domingo, 30 de septiembre de 2012

NOTAS SIMPLES Y TRADICIONALES: AHORRO, INVERSIÓN Y DESCAPITALIZACIÓN


 
I.- NOVEDOSAS GRANDES IDEAS

Es curioso ver como las grandes polémicas económicas son en realidad exclusivamente financieras. No se discute sobre ahorro, inversión, producción, sino sobre crédito, consumo o solvencia bancaria. Incluso las más sesudas controversias versan sobre la banca y el crédito, no sobre la producción.
Hace años la discusión era ya de esta guisa. Se discutía, por los pocos que lo hacían, si la economía iba bien o no, sobre cálculos de tasas de interés, consumo, e inversión, no sobre análisis de capitalización de las empresas, empleo, producción o ahorro.
La verdad de cómo se ha llegado a la actual crisis no se podrá encontrar nunca en el estudio de la mecánica financiera que la ha acabado creando. Esa es consecuencia, no causa.
La causa está en que la mecánica financiera –esto es, especulativa- ha ido erosionando la capitalización. Esto quiere decir que el dinero que en manos de la sociedad, lo que se llama el ahorro familiar, proveniente de sus rentas y sus beneficios, no se ha utilizado para ahorro, sino para inversión, y para colmo en inversión no productiva.
El ahorro es capital futuro, la inversión capital presente, a pesar de que los términos pudieran parecer casi lo contrario.
A diferencia de lo que llamaría ahorro un ciudadano que gasta menos de lo que gana, y que lo guarda cuidadosamente para el día de mañana, el ahorro es en realidad el dinero que no siendo preciso para el consumo de la familia, esta lo dedica a algo productivo. Hay tres maneras usualmente: la primera es meterlo en el banco a plazo fijo o con cualquier otra fórmula parecida y guardarlo así con algún ligero incremento por cuenta del banco. Este sistema pone ese dinero en manos de un banco que a su vez lo dará a crédito a un empresario que necesite desarrollar su negocio, o a un particular que desee comprar cualquier cosa que alguien ha producido. A través del banco se supone que este dinero pasa a la economía productiva y además no sólo se conserva en manos del ahorrador, sino que se incrementa.
Un segundo sistema para utilizar ese dinero es guardarlo de esa u otra forma pero para invertirlo en un negocio propio, en utensilios capaces de permitir al ahorrador producir cosas que luego pueda vender. Este sistema está bastante pasado de moda, ya que el crédito desde hace mucho tiempo puede resultar más barato que el incremento de los precios, y por tanto parece mejor que el que desea montar o ampliar una empresa, lo haga con capital prestado por el banco. La realidad no se ajusta con precisión a esta cuestión y no necesariamente es más barato el crédito que el ahorro propio, la tendencia es a comprar o producir con dinero prestado más que con dinero ahorrado.
La tercera es la más simple: se utiliza ese sobrante par la más importante inversión que puede tener un ciudadano: la mejor y más acabada formación de sus hijos, la elevación supuesta en el rango social.
La señora Tatcher lanzó la alternativa en los años setenta, y entre otras muchas medidas propuso a las familias derivar sus excedentes hacia la banca para hacer lo que ella llamaba nada menos que capitalismo popular. El excedente pasaría a convertirse en acciones de grandes compañías, algo directamente, pero la mayoría a través de fondos de inversión y bancos.
En consecuencia los bancos y los fondos comenzaron a engordar con negocios financieros que cada vez se iban alejando más de ese esquema primitivo y que cada vez eran más complejos y más incomprensibles hasta para los que los manejaban desde los propios bancos y fondos. Esos agentes sólo sabían que compraban y vendían paquetes de cosas que en realidad no habían sido analizadas por nadie y que incluían, ahorros, hipotecas, bonos públicos, y numerosos instrumentos financieros de más que difícil explicación lógica.
Como es sabido hubo desde aquellos comienzos de la señora Tatcher varias importantes crisis, unas provocadas por el incremento del consumo de petróleo, otras por desequilibrios políticos de grandes dimensiones como la caída del muro de Berlín o la reunificación alemana, incluso otras por los cambios tecnológicos y su consiguiente necesidad de nuevos materiales de difícil obtención. Una parte de las crisis han estado ligadas desde siempre a las carreras armamentísticas utilizadas habitualmente como fácil remedio para mantener la economía sin problemas ya que en última instancia quien paga es el Estado, que no tiene más que fabricar billetes de banco para pagar a los proveedores de armas y además mantiene un alto nivel de empleo más una buena inversión en investigación y desarrollo, lo único importante es gastar ese material adecuadamente y evitar que la producción de billetes de banco por parte del Estado produzca una inflación incontenible. En realidad nada demasiado complicado. Las guerras son de lo más útil en economía, sólo que sólo para unos pocos poderosos países. Mientras que Vietnam no arruinó a los EEUU, Afganistán a la corta y Cuba a la larga si que contribuyeron decisivamente a hundir a la URSS.
De estas crisis los grandes analistas y los próceres políticos sacaron unas enseñanzas francamente parvularias: las crisis son cosa de poca monta que se resuelven con apaños en cuatro o cinco años, y a seguir engordando indefinidamente. Se había perdido ya el sentido inicial de los mecanismos de la economía real. En su lugar difusos artificios financieros parecían ser la verdadera clave, el meollo de la economía, se produjeran o no los bienes que se produjeran.
Y así fue tomando forma la llamada sociedad del consumo. Lo importante no era producir sino consumir. No se producía lo que se consumía sino que se consumía lo que se producía. Se inventaban todo tipo de mecanismos para inducir el consumo en unas sociedades que tuvieran excedentes familiares adecuados, y más allá de ese ahorro que se convertía ahora en inversión no productiva, en objetos de consumo, se ponía por los bancos a disposición del más humilde vecino crédito para consumir con costes cada vez más bajos. Era la mejor medicina contra la inflación: si se consume de todo con o sin excedentes familiares la producción crece y crece, y la economía marcha sin mayor necesidad de aportar más billetes de banco que valor de objetos producidos, ya que todo objeto producido se acaba vendiendo gracias al crédito. Esa fue la gran novedad de los años 80, 90 y del nuevo siglo.
¿Cómo pudo ser que algo tan simple e inmantenible no fuera visto como algo claramente incongruente por todos los sesudos economistas del mundo y los asesores de gobiernos? Pues es muy simple, porque funcionaba, y si funciona y anda para que preguntarse con qué se le está alimentando. Todos, gobernantes, economistas, banqueros, empresarios y sindicatos, veían que se le echa al motor lo que hay en el bidón y la máquina anda, de tal manera que resulta estúpido preguntarse qué es lo que hay en el bidón.
Y entonces llegó la idea genial: la inversión ceroproductiva: el ladrillo.

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