Resulta que ahora somos muy pobres
y hace pocos años éramos muy ricos. Esto quiere decir que hace unos años
teníamos mucho dinero y ahora ya no lo tenemos. La conclusión es obvia ¿Dónde
está ahora ese dinero?
Pero como ahora somos muy pobres
el gobierno nos dice que tenemos que pagar las deudas pendientes todos los
ciudadanos, ya que es el país el que es pobre. No nos explican en qué
proporción hemos de pagar cada uno, más aún nos dicen que los más ricos deben
pagar poco o incluso nada y los más pobres todo. Curioso.
E incluso que los más ricos que
hayan delinquido acumulando dinero negro, no tendrán problemas con la justicia
porque eso son pecadillos de poca monta comparados con las necesidades actuales
del país. Más curioso aún.
Los buenos ciudadanos debemos en
estas circunstancias ayudar con el mayor entusiasmo al gobierno y darles las
pistas de las que disponemos sobre este curioso problema.
Lo primero es averiguar de dónde
salía ese dinero que llovía sobre el país aquellos años como un maná celestial.
Sabemos porque es dónde íbamos a
buscarlo que una buena parte salía de los bancos que lo prestaban a bajo
interés y larguísimos plazos. Otra parte salía de los empresarios que
contrataban trabajadores y les pagaban salarios muy bajos por trabajos poco
especializados y de escasa productividad o valor añadido. Otra parte salía de
la nada.
Y esa nada se llamaba especulación
inmobiliaria.
Especular es un término que
proviene de la palabra latina speculari,
que tiene la misma raíz que speculum, que como es evidente significa espejo. Con ese
término se quiere indicar un curioso juego: se ponen dos espejos casi paralelos
y en medio una moneda de 1 €, se mira uno de los espejos y en él se verán
montones de euros, aunque fijándose bien lo único que pasa es que lo que se ve
es un puro reflejo multiplicado indefinidamente, y haber, lo que se dice haber,
solo está realmente el que hemos colocado en medio.
Traducido a nuestra economía
bancaria-ladrillera, esto quiere decir que un grupo muy reducido, de unos miles
de individuos, ponían un ladrillo entre los dos espejos, y en vez de conseguir colocarlo
en el mercado por el precio de un ladrillo, lo conseguían colocar por el precio
de un bloque de apartamentos, y mientras más te fijabas en cada espejo, más
bloques surgían de la nada económica. Quitados los dos espejos, que es la
actual situación, sólo queda el mísero ladrillo, por su precio de un ladrillo
puro y duro.
En consecuencia, los bancos, las promotoras
inmobiliarias y los especuladores aficionados, tienen ahora cada uno sus dos o
tres ladrillos por su precio de mercado de dos o tres ladrillos, y ese dinero
que dicen que tenían ni existe ahora ni ha existido nunca. Luego ese falso
dinero no lo hemos perdido todos los ciudadanos, sino sola y exclusivamente
ellos. Declárense en quiebra y tiren sus libros de contabilidad a la basura.
Ellos puede ser que sean ahora pobres, que no lo son, pero sólo a ellos se les
puede mirar a la hora de pagar sus créditos y sus trapicheos. Y si no pueden
pagarlos, vayan a la cárcel o suicídense, que a los demás hasta nos darán una
alegría en tiempos tan duros como estos.
Con esta sencilla solución ya
hemos eliminado, según los cálculos más fiables, unos seiscientos mil millones
de euros de la deuda supuestamente “del país”, en realidad, de solamente ellos.
Claro que eso lo han hecho en Islandia que es país de sólo trescientos mil
habitantes y cuatro o cinco bancos y especuladores, y que por su Constitución
carece de ejército, y por tanto les ha resultado relativamente fácil. Aquí
ciertamente resulta más apurado, pero es la verdad y tarde o temprano saldrá a
relucir y se impondrá, quieran o no.
