Durante los pasados años la derecha estaba exultante porque su discurso triunfaba de forma aplastante y además no encontraba oposición alguna desde la izquierda. La izquierda tradicional se encontraba desorientada, fracasada y en buena parte había tomado la decisión de declararse conversa por si la derecha tenía piedad y le permitía seguir conviviendo en una sociedad claramente vencida.
No hablamos de casos como el del Sr. Blair, que quizás era efectivamente un tipo a sueldo montado por los servicios secretos de los EEUU, como se le ocurrió dejar caer al director de “El escritor fantasma” en su célebre y reciente film, sino al entorno que permitía dentro del laborismo británico que un tipo tan manifiestamente de derechas fuera el jefe de su partido y del gobierno.
El socialismo europeo, una vez vaciado de triunfos y de propuestas, estaba deslumbrado por las grandes ideas tatcherianas y por los grandes éxitos de la ingeniería monetarista, esa que no crea riqueza, si no que la destruye, pero crea ricos a mansalva.
Ahora el edificio parece venirse abajo ante el escándalo de los que lo han ido montando con todo entusiasmo. La construcción de una Europa unida resulta que se descubre, curiosamente ahora cuando ya desde el principio eran multitud los que advertían la realidad, que no es más que la construcción de un gran negocio especulativo para un sector muy exclusivo de europeos, y de sus amigos, americanos, chinos, etc.
No sigamos mintiendo o creyéndonos mentiras tan burdas. El edificio no se viene abajo, por el contrario crece cada vez más deprisa, lo que se viene abajo son las absurdas ilusiones de socialistas y sociolistos de todo tipo, y de prudentes ciudadanos de una muy prudente derecha prudentemente moderadísima hasta para atreverse a pensar.
Y mientras la izquierda real no reconozca el error, o la torcida intención de la mayoría de sus dirigentes, no es posible salir de esta actitud claramente derrotista.
La izquierda siempre tiene un gran refugio, una solución con la que autojustificar la derrota. Se llama milenarismo. La izquierda no pretende luchar por una situación diferente si no por apaños intrascendentes a las propuestas de la derecha, y con el mayor entusiasmo por un futuro pluscuamperfecto que deberá llegar en un futuro desconocido.
El milenarismo es la solución. Mañana, y hoy no hay más remedio que poner unas tiritas a las heridas que provoca el duro discurso de la derecha.
En esto consiste la falta casi absoluta de discurso de la supuesta izquierda, donde además unos sindicatos convencidamente amarillos en sus cúpulas y medianamente reivindicativos en sus bases, hacen cómodamente su trabajo de desmovilización supuestamente movilizadora y reivindicativa.
Es sin duda una izquierda optimista, como lo ha sido siempre. Entre el futuro luminoso de la humanidad y las heroicas luchas diarias por razonables mejoras, se puede pasar la vida de forma heroicamente amable y autocomplaciente. Si no vemos resultados, probablemente los verán mañana nuestros hijos. Optimismo existencial, y en consecuencia, esencial.
La derecha, siempre francamente pesimista, parte de la base de que la verdad no es de este mundo, la felicidad es el objetivo a cubrir más importante en la vida pero es inalcanzable en la tierra que pisamos cada día, y además no importa que lo sea, lo será en otro fantástico mundo al que es fácil irse pero al que curiosamente ninguno quiere ir.
Ese pesimismo trascendental de la derecha es muy sano, no hay que preocuparse con confusas elucubraciones sociopolíticas, los bienes y las ventajas materiales se reparten en el mundo con arreglo a reglas fijas que nadie puede cambiar: si eres listo, si trabajas, si comprendes, si sabes, serás más o menos rico, pero verás siempre recompensada tu digna vida, por el contrario, si eres un vago, un tonto, un necio, irás a la ruina quieras o no, los que valen triunfan, los que nada valen fracasan. Muy simple. Y si eres trabajador, listo, si sabes lo que hay que hacer, y conoces la vida tal como es, y sin embargo todavía no has triunfado, no desesperes, es porque estás pagando viejas culpas, pero mañana, en este mundo, no en otro ideal, verás como tu triunfo estaba escrito, aunque sea un simple triunfo personal y muy prudente, algo autocomplaciente, pero seguro, cierto.
Lógicamente es tan fácil ser un estúpido de derechas como ser un estúpido de izquierdas. Lo difícil es no ser estúpido. Requiere pensar y actuar. Demasiado difícil. Lo hacen los poderosos muchas veces y ganan, Nos falta que aparezcan perdedores que también piensen y actúen.
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