma” en su célebre y reciente film, sino al entorno que permitía dentro del laborismo británico que un tipo tan manifiestamente de derechas fuera el jefe de su partido y del gobierno.
El socialismo europeo, una vez vaciado de triunfos y de propuestas, estaba deslumbrado por las grandes ideas tatcherianas y por los grandes éxitos de la ingeniería monetarista, esa que no crea riqueza, si no que la destruye, pero crea ricos a mansalva.
Ahora el edificio parece venirse abajo ante el escándalo de los que lo han ido montando con todo entusiasmo. La construcción de una Europa unida resulta que se descubre, curiosamente ahora cuando ya desde el principio eran multitud los que advertían la realidad, que no es más que la construcción de un gran negocio especulativo para un sector muy exclusivo de europeos, y de sus amigos, americanos, chinos, etc.
No sigamos mintiendo o creyéndonos mentiras tan burdas. El edificio no se viene abajo, por el contrario crece cada vez más deprisa, lo que se viene abajo son las absurdas ilusiones de socialistas y sociolistos de todo tipo, y de prudentes ciudadanos de una muy prudente derecha prudentemente moderadísima hasta para atreverse a pensar.
Y mientras la izquierda real no reconozca el error, o la torcida intención de la mayoría de sus dirigentes, no es posible salir de esta actitud claramente derrotista. 
La izquierda siempre tiene un gran refugio, una solución con la que autojustificar la derrota. Se llama milenarismo. La izquierda no pretende luchar por una situación diferente si no por apaños intrascendentes a las propuestas de la derecha, y con el mayor entusiasmo por un futuro pluscuamperfecto que deberá llegar en un futuro desconocido.
El milenarismo es la solución. Mañana, y hoy no hay más remedio que poner unas tiritas a las heridas que provoca el duro discurso de la derecha.
En esto consiste la falta casi absoluta de discurso de la supuesta izquierda, donde además unos sindicatos convencidamente amarillos en sus cúpulas y medianamente reivindicativos en sus bases, hacen cómodamente su trabajo de desmovilización supuestamente movilizadora y reivindicativa.
Es sin duda una izquierda optimista, como lo ha sido siempre. Entre el futuro luminoso de la humanidad y las heroicas luchas diarias por razonables mejoras, se puede pasar la vida de forma heroicamente amable y autocomplaciente. Si no vemos resultados, probablemente los verán mañana nuestros hijos. Optimismo existencial, y en consecuencia, esencial.
La derecha, siempre francamente pesimista, parte de la base de que la verdad no es de este mundo, la felicidad es el objetivo a cubrir más importante en la vida pero es inalcanzable en la tierra que pisamos cada día, y además no importa que lo sea, lo será en otro fantástico mundo al que es fácil irse pero al que curiosamente ninguno quiere ir.
Ese pesimismo trascendental de la derecha es muy sano, no hay que preocuparse con confusas elucubraciones sociopolíticas, los bienes y las ventajas materiales se reparten en el mundo con arreglo a reglas fijas que nadie puede cambiar: si eres listo, si trabajas, si comprendes, si sabes, serás más o menos rico, pero verás siempre recompensada tu digna vida, por el contrario, si eres un vago, un tonto, un necio, irás a la ruina quieras o no, los que valen triunfan, los que nada valen fracasan. Muy simple. Y si eres trabajador, listo, si sabes lo que hay que hacer, y conoces la vida tal como es, y sin embargo todavía no has triunfado, no desesperes, es porque estás pagando viejas culpas, pero mañana, en este mundo, no en otro ideal, verás como tu triunfo estaba escrito, aunque sea un simple triunfo personal y muy prudente, algo autocomplaciente, pero seguro, cierto.
Lógicamente es tan fácil ser un estúpido de derechas como ser un estúpido de izquierdas. Lo difícil es no ser estúpido. Requiere pensar y actuar. Demasiado difícil. Lo hacen los poderosos muchas veces y ganan, Nos falta que aparezcan perdedores que también piensen y actúen.






