II.- IRREPARABLES GRANDES
DESASTRES
Es radicalmente falso que en
España haya una eterna tradición de vivienda en propiedad, por el contrario, la
propiedad de la vivienda familiar era tradicionalmente cosa de los pueblos, y
en las ciudades la tradición desde mediados del siglo XIX hasta los años
sesenta, era el alquiler. Esto es así y cualquier persona mayor o cualquier
antropólogo o estudioso social lo puede constatar con números y papeles. La
compra comenzó a ser atractiva a partir del vaciamiento masivo del campo de los
años sesenta. Unos se construían chabolas en los aledaños de las urbes y otros
se iban comprando pisitos en ellas según conseguían reunir cuatro perras o
volvían de Alemania, Francia o Suiza con unos ahorrillos en el caso de no
querer ya volver al pueblo. Luego vino la imagen de que el alquiler era una
tontería porque sólo la propiedad de la vivienda permite demostrar que se tiene
seguridad, solvencia y buena situación social.
Y por fin los gobiernos de unos
cuantos países se lanzaron a la carrera del ladrillo. Destacaron los Estados
Unidos, Japón, el Reino Unido, Irlanda, España y algunos más de menos
importancia, luego vendría la fiebre china y de otros llamados emergentes. Se
dieron cuenta de pronto que el problema era la estrechez que las leyes
provocaban en la economía del ladrillo. Había que atender dos claves: el
crédito fácil, y las leyes del suelo y de la promoción inmobiliaria.
Lo del crédito fácil lo resolvían
los propios bancos con sistemas extraños y excesivamente sospechosos, de tal
manera que lo único que se exigía de los gobiernos es que no mirasen demasiado,
o incluso que mirasen para otro lado, que si no metían las narices en el
negocio bancario y en los fondos de inversión tendrían las arcas nacionales
repletas de dinero a cuenta de IVAs, IBIs, IRPs e Impuestos de Sociedades. Así
se hizo. Prácticamente desaparecieron todo tipo de instrumentos de control de
la banca y de los fondos. Era la alegría general de la Reserva Federal USA, del FMI,
del Banco Mundial, de los bancos centrales europeos, y sobre todo de todos los
gobiernos bienpensantes que no podían ni poner en duda la seriedad de gentes
tan importantes como los presidentes de esos bancos y fondos.
Lo de las leyes era aún más fácil.
Por ley todo suelo se declara edificable salvo lo expresamente prohibido, y
como indispensable complemento se obliga también por ley a todo propietario para
que aporte sus pequeñas parcelas para que todo se urbanice correctamente. Lo
bueno es una casa moderna en un barrio moderno de una ciudad moderna, no las
casuchas del campo o de los suburbios. Sr. pequeño propietario: entregue su
terrenito al promotor que este le dará a cambio mucho más dinero del que usted
creía que valía ese terruño y un buen piso, ¿no es buen negocio? Encaja casi
idealmente con la noción de neoliberalismo destructor puro y duro.
Y así se hizo. EEUU, Irlanda, Gran
Bretaña, España fueron magistrales, otros países quizás se asustaron un poco y
aunque lo del control de sus bancos les daba también mucha risa, lo de las
leyes salvajes de propiedad inmueble les producía algún respeto, ya que
demasiados ciudadanos algo más lúcidos que otros podían declararse irritados
más que agradecidos a la bondad de los promotores inmobiliarios.
Y claro esa espiral daba lugar a
una subida continua del precio ya que con crédito no ya barato sino
manifiestamente insolvente, cualquiera se lanza a comprar, y cualquiera a
entregar sus tierras al benefactor promotor a cambio de esos dineritos y esos
nuevos pisos civilizados.
Pero el problema es el del
promotor. Mienten descaradamente los que afirman día tras día que el problema
del crédito inmobiliario está en las hipotecas de los particulares que firmaban
a lo loco. Eso no representa ni la décima parte del desastre inmobiliario. La
gran debacle está en los descomunales créditos de los promotores. No sólo de
los grandes y los gigantes, también de los miles de promotores locales que
conseguían crédito fácil para sus promociones y que iban pagando o no según
iban vendiendo.
