viernes, 27 de abril de 2012

¿PERO, DÓNDE ESTÁ EL DINERO?

Resulta que ahora somos muy pobres y hace pocos años éramos muy ricos. Esto quiere decir que hace unos años teníamos mucho dinero y ahora ya no lo tenemos. La conclusión es obvia ¿Dónde está ahora ese dinero?
Pero como ahora somos muy pobres el gobierno nos dice que tenemos que pagar las deudas pendientes todos los ciudadanos, ya que es el país el que es pobre. No nos explican en qué proporción hemos de pagar cada uno, más aún nos dicen que los más ricos deben pagar poco o incluso nada y los más pobres todo. Curioso.
E incluso que los más ricos que hayan delinquido acumulando dinero negro, no tendrán problemas con la justicia porque eso son pecadillos de poca monta comparados con las necesidades actuales del país. Más curioso aún.
Los buenos ciudadanos debemos en estas circunstancias ayudar con el mayor entusiasmo al gobierno y darles las pistas de las que disponemos sobre este curioso problema.
Lo primero es averiguar de dónde salía ese dinero que llovía sobre el país aquellos años como un maná celestial.
Sabemos porque es dónde íbamos a buscarlo que una buena parte salía de los bancos que lo prestaban a bajo interés y larguísimos plazos. Otra parte salía de los empresarios que contrataban trabajadores y les pagaban salarios muy bajos por trabajos poco especializados y de escasa productividad o valor añadido. Otra parte salía de la nada.
Y esa nada se llamaba especulación inmobiliaria.
Especular es un término que proviene de la palabra latina speculari, que tiene la misma raíz que speculum,  que como es evidente significa espejo. Con ese término se quiere indicar un curioso juego: se ponen dos espejos casi paralelos y en medio una moneda de 1 €, se mira uno de los espejos y en él se verán montones de euros, aunque fijándose bien lo único que pasa es que lo que se ve es un puro reflejo multiplicado indefinidamente, y haber, lo que se dice haber, solo está realmente el que hemos colocado en medio.
Traducido a nuestra economía bancaria-ladrillera, esto quiere decir que un grupo muy reducido, de unos miles de individuos, ponían un ladrillo entre los dos espejos, y en vez de conseguir colocarlo en el mercado por el precio de un ladrillo, lo conseguían colocar por el precio de un bloque de apartamentos, y mientras más te fijabas en cada espejo, más bloques surgían de la nada económica. Quitados los dos espejos, que es la actual situación, sólo queda el mísero ladrillo, por su precio de un ladrillo puro y duro.
En consecuencia, los bancos, las promotoras inmobiliarias y los especuladores aficionados, tienen ahora cada uno sus dos o tres ladrillos por su precio de mercado de dos o tres ladrillos, y ese dinero que dicen que tenían ni existe ahora ni ha existido nunca. Luego ese falso dinero no lo hemos perdido todos los ciudadanos, sino sola y exclusivamente ellos. Declárense en quiebra y tiren sus libros de contabilidad a la basura. Ellos puede ser que sean ahora pobres, que no lo son, pero sólo a ellos se les puede mirar a la hora de pagar sus créditos y sus trapicheos. Y si no pueden pagarlos, vayan a la cárcel o suicídense, que a los demás hasta nos darán una alegría en tiempos tan duros como estos.
Con esta sencilla solución ya hemos eliminado, según los cálculos más fiables, unos seiscientos mil millones de euros de la deuda supuestamente “del país”, en realidad, de solamente ellos. Claro que eso lo han hecho en Islandia que es país de sólo trescientos mil habitantes y cuatro o cinco bancos y especuladores, y que por su Constitución carece de ejército, y por tanto les ha resultado relativamente fácil. Aquí ciertamente resulta más apurado, pero es la verdad y tarde o temprano saldrá a relucir y se impondrá, quieran o no.
¿Qué eso es la quiebra del Santander, del BBVA, de Bankia y de muchos más? Pues no saben lo que nos alegraremos los sufridos ciudadanos. Y ¿dicen que no podemos mantener ningún sistema económico sin bancos? Pues estamos de acuerdo, claro que necesitamos bancos, lo que no necesitamos son banqueros sin escrúpulos, agiotistas ni especuladores. ¿Qué los hay, los ha habido, y los habrá siempre? Pues claro, pero como tenemos un Parlamento y unos códigos penales, apruébense leyes que persigan con todo rigor esas prácticas y déjense los bancos más o menos en los límites de la necesidad del sistema ajustados a la ley. ¿Simple, no?

