miércoles, 4 de abril de 2012

ALEA IACTA EST

El problema es que ignoramos si el presidente Rajoy sabe a donde quiere ir. Su política parece marcar un camino indefectible hacia el desastre. Más claro parece que sus amigos Guindos y Montoro sí que tienen una clara voluntad de ir a donde nos están llevando, no en vano han andado por los altos mandos de los únicos que se lucran con la crisis: Lehman Brothers y otros grupos mucho más oscuros del círculo del poder real.
Claro está que nuestra crisis es algo diferente a la de otros países por el peso descomunal de los problemas derivados de la política del ladrillo loco.
España no tenía hasta ahora, ni aún ahora tiene, una deuda exterior demasiado alta, sino que la deuda absolutamente impagable afecta a las promotoras inmobiliarias, los particulares y sobre todo las antiguas cajas de ahorro regionales e incluso los grandes bancos multinacionales de raíz española.
Más aún: esas deudas no se pueden pagar, ni se pagarán nunca. Esa es la verdad que nadie quiere decir en voz alta pero que todos saben que ocurre y ocurrirá, y esa es la clave del desastre económico que tenemos encima ya.
La receta de estos interesados gobernantes es la peor posible para salir de la crisis, pero sin duda la mejor posible para las grandes agencias de la especulación financiera supranacional. A estos especuladores les importa un rábano lo que nos pase a los ciudadanos de cualquier lugar del mundo: su único objetivo es incrementar beneficios cada día, pase lo que pase mañana. Incluso les causa una risa inmensa el hecho de que sus descomunales beneficios se consigan a costa de la miseria generalizada. Su objetivo es el día a día a su favor: su mirada hacia el futuro se reduce a la apertura de las bolsas de cada mañana. Es ley del capital y no hay ni puede haber más.
Pero se entiende que se podría resistir a estos miserables intereses privados y que la obligación de sociedades y gobernantes debería ser esa, pero para ello es obvio que nos sobran tanto los Guindos, los Montoro, los Rato, como los Zapateros, los Boyer, los Solchaga, y hasta los González y su lamentable caterva de zafios gobernantes, perfectamente intercambiables entre ambos partidos en cuestiones económicas: los buenos hijos de Tatcher y Reagan.
El primer error que hubo hace ya muchos años consistió en creer que el incremento de ciertos números, como el que indica el Producto Interior Bruto, tiene valor en sí mismo. Crecer dejando de lado el progreso tecnológico, el científico, la educación, la sanidad, los servicios sociales y la formación profesional, es afirmarse hacia el vacío: El crecimiento provocado por el ladrillo, tiene una mano de obra de muy baja cualificación, casi nula investigación, tecnología simplicísima y para colmo lo que se produce, una vez acabado, no sirve para nada más que o para ocuparlo como vivienda o para especular creyendo que su precio es su valor: ya decía D. Antonio Machado que sólo el necio confunde valor y precio.
Esa fue la clave del supuesto desarrollo español: abandono de la educación, la formación, la investigación y los servicios sociales, desarrollo de la especulación, de la corrupción y del lujo fácil e inútil.
El segundo error lo cometieron quienes nos metieron de cabeza sin calcular las consecuencias en la moneda única europea. No puede una economía débil tener una moneda fuerte. No paraban los gobernantes de decir que éramos la economía que más crecía del mundo, o incluso que España era el país donde se podía ganar más dinero más rápidamente, como llegó a afirmar estúpidamente el más importante ministro económico de González, ahora las consecuencias son tener una economía que tiene una moneda fuerte insostenible con una productividad muy baja y una competividad bajísima. En vez de productos de vanguardia que vender en el interior a una sociedad con buenos salarios y servicios, y al exterior con capacidad de ocupar mercados de alto nivel, producimos apartamentos invendibles a una sociedad con bajísimos salarios que acaba ultraendeudada para comprarlos, y unas naves de montaje de coches, azulejos o cualquier otro producto, que sólo cuentan con mano de obra eficiente y barata, pero en los que toda la maquinaria y toda la tecnología se ha comprado fuera. En realidad, mientras no se hubiera hecho el gigantesco esfuerzo de poner en vanguardia las tecnologías en España y se hubieran desarrollado infraestructuras útiles, prudentes y eficientes, la moneda fuerte era una losa más que un impulso. Esa es la segunda gran verdad. Ni Portugal, ni Grecia, ni Irlanda, ni desde luego España deberían haber tenido, al menos inicialmente, una moneda de igual valor que la de Alemania, Gran Bretaña o Francia. Sólo acoplando en un controlado proceso temporal, las economías, la productividad y la competividad, se podía haber ido acoplando una moneda única.  