martes, 18 de septiembre de 2012

SAN ANSELMO DE CANTERBURY Y LAS ENCUESTAS

Es muy corriente escuchar que hay un enorme malestar generalizado en el país y que no se ve quienes son quienes han llevado al PP al poder con mayoría absoluta.
En abril pasado el CIS realizó su última encuesta de tipo general. Sus datos, que merecen cierta garantía, nos hablan más bien en el sentido contrario a lo que parece indicar esa visión de las cosas que parece generalizada.
En primer lugar, la encuesta indica que el 88’1 de la ciudadanía considera que la situación económica general es mala o muy mala. Preguntados por la comparativa con hace un año, un 60’4 % dice que ahora es peor, pero hay un 33 % que declara que igual. Sin embargo preguntados por las perspectivas previsibles para dentro de un año, sólo un 37’1 % dice que lo ven peor, y un 18’7 % creen que será mejor.
En ambos casos hay aproximadamente un 33 % que contestan que lo ven igual que hace un año, y prevén que dentro de un año seguirá igual. O sea, que más bien parece que carecen de cualquier opinión sólida sobre el pasado, el presente y el futuro, salvo que ahora lo ven o mal o muy mal. Incluso parecería que les trae un poco sin cuidado prever el futuro inmediato o que no quieren comprometerse con el entrevistador.
Como dicen verlo igual que hace un año y pensar que dentro de un año seguirá igual, podemos sumarles a los que dicen que lo ven peor o a los que dicen que lo ven mejor. Como en la previsión de futuro hay un 11’4 % que afirman explícitamente no saber, habrá que pensar que efectivamente un 44 % piensa que no tiene ni idea de por donde saldrán las cosas el año que viene. Aunque no lo parezca son sin duda los más sinceros.
O sea que un tercio de la población cree que las cosas empeoran y casi la mitad no tiene ideas claras de por donde irán próximamente.
Y sin embargo casi un 20 % afirma que irán mejor.
En cuanto a la situación política sólo el 60 % piensa que la situación general es mala o muy mala, que respecto al pasado año, casi un 80 % declaran que la situación actual es peor o igual, pero peor lo dicen sólo algo menos de un tercio de la población, e igual lo dice casi la mitad.
Nuevamente la mitad de la población declara en realidad no tener ni idea de por donde van las cosas, pero prefieren ser optimistas, ya que respecto al año próximo hay un 20 % que opina que todo mejorará políticamente, y casi el 52 % opina que seguirán las cosas igual o declara no saber. Sólo un 27’4 % afirma claramente que las cosas están empeorando.

Por otra parte un 72 % declaran que su situación personal es muy buena, buena o regular. Y sólo un 28 % declara que mala o muy mala. Y además un 61 % declaran que no saben si su situación será mejor o peor dentro de un año, incluyendo los que declaran que será igual, y los que declaran no saberlo. Un 18 % declaran explícitamente que será mejor, y tan sólo un 21 % que será peor.
Obsérvese que un 88 % declaraba que la situación económica general es mala o muy mala pero un 72 % declaran que la situación económica suya particular es muy buena, buena o regular.

Sólo trabaja en labores remuneradas algo menos del 41 % de la población, que soporta al 59 % restante que o son pensionistas, o parados, o estudiantes, o personas en trabajo doméstico no remunerado. Pero un 75 % de quienes tienen trabajo actualmente declaran que es poco o nada probable que vayan a perder su empleo en el plazo de al menos un año.
Y del casi 24 % que declara estar en paro, consideran muy probable o bastante probable que en el próximo año encuentren trabajo nada menos que casi un 30 %, mientras un 60 % consideran que es o poco o nada probable que lo encuentren. El 10 % restante declara no saber o no contesta.

El lector puede ver que en conjunto estamos ante una sociedad bastante suicida o excesivamente ignorante. Que los engaños y fantasías de los banqueros y los gobernantes son tomados con seriedad por una amplia mayoría, que hasta entre los que peor están hay cierto optimismo, que hay un fuerte sector con empleo, condiciones de vida que ellos consideran estables e ingresos aceptables, que espera que salgamos de la crisis pronto y las cosas vayan mejorando poco a poco o al menos que no empeoren, y que ven la situación política sin excesiva queja. Este sector ronda según esta estadística entre la mitad y dos tercios de la población.  Sin embargo, preguntados acerca de cómo ven en general las cosas afirman verlas mal. Son sin duda buenos optimistas que se contradicen sin mayor dificultad. Es la ventaja de no pensar demasiado.
Así que no parece coincidir esta encuesta con esa visión muy generalizada que decíamos al principio. El truco está en algo muy simple de arte culinario estadístico. Es aplastante el número de ciudadanos que o no se definen o dicen que las cosas ni mejoran ni empeoran, y que por tanto el estudioso de la encuesta podría sumarlos a los optimistas o a los pesimistas. Y son demasiados los medios de comunicación y los analistas políticos que automáticamente los suman a los pesimistas, reflejando su propio prejuicio, ya que ellos sí que están bastante bien informados y saben con casi absoluta certeza que la crisis avanza a mucho peor, que el paro seguirá creciendo y que el bolsillo de la inmensa mayoría estará cada día más y más vacío.
Mecánicamente analizan la encuesta suponiendo que los indecisos, los ignorantes, los timoratos, los que no se deciden a pensar un poco, son de los suyos, son pesimistas. Se equivocan, la lógica más simple indica que esos de “igual”, “no sabe”, etc., todavía se creen las mentiras oficiales. Son verdaderos optimistas. Su argumento es del tipo del argumento ontológico de San Anselmo de Canterbury. Si podemos pensar que las cosas puedan ir mejor, lo lógico es que acaben yendo mejor. O dicho de otra manera, que es como es en el fondo del célebre argumento ontológico de San Anselmo, cuyos creyentes en realidad afirman eso de que si Dios no existiera mi vida no tendría sentido, y que por tanto exigen y creen que existe. Estos otros creyentes de la vida diaria económica y política, lo que afirman es que si las cosas no van a mejor su realidad personal se hundiría, se volvería insoportable, y por tanto tenemos que creer y afirmar que no irán a peor. Simple ¿verdad?