Y con esto vamos llegando ya al núcleo del problema: el Parlamento, las leyes, y los jueces.
El Parlamento está compuesto por un noventa por ciento de diputados cuyo sillón depende en exclusiva de lo que los bancos y sus banqueros les regalen a los partidos por los que han sido elegidos, y un diez por ciento independientes. ¿Podría aprobar alguna ley que pudiera tan sólo disgustar a los banqueros?
Las leyes, o bien no afectan a estas cuestiones sino marginalmente, o bien simplemente, ni se aplican ni se cumplen.
Y el meollo de verdad está en la judicatura.
Entre las muchas astucias de los pactos de la transición, la más brutal fue la de no tocar el depravado sistema judicial de la Dictadura. Y así se hizo.
Todos los jueces y fiscales del aparato represivo de la dictadura, con incluso penas de muerte a sus espaldas, pasaron a ser nada menos que los nuevos jueces y fiscales democráticos, se sustituyó el llamado Tribunal de Orden Público, encargado de perseguir a quienes se atrevían a enfrentarse a la Dictadura, por la llamada Audiencia Nacional, con los mismos jueces y fiscales. Y además con el tiempo y por puro escalafón los viejos jueces franquistas fueron escalando los más altos puestos de la judicatura de la democracia.
Para completar el cuadro, los tiempos nuevos exigían una descomunal ampliación del sistema judicial, por la simple razón de que la democracia trajo la apertura al mundo, y la apertura trajo la inclusión en sistemas comerciales, judiciales y sociales muchísimo más complejos que los de la miseria aislacionista del franquismo. Se convocaron miles de plazas de jueces y fiscales y en pocos años se consiguió completar la nómina judicial con miles de jóvenes aprendices de juez y de fiscal que en general veían demasiadas películas americanas de TV y leían pocos tratados de Derecho en sus esclerotizadas universidades.
Las Facultades de Derecho dejaron de lado el Derecho Romano, se multiplicaron por docenas las nuevas Facultades recién creadas y sin nivel suficiente, las viejas ya habían procedido a expulsar a los mejores juristas de sus aulas y muchos otros que tenían un buen bagaje jurídico prefirieron ganar más dinero abriendo despachos particulares o se pasaron a la política activa. El resultado fue una nueva generación de jueces y fiscales imbuidos de una autoridad desmedida, de escasísima formación jurídica, y que se habían presentado a las oposiciones simplemente para ganar mucho dinero ya que los sueldos de jueces y fiscales son muy altos y la situación laboral inamovible. A eso se añadió la endogamia tradicional del ramo: la inmensa mayoría de los hijos de jueces y fiscales se presentaban a las oposiciones y curiosamente siempre sacaban plaza. El resultado es el caos jurídico actual.
Ahora, pidámosle a esos jueces, de los que los hay ineptos, corruptos, ambas cosas, y sin duda otros honrados, que resuelvan correctamente casos de corrupción, fraude, cohecho, malversación de caudales públicos, prevaricación, enriquecimiento ilegítimo, fraude fiscal, etc.
Y ya hemos llegado a la cinta de Moebius, según vamos recorriéndola estamos a un lado o a otro, pero siempre en el mismo, y sin salida. Por aquí es por donde hay que empezar, pero nadie quiere ni tan siquiera mentarlo. Ese es el dilema, ese el nudo gordiano de la tragedia española actual. Quizás es que nos faltan Alejandros que se atrevan a cortarlo.

Y dejaremos para próximos días los otros tres focos donde está el dinero que dicen que hemos gastado los ciudadanos de a pie demasiado alegremente: El dinero en negro de inmobiliarias y políticos, las sicav, y la sacrosanta Iglesia Católica.

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