Se llama burbuja, ya que es
evidente que en algún momento la inversión es de tales proporciones y la escalada de precios es de tal magnitud que es
manifiestamente impagable, y en ese momento el crédito se acaba. En eso estamos.
Otro día desarrollamos los aspectos más cutres de esta mecánica, imposible de
desarrollar sin unos mecanismos legales que potencien la corrupción.
Volvamos pues al principio. Si un
ciudadano tiene un dinero excedentario y lo utiliza para invertirlo productivamente,
o sea en ahorro real, un taller de algo, un comercio, una aportación a una
empresa fabril, un proyecto de investigación, una empresa de servicios, una
simple compra de impedimenta que vuelva más productiva su actividad económica,
siempre podrá perder o ganar pero con esa maquinaria, esos locales, esas
experiencias profesionales podrá actuar con cierta holgura en los circuitos
productivos. Si fabrica mesas y se venden mal, producirá sillas y quizás se
vendan mejor, y sobre todo, si es capaz de innovar, investigar, estandarizar la
producción más que hasta ese momento, o competir con un circuito de ventas más
creativo y eficiente, saldrá en general adelante y la economía del país tendrá
cada vez un PIB más eficiente y rico. Si por el contrario usted dedica su
excedente a comprar un montón de ladrillos adecuadamente ordenados, sólo podrá
hacer con ello dos cosas: o habitarlo y ahí se entierran sus ahorros, o
venderlo, si puede ser sin perder dinero, lo que siempre es seguro que algún
día deja de ocurrir.
Multipliquemos ese efecto gracias
a que usted no ha invertido sus ahorros, su dinero excedentario, sino un dinero
que le ha cogido prestado a un banco a cincuenta años al 4% variable. Está usted en
medio del desastre económico. Más aún: es usted el eslabón más débil de ese
desastre.
Y en el caso de la economía entera del país no hay salida, porque es preciso que cada vez se haya prestado más dinero del que pueda equivaler a lo que produce ese país. Incluso sabemos que a estas alturas se han firmado créditos en el mundo que seguramente cuadriplican el valor monetario de toda la producción mundial. Perfecto. Consecuentemente sabemos, queramos o no, que no se pagarán nunca la totalidad de esas deudas, y sólo sobrevivirán los más fuertes, los muchísimo más fuertes.
Y en el caso de la economía entera del país no hay salida, porque es preciso que cada vez se haya prestado más dinero del que pueda equivaler a lo que produce ese país. Incluso sabemos que a estas alturas se han firmado créditos en el mundo que seguramente cuadriplican el valor monetario de toda la producción mundial. Perfecto. Consecuentemente sabemos, queramos o no, que no se pagarán nunca la totalidad de esas deudas, y sólo sobrevivirán los más fuertes, los muchísimo más fuertes.
El resultado final es la
descapitalización de los países de la economía del ladrillo, y dado
su enorme peso en algunos casos, en general, del mundo, la caída en ahorro productivo, el triunfo de la
economía no productiva, con su acompañante inevitable, la economía del
despilfarro y su amado hijo, la economía de la corrupción política. La inmensa
mayor parte de ese dinero utilizado para ladrillos se ha desperdiciado. En lugar
de producir cosas necesarias más económicas y más eficientes y fiables se ha
acumulado en algo estrictamente no productivo, y en consecuencia se ha perdido
una cantidad incalculable de investigación, inventiva, saber social y privado y
de valor material realmente productivo. Eso ya nunca se podrá recuperar, está
contenido en los ladrillos de los miles de apartamentos vacíos y en esos
terrenos sobrevaloradísimos que ya hoy nada valen.
Y eso sabiendo que el camino que
queda por recorrer es de años y que en medio está la burbuja inmobiliaria
china, el descalabro ecológico, los gravísimos problemas de la energía y la
miseria de medio mundo que exige a gritos justicia.
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