¿Qué eso es la quiebra del
Santander, del BBVA, de Bankia y de muchos más? Pues no saben lo que nos
alegraremos los sufridos ciudadanos. Y ¿dicen que no podemos mantener ningún
sistema económico sin bancos? Pues estamos de acuerdo, claro que necesitamos
bancos, lo que no necesitamos son banqueros sin escrúpulos, agiotistas ni
especuladores. ¿Qué los hay, los ha habido, y los habrá siempre? Pues claro,
pero como tenemos un Parlamento y unos códigos penales, apruébense leyes que
persigan con todo rigor esas prácticas y déjense los bancos más o menos en los
límites de la necesidad del sistema ajustados a la ley. ¿Simple, no?
Y con esto vamos llegando ya al
núcleo del problema: el Parlamento, las leyes, y los jueces.
El Parlamento está compuesto por
un noventa por ciento de diputados cuyo sillón depende en exclusiva de lo que
los bancos y sus banqueros les regalen a los partidos por los que han sido
elegidos, y un diez por ciento independientes. ¿Podría aprobar alguna ley que
pudiera tan sólo disgustar a los banqueros?
Las leyes, o bien no afectan a
estas cuestiones sino marginalmente, o bien simplemente, ni se aplican ni se
cumplen.
Y el meollo de verdad está en la
judicatura.
Entre las muchas astucias de los
pactos de la transición, la más brutal fue la de no tocar el depravado sistema
judicial de la Dictadura.
Y así se hizo.
Todos los jueces y fiscales del
aparato represivo de la dictadura, con incluso penas de muerte a sus espaldas,
pasaron a ser nada menos que los nuevos jueces y fiscales democráticos, se
sustituyó el llamado Tribunal de Orden Público, encargado de perseguir a
quienes se atrevían a enfrentarse a la Dictadura, por la llamada Audiencia Nacional, con
los mismos jueces y fiscales. Y además con el tiempo y por puro escalafón
los viejos jueces franquistas fueron escalando los más altos puestos de la
judicatura de la democracia.
Para completar el cuadro, los tiempos
nuevos exigían una descomunal ampliación del sistema judicial, por la simple
razón de que la democracia trajo la apertura al mundo, y la apertura trajo la
inclusión en sistemas comerciales, judiciales y sociales muchísimo más
complejos que los de la miseria aislacionista del franquismo. Se convocaron
miles de plazas de jueces y fiscales y en pocos años se consiguió completar la
nómina judicial con miles de jóvenes aprendices de juez y de fiscal que en
general veían demasiadas películas americanas de TV y leían pocos tratados de
Derecho en sus esclerotizadas universidades.
Las Facultades de Derecho dejaron
de lado el Derecho Romano, se multiplicaron por docenas las nuevas Facultades
recién creadas y sin nivel suficiente, las viejas ya habían procedido a
expulsar a los mejores juristas de sus aulas y muchos otros que tenían un buen
bagaje jurídico prefirieron ganar más dinero abriendo despachos particulares o
se pasaron a la política activa. El resultado fue una nueva generación de
jueces y fiscales imbuidos de una autoridad desmedida, de escasísima formación
jurídica, y que se habían presentado a las oposiciones simplemente para ganar
mucho dinero ya que los sueldos de jueces y fiscales son muy altos y la
situación laboral inamovible. A eso se añadió la endogamia tradicional del
ramo: la inmensa mayoría de los hijos de jueces y fiscales se presentaban a las
oposiciones y curiosamente siempre sacaban plaza. El resultado es el caos jurídico
actual.
Ahora, pidámosle a esos jueces, de
los que los hay ineptos, corruptos, ambas cosas, y sin duda otros honrados, que
resuelvan correctamente casos de corrupción, fraude, cohecho, malversación de
caudales públicos, prevaricación, enriquecimiento ilegítimo, fraude fiscal,
etc.
Y ya hemos llegado a la cinta de
Moebius, según vamos recorriéndola estamos a un lado o a otro, pero siempre en
el mismo, y sin salida. Por aquí es por donde hay que empezar, pero nadie
quiere ni tan siquiera mentarlo. Ese es el dilema, ese el nudo gordiano de la
tragedia española actual. Quizás es que nos faltan Alejandros que se atrevan a
cortarlo.
Y dejaremos para próximos días los
otros tres focos donde está el dinero que dicen que hemos gastado los
ciudadanos de a pie demasiado alegremente: El dinero en negro de inmobiliarias
y políticos, las sicav, y la sacrosanta Iglesia Católica.