Malos actores, mediocres directores de escena y pésimos guionistas, han montado el espectáculo de la fallida entrevista entre los presidentes Rajoy y Mas. Ambos con caras de circunstancias declaran que no hay buen entendimiento, uno dice que le dejan pocas puertas abiertas, el otro que hay lo que hay y que no hay más que hablar.
En realidad a ambos les ha ido muy bien la entrevista. Rajoy tiene ahora un buen muñeco de trapo para soliviantar a los buenos españoles, españolistas y vivaspañolistas de raza, un respiro para sus ahogadas circunstancias económicas.
El otro tiene una espléndida baza por delante gracias al portazo de la España rancia de Rajoy: convocará elecciones y barrerá a los desorientados, desordenados y faltos de programa y de ideas, del Partit dels Socialistes Catalans, por otra banda podrá dejarles el discurso independentista a los republicanos sin miedo a que le quiten un solo voto catalanista, y podrá dar una bonita opción ni fu ni fa pero decididamente alternativa, posibilista, algo quimérica, un poco entusiasta, algo futurista y ramplonamente populista.
Ambos ganan, ambos salen cariacontecidos pero sabiendo que el intercambio de cromos les ha favorecido a ambos. En suma, una fructífera entrevista. Lástima que una cadena de tv al informar del recibimiento de Rajoy a Mas puso a trabajar a eso que está tan de moda de los léctores de labios. Según esa lectura el uno le dijo al otro “Vivo en un lío”, y el otro le respondió algo así como “para lío el que tengo yo”.
Hace tres siglos y medio pasaban cosas que en algo recuerdan lo que ahora pasa. Europa ardía en guerras. Una guerra tremenda que cambió la historia de Occidente. Treinta años de desolación y hambre para engrandecimiento de los poderosos de entonces. Miseria de unos a cambio de grandes riquezas para pocos. Nació la Europa moderna de aquel periodo de guerras. Nació eso que ahora llamamos Europa y que desde entonces tiene una cierta conciencia de sí.
Y aquí en España había un rey mucho menos que mediocre, que presumía de haber engendrado y reconocido como hijos suyos a nada menos que treinta y nueve nuevos súbditos de la corona que desde luego llevaban al nacer un buen pan debajo del brazo. Lástima que el único que podía heredar era simplemente un mamarracho marginal, ultracatólico obsesionado con la religión y que había sido criado entre mujeres exclusivamente para ver si no caía en el obsesivo afán sexual de su padre. Y no cayó, si no que resultó impotente.
Y había un primer ministro de nula estatura moral, de ninguna estatura política aunque él ignoraba que no tenía ni idea de qué hacer excepto mandar, y gobernando libérrimamente ya que carecía de cualquier oposición en las camarillas reales. Había sabido ayudar a enriquecerse con la miseria de las gentes a cientos y quizás miles de amigos que no pensaban ya en quitarle de en medio sino en hacerse cada vez más ricos expoliando a los súbditos de esta graciosa pareja.
Y con eso resultó que llegó lo que era obvio que habría de llegar y de lo que nadie quería hablar hasta que llegó: la crisis.
Cierto que era una profundísima crisis europea, pero su componente hispánica era específica y descomunal. Y la crisis crecía cada día en medio del caos internacional, pero más aquí, donde nadie había querido ordenar las cosas antes de que explotaran.
Y como en lo de la economía nada se resolvía, pero los menos se enriquecían gracias a su fidelidad al poder coronado y su ministro subcoronado, la corona acabó desintegrándose.
En sólo cinco años declararon la independencia las tres cuartas partes de la corona: Portugal, los Países Bajos, Cataluña, que se ofreció para unirse a Francia en vez de a España, y hasta Andalucía. La economía se desplomaba por días y todos querían irse a formar sus propias estructuras ya que desde la Corte la única respuesta era un portazo detrás de otro y la mano militar.
Todos tenían razones de peso. Si la Corte no nos quiere más que para sacarnos nuestro dinero, nos lo organizamos nosotros y total, la gente trabajadora casi va a preferirlo. Seguro que nos apoyan y además saben que siempre será mejor que te explote uno de los tuyos que un lejano desconocido que además te insulta todos los días de una forma bastante grosera y displicente.
Como era de esperar el país acabó en la ruina más absoluta, luego vino una guerra para ver quien se quedaba los restos, y al fin más represión, más miseria, más barbarie. Era la España ideal: férreamente unida y férreamente brutal. Así se la encontró Goya unos años después, así la retrató con aquella amarga mano maestra que nos hace meditar sobre nuestras sanas costumbres y creencias.
Y así estamos.
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