El fracaso de la política ultraliberal de nuestros dirigentes socialistas o conservadores es ya una realidad y Grecia nos avisa de cual es nuestro futuro inmediato. No se está discutiendo la quiebra del Estado español sino sus condiciones y su calendario.
Llamamos ahora intervención por parte del FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión a lo que se entiende simple y llanamente por quiebra. Esto es, se reconoce la imposibilidad de que el Reino de España pague la totalidad de lo que debe a sus acreedores. Sus acreedores son bancos internacionales, fondos especulativos y sus propios proveedores internos y foráneos.
Para prevenir que se deje de pagar a los bancos y fondos internacionales se exige por estos ahora que se deje ya de pagar a proveedores internos, o sea que no se compre nada que no sea absolutamente imprescindible, que se baje el sueldo a los funcionarios y se despida a una buena parte de ellos, se rebajen las pensiones, se privaticen y se cobren a sus usuarios la sanidad, la enseñanza y la justicia, se aumenten los impuestos indirectos y sobre todo el IVA, y que el Estado se haga cargo de los pasivos de las cajas de ahorro y se les entreguen los activos válidos a los bancos. Este es el programa que proponen desde el Banco Mundial, el Fondo Monetario, el Banco Central Europeo y la internacional conservadora dominante en Europa. Este es el programa que intenta llevar a cabo nuestro neoliberal gobierno constituido por ejecutivos de los fondos especulativos internacionales, que tiene como ministro de defensa a un traficante internacional de armas, como ministro de justicia a un títere de la cúpula clerical, y cuyos principales ministros forman un espeso ensamblaje de familiares de hijos, padres, hermanos y cuñados con las principales fortunas españolas.
Pero ese programa está condenado al más evidente fracaso, en primer lugar porque no tiene fuerza real el gobierno para imponerlo de pronto y directamente, si no que calculan que les haría falta ir poco a poco y en sucesivas dosis y para ese ritmo no hay ya tiempo, los plazos de crecimiento de los créditos y su incremento, como consecuencia del continuamente mayor coste de los intereses, no lo permiten. En segundo lugar porque ese plan no resuelve el problema sino que lo empeora, ya que su aplicación acabaría produciendo en pocos meses un incremento del paro descomunal y por tanto un déficit aún mayor en las cuentas del Estado, que acabaría tediendo que pedir más dinero para mantener la situación y acabaría teniendo una caída en sus ingresos que haría imposible pagar los viejos y los nuevos créditos. Y en tercer lugar porque no hay infraestructura industrial que soporte semejante crisis, ya que nos saldría demasiado caro comprar lo que fuera en el mercado internacional y demasiado caro producir algo que vender en esos mismos mercados. Ya dijimos que una economía débil no puede mantenerse con una moneda fuerte, que el problema es la productividad, el valor añadido de la investigación y la innovación, y la competividad de la producción propia frente a iguales producciones exteriores, y eso es precisamente el gran fracaso de estos treinta años de economía especulativa y del ladrillo puro y duro.
Y puesto que tarde o temprano, más bien esto último, se va a la quiebra según el modelo que establece Grecia, nuestros gobernantes deben saber que pierden el tiempo en andar disimulando los planes reales de los poderes fácticos supranacionales.
Si ese es el final indefectible, al menos deberíamos exigir un gobierno resuelto que tome las decisiones antes de que la situación empeore más.
Acabaremos saliendo del euro de forma desordenada y negociando la quita del setenta por ciento de la deuda de forma brutal. A cambio de la quita se le habrán de regalar aeropuertos, carreteras, puertos, empresas estatales rentables como la lotería o la red de ferrocarriles, e incluso la propia recaudación de impuestos, a los acreedores, a cambio de salir del euro dejarán al país colgado de moneda propia sin capacidad de verdadera convertibilidad.
Decidan entonces aplicar esos resultados desde ya con cierto valor, puestos a ser pobres, seámoslo controladamente. Tarde o temprano habrá o un euro fuerte en Centroeuropa y un montón de monedas débiles y sin capacidad de salida internacional o ese mismo euro fuerte en Centroeuropa y un segundo euro más bajo, pero estable en los países periféricos y quizás en varios de los que hoy todavía no son zona euro. Esa es una solución valiente y más eficiente que el sentarse a esperar que ocurra lo mismo desordenadamente.
Y en vez de esperar estúpidamente a la quiebra, dígase ya directamente que no se va a pagar, ni se van a regalar las infraestructuras, y que se acepta una quita prudente ahora o simplemente dentro de un año una quita total en un país en quiebra donde las infraestructuras cueste más mantenerlas que explotarlas.
¿Que algunos dicen que todo esto pueda sonar a fantasía? Siéntense y esperen un año. Probablemente antes de fin de año España sea un Estado intervenido, y un año después un país quebrado, pero ya sin capacidad de respuesta frente a sus acreedores. Hay que elegir. Como decía el castizo, en estos periodos duros es mejor aclimatarse que aclimorirse.
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