Ahora quizás tengamos que decir de Rajoy que es el de los tristes destinos: Lo mejor que se puede decir de él es eso de nada por aquí, nada por allá, y ¡zas! un gazapo en la chistera.
Nada por ningún lado, nada de proyecto, nada de explicaciones, porque efectivamente no tiene nada que explicar, nada que comentar, porque nada hay que pueda este hombre justificar. Montones de divagaciones extemporales, montones de lugares comunes, actitud de sufrido padre de familia burguesa decimonónica que debe soportar la imposibilidad de que sus jóvenes vástagos comprendan que él, por el hecho de ser su padre, sin duda tiene la razón, sea cual sea la simpleza o la barbaridad que proponga. Y para colmo repetir cansinamente que él sufre mucho imponiendo durísimos castigos a sus ignorantes hijos, pero que sepan que lo hace exclusivamente por su bien.
De vez en cuando sale a Europa y le reciben otros dirigentes, sean cuales sean sus ideas, a los que tras arduas conversaciones no ha explicado nada. Así pasan los días, las semanas, los meses y cada día todo va peor, sus dietas estrictas llevan a un aspecto espectral a sus pobres y amados hijuelos, todo se va degradando mientras él repite que eso es absolutamente necesario para que sus hijuelos crezcan fuertes y sanos, si bien eso sólo ocurrirá el día de mañana, quizás cuando ya estén muertos de hambre y miseria.
Y van llegando con verdadera preocupación todos los dirigentes europeos, uno, dos o hasta tres cada semana, agobiados porque el hundimiento de España sería un golpe de casi imposible superación para toda Europa, y el gran padrazo les recibe, les escucha, les presenta a los periodistas locales y foráneos, y cuando llegan a sus países comprenden que han perdido inútilmente un día de sus vidas políticas, y que se vuelven no ya igual, si no mucho más desorientados y confusos que cuando llegaron.
Y todos le dicen lo mismo: ¡Pida ya el rescate urgentísimamente! ¡No ve que cada día que pasa sin pedirlo sus deudas aumentan en millones de euros sólo por no haberlo pedido todavía! ¡No puede usted darse el lujo de supeditar su futuro, el de su país, y quizás el de Europa, a la suerte de su pequeño partido en las elecciones locales de una pequeña comunidad autónoma local llamada Galicia!
Y mientras, sus avezados defensores han de salir a la palestra cada día para decir que lo único que pasa es que no se trata de un rescate, sino de un sencillo rescatillo sin importancia de ni se sabe cuanto dinero, ni para cuando, ni en qué condiciones, ni quien lo daría, ni nada de nada, y que por tanto el sensato pater familiæ está obligado a ser muy prudente, incluso hiperprudente y esperar a que llueva un día para arriba o las ranas críen pelo para tomar esas determinaciones que en nada pueden afectar a la vida diaria del un país feliz.
Y ya en el límite al que hemos llegado, el mayordomo de palacio, listillo como él sólo, habla y negocia con sus colegas de la banca internacional, con presidentes y ministros, y con altos dirigentes económicos mundiales, y misteriosamente le llega a la prensa que en Bruselas han decidido que entre las condiciones para darle los préstamos descomunales y arriesgadísimos de nada menos que casi medio billón de euros al sufrido y humilde pater familiæ español, está inexorablemente el que se retire a meditar bajo una higuera y nombre urgentemente un vicepresidente con amplios poderes decisorios con el que se pueda efectivamente negociar. ¡Guindos for (real) president! O lo que es lo mismo, en vez de nombrar un banquero desde Bruselas, Frankfurt y Washington para presidente del consejo de ministros español, como han hecho en Italia y Grecia, lo nombran sin quitar, al menos nominalmente, al simplicísimus local, tanto monta, monta tanto. Se ve que tanta divagación y un anodino presidente difuso, confuso, afuso y que ni sabe lo que puso, piensan que para una país profundamente corrompido y adormilado, es una astuta alternativa para retrasar la bomba de relogería en la que lenta pero inexorablemente se está convirtiendo la sociedad española.
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