El tercer error ha sido una política autonómica verdaderamente estúpida: Sólo dos Comunidades Autónomas, Cataluña y Euskadi, son reales y además precisan ambas de ese tipo de concierto económico que tienen sólo vascos y navarros. Otras dos son necesarias por razones específicas: las insulares, Canarias y Baleares, con unos contenidos fundamentalmente económicas. Otra es aceptablemente discutible, la gallega, que tiene también valor histórico, pero que no tiene consistencia suficiente aunque podría muy bien acoplarse a las dos históricas. Las demás son muy razonables siempre que en vez de jugar a las autonomías se hubieran tomado en serio una administración profundamente descentralizada, pero no una economía caóticamente descentralizada. Las autonomías dedicadas a jugar al “yo más” han manejado un sistema bancario salvaje en forma de Cajas de Ahorros, que han llevado a la administración local y municipal a la más profunda situación de corrupción y a sus economías a la ruina. Todos los dirigentes locales, tanto autonómicos como municipales, han tenido la oportunidad de inflar descomunales gastos, tanto para generar comisiones en negro que enriquecieran a sus amigos y desde luego a ellos mismos, como para cubrir su más importante objetivo: comprar votos favoreciendo sobregastos absurdos que les permitían crear sus enormes graneros de votos cautivos y seguros para su reelección, que es lo que hemos llamado el partido de “Qué hay de lo mío, Sr. alcalde”.
Y la gran clave tanto de la corrupción como de la infraeconomía del superpadrillo, han sido esos bancos regionales llamados cajas, que estaban fuertemente controlados por políticos locales y empresas del ladrillo regionales. Sus deudas son absolutamente impagables y han regalado y tirado a la basura miles de millones de euros que a su vez han tomado prestados de la banca y los fondos supranacionales, que a su vez prestaban sin control cantidades que ahora están cobrando al llamado Reino de España, y no a los que administraban esas cajas. Véase el caso de la CAM, de Bankia, de las Cajas de La Mancha, las andaluzas, las gallegas, de la Caixa Cat., etc. Y el Reino de España no para de endeudarse a su vez con esos mismos fondos precisamente para regalarle ese dinero a las cajas, ahora reconvertidas en bancos en quiebra o vendidas a la banca tradicional por el precio de un euro por caja. Se llama también robar a los pobres para dárselo a los ricos.
Y así llegamos al cuarto problema generado en estos años tan escasamente democráticos: la corrupción generalizada. El país del mundo en el que se encuentra mayor número de billetes de quinientos euros, el país donde se gana más dinero más rápidamente, el país donde el sistema judicial es más estúpido y más corrupto de Europa, el país que genera las mayores fortunas del mundo, salvo China, por el ladrillo, el país más presuntuoso y cutrelujoso del mundo occidental. En suma, el país con menos futuro del mundo europeo, occidental, y hasta mundial, salvo Botswana y Afganistán. Pero este es tema que no es preciso demostrar, ni al que valga la pena analizar con mayor detalle en este artículo de análisis económico. Ya le dedicaremos su correspondiente exclusiva otro día.
El quinto problema es el de la gigantesca mediocridad de nuestros dirigentes políticos. Encerrados en un sistema heredero de la dictadura franquista, en el que se le da al pueblo sólo una voz raquítica y tenue, y se le da a los aparatos de poder una dimensión aplastante, estos políticos sólo se manifiestan en la inmensa mayoría de los casos como serviles marionetas de sus jefes de partido, “el que se mueve no sale en la foto” que decía ese burdo manipulador llamado Alfonso Guerra.
En esas condiciones hemos comprobado como los jefes de cada partido dominante en cada lugar y estrato buscan afanosamente rodearse de tipos que nunca destaquen por encima de ellos y que piensen poco, y buscan entre la ciudadanía más bien clientela y votantes que militantes convencidos de cualquier ideología y de cualesquiera posiciones políticas.
Los partidos mayoritarios son puros aparatos de poder sin contenido, intercambiables en demasiados aspectos, carentes de pensamiento político, y desde luego, dirigidos por un conjunto de arribistas mediocres que jamás han pensado en cuestiones de Estado, sino tan sólo en cuestiones de control local.
Y esto nos lleva al último de los grandes problemas: una sociedad heredera de cuarenta años de dictadura férrea, es ahora una sociedad mansa, inculta políticamente, pasmada ante el poder, ante el consumismo, y creyente de que quien manda, manda, y se hará lo que diga guste o no guste a los que no sepan aprovechar tantas oportunidades como ofrece una sociedad opulenta de puro cartón piedra. Nuestros políticos saben dirigir sus discursos a consumidores no a ciudadanos.
Y en estas condiciones repetiremos: Alia iacta est. La ruina está a la vuelta de la esquina, indefectiblemente, necesariamente.



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