El decreto del gobierno
retirando la asistencia médica a los inmigrantes sin regularizar, que según
cálculos oficiosos son entre ciento y pico mil y trescientos mil, es la más
zafia muestra de mezquindad política de este gobierno, y la tímida respuesta
del PSOE, de CiU y del PNV, una nueva muestra de miseria moral del sistema.
El ahorro a las arcas de la SS que se conseguirá con la
negativa a acoger en la sanidad pública a estos ciudadanos, es ridículo frente
a lo que representa la sanidad pública de los cuarenta y siete millones de
españoles a los que se les mantiene el derecho a ella, y el casi millón que
puede utilizarla y de hecho la utiliza con todos los derechos entre los
ciudadanos comunitarios.
Además es evidente que estos
inmigrantes extracomunitarios son en general jóvenes, fuertes, están integrados
en su medio en España y una buena parte trabaja en el campo en tareas duras, en
las que lo único probable que requiera tratamiento médico es un accidente
laboral, en cuyo caso, ahora, su patrón pensará más bien en dejarles tirados en
medio del monte o les amenazarán con matarlos si denuncian.
Pero lo más triste no es
eso, lo más triste son las razones para tomar esta decisión por parte del
gobierno del PP. Saben muy bien que su entusiasta público es xenófobo y hasta
profundamente racista, y que están siempre esperando de su gobierno cualquier
cosa que repercuta en facilidades para poder echar a los sucios inmigrantes que
roban el trabajo a los buenos españoles.
Sólo ese es el motivo de ese
punto del nuevo Decreto gubernamental: buscar el aplauso fácil de sus
igualmente miserables seguidores de la derechona de toda la vida, de la derecha
demagógica y de las prietas filas fascistas. Votos, votos, votos, mientras más
miserables, mejor, que esos son tan seguros y fáciles como seguro y fácil le
resulta al gobierno machacar al sector más indefenso de los trabajadores. Estos
miserables, para dar carnaza a sus entusiastas seguidores de derecha, le quitan
la sanidad a quienes menos pueden defenderse. ¡Miserables!
En nuestra vecina Francia
quien ha ganado de verdad las elecciones en la primera vuelta, ha sido la
dirigente de la ultraderecha Le Pen. Y ha ganado por apartarse de la línea de
su partido y de las militancias fascistas. En Francia nunca han gustado los
dictadores, simplemente la mitad de Francia es de derechas y la mitad de
izquierdas, y cuando fue aprobada a propuesta de De Gaulle la actual V
República por medio de un referéndum, se decía que una república
presidencialista era excesivamente dictatorial para el sentimiento democrático
francés. Ganó De Gaulle con su propuesta de reforma republicana, pero lejos de
autoritarismos impositivos, muy lejos de actitudes dictatoriales. Le Pen padre,
cometió el error de aislarse en actitudes de militancia fascista, que si bien
tienen cierto apoyo, no resultan aceptables para la inmensa mayoría de los
franceses. Su hija ha hecho algo más inteligente, alejarse prudentemente del
fascismo puro y duro y mostrarse populista, demagógica y llamar desde esas posiciones
a los típicos descamisados que llenaban la boca de Evita Perón. Ese ha sido su
triunfo. Ese es el camino que en Europa se va abriendo paso poco a poco. Detrás
está el puro fascismo, pero no conviene por ahora dejarlo ver demasiado. Esa es
la clave.
Pues en eso están los más
lúcidos (sic) dirigentes del PP, ese es el único camino que les puede mantener
en el poder ante el evidente fracaso de sus posiciones políticas y económicas
públicas. En eso están ya.
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